3. RANUCCIO BANDINELLI
RANUCCIO BANDINELLI
Ranuccio Bandinelli era por aquel entonces un eminente arqueólogo y especialista en arte, ciudadano florentino, incansable viajero y excelente profesor en la Universidad de Pisa.
Afiliado fiel al Partido Fascista, como todos los profesores que deseaban seguir ejerciendo.
Tenía treinta y ocho años bien llevados, estatura media, mandíbula cuadrada, pero menos que el Duce, pelo oscuro y tez limpia.
Estaba razonablemente en forma. No era guapo, aunque no carecía de apostura.
Eso debía de haber pensado su mujer, con la que tenía dos hijas.
Una carta misteriosa lo había convocado a la sede del Ministerio de Cultura Popular en Roma una semana antes.
Ranuccio la había esperado con miedo, pero, aun entonces, quiso creer que quizás no lo convocaran para lo que temía.
Como todo el mundo en aquellos días, no puso objeción alguna y se plantó en la sede del ministerio en la fecha indicada, anulando cualquier cita de su agenda personal, que no le importaba nada a nadie, salvo a él.
La confirmación le llegó una hora antes de la reunión, cuando se encontró con algunos amigos en la facultad de Bellas Artes y ellos le explicaron el motivo que la carta que había recibido escondía.
Lo sabían bien, pues eran ellos los que habían dado su nombre.
Ranuccio no pudo darles las gracias. Quizás pensaron que le haría bien estar expuesto al público tras tantos años al margen de las ocasiones oficiales, pero él estaba contento con su vida y detestaba que le cambiaran los planes.
En el ministerio, un alto funcionario de apellido Baldessari lo recibió con suficiencia en un magnífico salón y no dejó minutos a lo banal para atacar directamente el asunto por el que había sido convocado, con preguntas cuya respuesta Ranuccio daba por hecho que conocía.
—Usted sabe alemán, ¿es así?
—Sí —respondió sin dejarse amilanar, pero deseando haber podido decir que no.
—Bien. Y es un experto en arte. También se desenvuelve bien socialmente, se explica bien.
—Bueno, no mejor que muchos otros.
—Eso no es lo que dicen sus compañeros.
—Me tienen en alta estima.
—Bueno. Mientras sean sinceros, es suficiente.
Aquello no iba nada bien. Ranuccio no era religioso, pero miró al cielo implorando el milagro, deseoso de que las palabras que temía escuchar no salieran de la boca de Baldessari.
—Adolf Hitler va a visitar Italia. —Horror—. En mayo. Del tres al nueve. Invitado por el Duce. Visitará algunas ciudades y conocerá de primera mano al pueblo italiano y su legado cultural. Allí es donde entra usted.
—¿Yo?
—Sí, usted. Es profesor, habla alemán. Se trata de dejar bien parada la cultura italiana y estamos buscando a alguien que sepa alemán y que cause buena impresión.
Debería sentirse muy honrado. Apuesto a que todos los eruditos de su sector desearían estar en su piel.
—«Apuesto a que no», se dijo Ranuccio—. Será un tour de unos días.
Nápoles, Roma y Florencia. Deberá proponer los lugares que culturalmente sean...
, ya sabe, relevantes. Un secretario le informará de las preferencias del Führer.
En la anterior visita no le ofrecimos platos de su gusto.
Esta vez tiene que ser completamente diferente.
—Puedo darle algunos nombres que, según mi criterio, serían idóneos para tal tarea. Mejores que yo.
—Dígame... —respondió el funcionario con desinterés, preparado para escuchar la sugerencia de Ranuccio sin apuntar ni uno solo de los nombres. Luego se quedó mirándolo—. Creo que usted lo hará mejor —dijo al fin.
Ranuccio permaneció en silencio, lo que molestó a Baldessari, que esperaba emoción y entusiasmo sin hallarlo.
—No sé si soy la persona más indicada —se limitó a decir al rato, impacientando aún más a su interlocutor, que estaba harto de tratar con el mundo del arte, siempre formado por gentes pausadas, observadoras y cautas. Gente lenta.
—Bueno, piénselo. Pero nadie entendería que no aceptase —le dijo antes de despedirlo sin cordialidad.
Ocho días después recibía otra citación para ir a Roma y se presentaba nuevamente en el ministerio, donde lo recibieron con un tono distinto. Tras explicarle lo que ya sabía, pero con menos cordialidad que en la primera ocasión, el funcionario encargado le manifestó algo que también sospechaba.
—Comprenderá que su opinión en este asunto no es del todo relevante —le dijo, mirándolo a los ojos—, bastaría una orden para que hiciera lo que le estamos solicitando.
Ranuccio volvió a Pisa preocupado.
El 2 de abril recibía la mencionada orden: en un mes mostraría a Hitler las maravillas del arte italiano. También se las recordaría a Mussolini.
