2. LO QUE SE VA, LO QUE SE QUEDA
LO QUE SE VA, LO QUE SE QUEDA
El semblante de los tres miembros de la familia Viel presentes en la biblioteca del castillo de Faggio aquella mañana era sombrío.
Sabían que estaban siendo testigos de una mentira y por eso no solo se sentían engañados, sino ultrajados.
El retrato de Colomba Corsini ya estaba en el interior de una caja de madera con sellos del Gobierno, preparada para viajar a un lugar que la familia desconocía.
La llegada de los funcionarios había sido cordial.
El más joven incluso había intentado flirtear con Flavia, pero ella tenía suficiente con contener la ira que la consumía.
Estaba enfadada con su padre, que había cedido al atropello.
Enfadada con el Gobierno de su país, que les quitaba lo que había sido suyo durante siglos, y más enfadada aún con que, a la postre, los ojos enfermos de Mussolini y de Hitler gozaran de lo que les habían quitado.
Los tres Viel estaban seguros de que eso estaban haciendo.
Les estaban quitando el cuadro. Cuando Giacomo había preguntado a diferentes miembros del Gobierno y a los mismos implicados por la fecha en la que su propiedad le sería devuelta, nadie había sabido responder.
Uno de ellos, al que suponía el más conocedor del asunto, lo había mirado sonriente, irónico, casi riéndose de su pregunta absurda.
Las demás familias que habían donado sus obras para la misteriosa exposición privada también dudaban respecto a la posibilidad de volver a ver sus lienzos.
Con todo, la mecha que aquel acto había encendido hizo que se desataran varias decisiones relevantes, la primera de las cuales se planteó en cuanto el furgón cargado con su querido cuadro se alejó del castillo.
—He estado hablando con los Frouchtmann —dijo el padre de familia.
Eran buenos amigos de la familia, alemanes, y desde hacía años socios de los Viel, que trabajaban frecuentemente con su banco.
—¿Qué tal están? —preguntó Cosima.
—Mal. Están mal. Ese Hitler la ha tomado con los judíos y los pobres ya han asumido que han de salir de Alemania, sea lo que sea lo que dejen detrás.
—Maldito —murmuró Flavia.
—Sí. Jakob se lamenta de no haber tomado la decisión de partir antes. Ahora todo son dificultades..., pero claro, nadie podía esperar que las cosas se pusieran tan mal, y parece que se pondrán aún peor...
—Comprendo que se lamenten —apuntó la madre.
—A tenor de los últimos movimientos de nuestro propio Gobierno y su rápido acercamiento a las ideas de Alemania, no debemos dejar que nos pase lo mismo.
—No pasará. Italia... Italia es diferente —apuntó Flavia.
—Bueno. En cualquier caso, he tomado una decisión y tu marido está de acuerdo —dijo Giacomo, dirigiéndose a su hija.
—¿Has tomado una decisión con Carlo? —replicó ella, empezando a molestarse.
—Sí. Y te pido que no empieces. No es momento para discusiones de sufragistas.
Recurrentemente, Flavia y su padre discutían por cuestiones de índole similar.
Ella no consentía que la consultaran menos por ser mujer, pese a lo cual su padre seguía haciéndolo.
Giacomo Viel pensaba que la protección de la mujer venía primero por su padre y luego por su marido.
Primero por el señor Giacomo Viel y luego por el señor Carlo Leone.
Flavia no estaba dispuesta a que ninguno de los dos decidiera por ella.
En broma, aunque a ella no le hacía ni pizca de gracia, su padre la llamaba «sufragista».
—Nos vamos —dijo Giacomo—, nos vamos ahora que todavía no ha pasado nada.
A Suiza. Ya he apalabrado la compra de una casa muy bonita cerca de Lausana, os gustará.
Está delante del lago, estaremos cómodos.
Cerraremos las casas de Italia. Roma ya está prácticamente lista, y Venecia y Pienza lo estarán también muy pronto.
Flavia miró a su madre.
—¿Tú sabías esto?
—Más o menos —dijo ella—. Tu padre me dijo que cerrara las casas por si teníamos que irnos, pero no esperaba que fuera tan pronto. En realidad, no esperaba que lo hiciéramos.
—Tu marido... Carlo está gestionando el traspaso de nuestros fondos a bancos suizos. Hace semanas que viaja allí discretamente.
—Nos vamos como conejos. Como cobardes —dijo ella—, los señores más cobardes que jamás defendieron su castillo. Siento vergüenza.
—Es lógico que te sientas así, es humillante, pero es lo más inteligente. Probablemente sea provisional.
—¿Probablemente? —preguntó Flavia.
—Seguramente —matizó Giacomo—, pero no quiero que nos pase lo que les ha pasado a tantos de los nuestros en Alemania.
—Y antes de irnos, les hemos regalado un Botticelli a los hombres de los que huimos.
