El falsificador 3. RANUCCIO BANDINELLI #3
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3. RANUCCIO BANDINELLI #3

Antonio Muñoz era el director del Departamento de Bellas Artes y Antigüedades de Roma, y había participado en el tour los días anteriores con el mismo protagonismo que había tenido Ranuccio en ese último.

Era, a todas luces, un ferviente defensor del Duce, y parte de la restauración de las obras monumentales que acompañaban la imagen del régimen partía de su cabeza.

Ranuccio lo conocía poco, pero siempre había sentido que había cierta simpatía de Muñoz hacia él y que valoraba sus opiniones.

Sin duda, aquello era lo que lo había llevado hasta aquel despacho.

Muñoz lo invitó a sentarse. Eran las siete y la luz que entraba por las ventanas era la de un día cansado y con ganas de retirarse.

—Creo que todo ha ido impecablemente —le dijo de entrada—, y ha sido, sin duda, gracias a usted.

—No merezco tanto reconocimiento, pero me ha parecido que el Führer ha disfrutado sinceramente de las explicaciones.

—No lo dude, ese hombre tiene verdadera devoción por el arte. Quizás por eso lo que podría parecer una pérdida ha acabado por parecerme una interesante oportunidad. Para la diplomacia, para el país y para el arte en sí mismo.

—¿Una pérdida dice? —Ranuccio pensó que estaba cansado. No seguía a Antonio.

—Sí. Bueno. Siempre he pensado que las obras de arte deben estar en manos de quien las valore y las cuide.

Si eso contribuye, además, a la mayor gloria de Italia, mejor aún.

—No hizo falta que Ranuccio dijera nada para que Antonio comprendiera que debía explicarse—.

Atienda: hace algunos meses, se lanzó desde las más altas instancias la idea de que la visita del Führer debería concluir con algún regalo de importancia, algo que lo ligue para siempre a nuestro país, que le llegue a lo más hondo de su ser.

—Parece muy ambicioso.

—Lo es. Por suerte, es un regalo del que nuestro país tiene sobradas muestras. Se decidió regalarle alguna pieza de arte.

—Pero...

—Comprendo sus reticencias —lo interrumpió Muñoz—; por supuesto, son las mismas que las mías: ¿cómo íbamos a regalar algo que forma parte del legado de todos los italianos, por más que ese legado sea tan abundante?

Por tal razón, encontramos una vía más conveniente.

Decidimos que, aunque fuera el Estado el que ofreciera este regalo, sería en realidad una obra cedida voluntariamente por alguna familia.

Un amigo bien relacionado nos ayudó a elaborar una lista muy útil, detallada y corta de coleccionistas privados.

Alguno necesitado de congraciarse con el pueblo.

Así, identificamos y visitamos con la mayor cordialidad a diferentes familias.

Familias judías. Esa gente debe hacer méritos.

Saben bien que en todos los rincones de Europa se les está cayendo el disfraz y que hay muchas personas deseosas de que paguen por su larga historia de agravios a la sociedad.

Como le digo, todo se ha desarrollado con el mejor ánimo, y las familias han entendido bien lo que necesitamos y lo que se les pide.

Así, hemos recopilado una bonita colección de arte. Muy pequeña, pero de gran calidad.

«El regalo», se dijo Ranuccio, que había escuchado hablar del misterioso presente en varias reuniones sociales.

—Es por este motivo —prosiguió el director de Bellas Artes—que necesito que vuelva a Florencia mañana mismo y compruebe que todo está como debe en el palacio Pandolfini, donde se han colocado las obras.

Hemos encargado de ello al profesor Agostini, pero me quedaré más tranquilo si es usted quien verifica que todo está al gusto del Führer. Usted lo conoce.

—Eso no es cierto.

—Bueno, lo conoce más que ninguno de nosotros.

—Y esas obras... son para...

—Son el presente que le ofrece el pueblo italiano al alemán.

—¿Cuántas son?

—Cinco: un Guido Reni, un Caracci, un Guercino, un Bellini y, la que sin duda es la joya del grupo, un maravilloso Botticelli. Puede elegir.

Los ojos de Ranuccio se abrieron como platos.

—No elegirá. Se las llevará todas.

—Bueno, sí, claro, es una posibilidad. Ojalá lo haga. Ojalá ponga uno de esos cuadros en cada una de sus residencias. Crearemos un vínculo con él que nadie podrá igualar.

—Nadie regala Botticellis, eso está claro.

—Nadie. Es fabuloso, ¿no cree?

—Lo es —admitió Ranuccio.

—Vuelva a Florencia. Le esperan en el palacio.

Le veremos pasado mañana allí. De veras siento la urgencia, pero todo esto...

En fin, nos ha sobrepasado un poco, y, al ver su complicidad con Hitler, creo que su veredicto es necesario.

Si viera algo inconveniente, algún cuadro que por alguna razón pudiera no ser de su agrado, alguno que crea que es mejor retirar, o todo lo contrario, colocar en lugar preferente, es libre de hacerlo.

Me fío del profesor Agostini, pero..., bueno, debo reconocer que su magnetismo con nuestro insigne invitado nos ha sorprendido a todos.

Usted le mostrará los cuadros, así que es necesario que los haya estudiado un poco antes.

Si le gustan a usted, le gustarán a Hitler, y si le gustan a él, el Duce estará satisfecho.

Todo tiene que resultar perfecto. ¿Cree que podrá hacerlo?

No era una pregunta.

—Por supuesto —afirmó él, hastiado pero honrado—, lo revisaré todo.

Realmente, Hitler iba a recibir un regalo único.

A nadie le importaba que quien lo regalaba no quisiera hacerlo.