1938, 7 de mayo
Paulina Borghese permanecía impertérrita, esbelta y firme, recostada en su chaise longue, con la cabeza apoyada en la mano, el pecho descubierto y la sensualidad con la que había sido creada ciento treinta años antes intacta.
Nadie hubiera resistido la atenta mirada del hombre más poderoso de Europa de no haber sido de mármol.
Decían que la retratada, siglos antes, había sido orgullosa y provocadora, y que poco le importaba que su escultura hubiese desatado el escándalo.
¿Quién, sino ella, hermana del mismísimo Napoleón Bonaparte, podía enfrentarse sin miedo a las críticas?
Con todo, Ranuccio Bandinelli no estaba seguro de que hubiese aguantado el escrutinio de Hitler.
A él le estaba costando. Lo acababa de conocer y trataba de olvidar quién era la persona a la que debía abrir la puerta y los ojos a las maravillas del arte italiano.
El Führer había llegado cinco días antes a la estación Ostiense de Roma, donde había sido recibido por el rey Víctor Manuel III, al que conoció en aquel momento.
Era difícil que el monarca, de 1,53 metros de altura y dominado por Mussolini, hubiera despertado ningún tipo de admiración en el alemán.
Tampoco interés. Ni su tiempo ni su físico contribuían a dotar al tercer rey de Italia de cualquier halo regio y, de nuevo, su presencia iba a ser meramente testimonial aquellos días.
Desde entonces, Adolf Hitler había participado en desfiles y recepciones.
Había viajado hasta Nápoles para observar las maniobras de la Marina Real y había vuelto a Roma para reunirse con Mussolini y sus ministros.
Todo en cuatro días, antes de iniciar la parte del viaje que le resultaría, seguro, más placentera.
El 6 de mayo Ranuccio había participado en la visita a la exposición de la Romanidad sin ningún protagonismo, sino como parte de un grupo numeroso: Goebbels, Von Ribbentrop, Himmler, Hess...
Tan solo Göring se había perdido el viaje, cosa que a algunos les había extrañado, habida cuenta del interés del segundo hombre más poderoso del Reich por el arte.
En cualquier caso, Ranuccio se dio cuenta de que ni en sus más inverosímiles sueños se había visto rodeado de tanto poder.
Los hombres que estaban cambiando el continente, los que acaso cambiarían el mundo, estaban a pocos metros de él.
Con todo, agradeció aquella primera aproximación, pues le ayudó a asimilar la primera línea en la que se encontraría al día siguiente.
Desde la mañana del día 7, él, un buen profesor y arqueólogo, hombre de arte e historia, tenía a un lado a Hitler y al otro a Mussolini. Era realmente extraordinario, pero Ranuccio no había tenido tiempo de enorgullecerse de su tarea.
Por supuesto, era un honor, pero un honor peligroso, uno que le podía traer más cosas malas que buenas.
La fama de los dictadores era tan temible como veraz.
Si fallaba, si decía o hacía algo inapropiado, caería en desgracia.
A aquellas alturas todo el continente esperaba la guerra salvo los españoles, que ya llevaban dos años de batallas.
Los fascistas estaban tirando de la cuerda, rompiendo todas las limitaciones que les habían impuesto, y el resto de los países tan solo eran capaces de mirar y no hacer nada, hipnotizados por los dientes del león, aunque fuera a ellos a quienes el león se los mostraba.
Asombrados. Fascinados. La pujanza de Alemania parecía no tener freno, pero la de Italia, que soñaba con volver a sus tiempos de gloria imperiales, también llenaba de orgullo a sus compatriotas.
Quizás no a todos, pero sí a muchos. Nadie se manifestaba en otro sentido.
Le dieron un pase, una especie de tarjetón que no le hizo falta más que unos minutos, pues enseguida quedó claro que su cercanía a los dos hombres más poderosos del continente iba a ser permanente.
Más aun.
Ranuccio viajaba en el mismo coche que ellos, sentado en la segunda de las tres filas de aquel Lancia Astura, justo delante de los dictadores, que llegaban a cada lugar entre vítores y júbilos.
Cuando se detenían, él bajaba antes que ellos, se colocaba a la izquierda de la puerta y esperaba a que Hitler pusiera el pie en la calle para ponerse a su lado, explicando y traduciendo.
Y la Galería Borghese, como era de esperar, le estaba gustando.
Desde el principio su proximidad con el Führer fue mayor que con el Duce, pues lo que explicaba en buen alemán al primero dejaba completamente indiferente al segundo.
Daba igual cuál fuera la maravilla ante los ojos de los dictadores, la reacción era una variación en intensidad de la misma sensación: Hitler se admiraba y Mussolini se aburría, y, lo peor, no se esforzaba lo más mínimo en disimularlo.