El falsificador 3. RANUCCIO BANDINELLI #2
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3. RANUCCIO BANDINELLI #2

Miró al Duce. Ranuccio estaba afiliado al partido que él lideraba, pero no podía esquivar la realidad que tenía delante de sus ojos.

Era grotesco, con la piel grasa, y caminaba como un títere, con el mentón siempre elevado, moviendo la cabeza de lado a lado oblicuamente.

Parecía que estuviera todo el tiempo a punto de empezar un discurso, y ni siquiera el uniforme, que podría haber sido digno, pero que, especialmente en la cintura, se ceñía demasiado, mitigaba cierto aire cómico de su presencia.

Hablaba alemán elevando la voz, con fuerte acento romañol y cierta soltura.

A su lado, Hitler le resultó menos repulsivo.

Compuesto, ordenado y casi modesto. Ranuccio se acercaba a él explicando cada obra, pero el alemán se detenía más tiempo en unas que en otras.

En Villa Borghese se extasió admirando con interés los cuadros de Guido Reni, Carpaccio y Guercino, y observó detenidamente la Madonna con niño de Botticelli, momento en que a su espalda algunos hombres uniformados susurraron entre ellos, como si fueran poseedores de una información que los demás desconocían.

Hitler apreciaba el color y la técnica más que el tema, y emitía una especie de suspiro ronco de rendición frente a las obras, como si le superara la impresión que le producían.

Ranuccio se lo explicaba todo casi como si estuvieran solos, y el Führer, de vez en cuando, dejaba escapar algún comentario personal, casi íntimo.

Bajaban la escalera de la villa cuando Hitler se volvió a dirigir a él, apenado por no poder permanecer más tiempo entre tantas muestras del arte que admiraba.

—Si aún fuera un hombre privado, me quedaría aquí semanas —se giró para ver la villa renacentista desde el exterior—, a veces me pesa ser político.

—Seguirá aquí cuando pueda volver, mi Führer —se aventuró Ranuccio.

—Antes todo debe estar en orden en Alemania —lo miró a los ojos—, pero quizás sí. Quizás podría alquilar una villa a las afueras de Roma y visitar los museos de la ciudad de forma anónima.

Ranuccio iba a replicar, pero, mientras subía al coche, la mirada de Hitler cambió por unos segundos en un destello que no supo identificar, menos dócil, más agrio, lo que hizo que se contuviera.

Con todo, no pudo evitar pensar que el arte obraba el milagro.

Botticelli, Caravaggio, Canova... conseguían que el carácter del poderoso dictador se agrietara para mostrar un interior casi humano.

El mundo habría sido diferente si el Führer hubiese dedicado su vida a su primer gran amor, si en la Academia de Bellas Artes de Viena hubiesen aceptado su ingreso y se hubiese convertido en un pintor mediocre pero feliz, alejando los impulsos y odios que lo habían llevado a poner el mundo boca abajo.

En cualquier caso, estaba claro que su amor por el arte era selectivo.

Amaba el académico, pero detestaba las nuevas corrientes artísticas, el «arte degenerado», como lo llamaba.

Lo dejó muy claro en su anterior visita a Italia, cuatro años antes, un estrepitoso fracaso en términos políticos y una decepción mayúscula en cuanto al programa artístico.

Nadie se explicaba cómo habían cometido el error de llevarlo a la Bienal de Venecia, que le había horrorizado.

Por eso, el Gobierno estaba decidido a no cometer el mismo error. El arte degenerado no tenía cabida en la ruta de Ranuccio.

Tras la Galería Borghese, la comitiva se dirigió al Coliseo.

Hitler había pasado por delante de este al llegar a Roma, en el coche de caballos del rey, pero en esta ocasión podría entrar y pisar su arena.

Era, en muchos sentidos, un turista, pero tanto en la devoción por lo que observaba como en sus conocimientos ante cada obra no era uno más.

Ranuccio lo nutría como a un bebé sediento de leche y el Führer bebía de su conocimiento con interés y complicidad.

Se notaba que le había caído en gracia y que, de haber podido, habría preferido visitar aquellos lugares tan solo con él.

No solo sin Mussolini, incluso su séquito, que callaba cada vez que hacía un comentario y alababa sus conocimientos, parecía hastiarlo cuando acabaron la visita.

Una vez que los recorridos terminaron, Hitler y su séquito volvieron a sus alojamientos en el palacio del Quirinal y diferentes hoteles.

Ranuccio esperaba poder ausentarse también, pues su trabajo había finalizado aquel día, pero, por desgracia, lo reclamaron de nuevo, esta vez en la sede del ministerio.

Al llegar a la sala a la que lo habían convocado, identificó varias caras amables y una conocida.