—Déjalo ya. Es solo un cuadro —le pidió Giacomo.
—Sabes que no lo es. Preferiría que se hubiera quemado en un incendio o que lo hubiesen robado unos ladrones de medio pelo a que lo cuelgue cualquiera de los dos dictadores o de sus esbirros en su casa. A que le pongan sus sucias manos encima.
—Lo hecho, hecho está. Déjalo. La semana que viene guardarán los objetos más valiosos en las bóvedas del sótano y tapiarán las entradas.
Esconderemos lo de aquí y lo que vendrá de las otras casas, y, por supuesto, todo el servicio se queda, así que también estará vigilante para que no pase nada.
Nosotros nos iremos antes. Iremos ligeros.
No queremos que nadie piense que abandonamos el país por...
, bueno, por una larga temporada. No cojáis demasiada ropa, podréis compraros todo nuevo en París o donde queráis.
Coged las joyas, eso sí. Estaremos bien y volveremos cuando todo esté más claro.
—Yo no iré —dijo Flavia de pronto.
—Harás lo que tu padre diga —se indignó su madre, que solo decidía por sí misma lo relativo a lo más doméstico.
—No. No lo haré. Soy mayor de edad y me quedaré. Idos vosotros si queréis. Yo esperaré un poco más. Defenderé lo nuestro.
—Lo nuestro es mío, no tuyo, y nadie te ha pedido que lo defiendas —apuntó Giacomo.
—Me quedaré igualmente. Esa gente no conseguirá que abandone mi país. No sin hacer nada por acabar con ellos. No. No les dejaré que ganen la partida sin haber ganado ni una jugada.
—Hija, ¿de qué te sirve jugar si sabes que vas a perder? —la cuestionó su madre.
—Me sirve para que sepan que hay alguien al otro lado. Me sirve para poder dormir sin la sensación de que les he abierto la puerta y les he dado las llaves de mi vida yo misma. Es cuando tus enemigos ni siquiera saben que existes cuando tu insignificancia ha llegado al máximo.
—Deja eso, Flavia, te lo digo muy en serio —intentó Giacomo.
—No me iré. No aún. De momento apenas se ve la punta de las orejas al lobo. No me gusta lo que veo, pero debéis reconocer que aún se puede vivir aquí.
—Eso pensaron los alemanes.
—Os prometo que me iré si las cosas se ponen peor. Podéis esperarme en Suiza, yo os esperaré aquí. Ojalá sea yo la que no se mueva.
—No me gusta nada el color que está cogiendo Europa —murmuró Giacomo.
—Querido, hay paz. Pese a todo, hay paz —dijo Cosima.
—La paz es mucho más difícil de conseguir que la guerra, que se desata con facilidad. Se necesitan dos para hacer la paz, pero solo uno para hacer la guerra. Dios no quiera que nos encontremos a las puertas de otra.
—Bueno, de momento no hay guerra —insistió su mujer.
—Pregúntaselo a los Frouchtmann. Estoy seguro de que no creen vivir en paz —replicó él.
Giacomo miró a su mujer, que negaba con la cabeza.
La situación de los judíos en Italia no era peligrosa.
No aún. El tiempo diría si los Viel estaban exagerando o no.
Mientras, en aquel salón barroco de techos pintados y cortinajes gruesos, todos sabían que ninguno conseguiría que el otro cambiara de opinión, pero Cosima lo intentó una última vez.
—Hija, ¿me quieres decir para qué quieres quedarte?
¿Qué es lo que vas a hacer? Ya eres insignificante para Mussolini.
Ni siquiera sabe que existes. En serio, ¿qué vas a hacer?
¿Cómo pretendes cambiar lo que es imposible cambiar?
Eres joven, guapa y recién casada, la vida te ha dado cosas buenas y ahora te ofrece un camino, que quizás no sea el elegido, quizás sea obligado, pero es tremendamente agradable, cómodo y adecuado.
De momento nos han quitado tan solo un cuadro y...
Ese hombre puede quitárnoslo todo, a nosotros y a cualquier otro.
—Ese es el mensaje que estamos dando: que puede quitarnos lo que quiera y que le dejaremos que lo haga.
—Hija, aprende la lección que hemos recibido hoy y aprovéchala. No lo puedes tener todo.
De pronto, una idea cruzó la cabeza de Flavia, una que como un rayo voló de una cala española a la faz de un hombre decepcionado, a un amor de verano y a un sentimiento que nunca había conseguido aplacar del todo antes de volver a ella.
A un recuerdo muy presente. Una experiencia que llevaba a una idea, a un fin, a un objetivo.
—Madre, tienes razón. No se puede tener todo. Esa es una lección importante. —Una ligera sonrisa se dibujó en su cara antes de darse la vuelta para retirarse a su habitación—. Y quizás Mussolini deba recibirla también —murmuró.
Fue una suerte que sus padres no la oyeran.