El extraño Stella
96%

Stella

Stella

Stella no cabe en sí misma de felicidad con lo bonito que es todo aquí. El cielo azul, el sendero de tierra rojiza que asciende por la colina. El bosque denso y exuberante de árboles que desconoce. Por fin está aquí.

Su taxista, Jonathan, tuvo que pedirles a los niños del pueblo Ngaramtoni que le indicaran el camino.

Ellos se emocionaron al verla… «¡Es por tu pelo rubio!

», había dicho Jonathan entre carcajadas.

La siguieron a través de un huerto de plataneros, gritando «¡Buenos días, buenos días!

», pero ahora Jonathan ha conseguido que la dejen en paz.

Él también la ha dejado a solas. Está de espaldas a ella, apoyado en su coche, fumando un cigarro que se ha liado él mismo. No le ha preguntado qué hace. Le pagó los cincuenta mil chelines por adelantado, y desde entonces le ha dado vía libre para hacer lo que le venga en gana.

Stella se arrodilla en la tierra. Traza con los dedos el leve círculo de ladrillos en el suelo seco y rojizo, apartando palos y piedras.

Nadie sabría jamás que está aquí si no intentara buscarlo.

Ya no queda nadie aquí que recuerde a Clara, ni por qué los wazungu (los blancos) cavaron un pozo aquí hace años, solo para acabar olvidándose de él, de modo que los lugareños dejaron de esperar que volvieran y lo rellenaron de tierra, para mantener a los niños a salvo.

Nadie recuerda a su hermana, ni cómo construyó esto.

Pensando que podría hacer algo bueno, marcar la diferencia.

Pero Stella sabe que ella estuvo aquí. Y eso es más que suficiente.

El pueblo hace años que posee una bomba de agua, ubicada en la plaza central. Además de una nueva escuela primaria y una clínica médica. Las únicas personas que vienen aquí ahora son los niños que juegan en el bosque.

Stella cierra los ojos. No sabe si alguna parte de Clara está aquí o no.

Pero donde sea que esté, siente por primera vez que está en paz.

Traza el nombre de Clara en la tierra y le habla durante un rato.

Coloca las flores de hibisco rosa que cortó esta mañana de los jardines de su hotel y que escondió en el bolso.

Luego se levanta, se sacude los pantalones y le dice a Jonathan que está lista para volver a casa.

La policía nunca consiguió hacer la conexión.

Nunca le hicieron a Stella ni una sola pregunta sobre su hermana muerta, ni dedujeron que había estado vinculada con Jamie.

Nunca hubo un caso oficial por el asesinato de Clara, ni siquiera una autopsia, apenas alguna palabra oficial sobre su muerte fuera de Tanzania.

Hace muchos años que Stella y Clara no comparten apellido.

En los papeles, Clara Layward prácticamente ya ni existe.

Por eso, para la policía, no había razón para creer que Stella tuviera un móvil para matar a Jamie, más allá de proteger a Alice y Martha.

Los agentes habían visto las pastillas en el suelo, las marcas en las dos mujeres que florecieron en llamativos moretones donde Jamie las había sujetado.

Además, Alice la había respaldado. Al igual que Stella había defendido a Alice por lo de Ezra.

Se preguntaba si esa extraña simetría habría llamado la atención de los inspectores.

Quizá sí. Pero no era prueba de nada, ¿verdad?

O, al menos, no lo suficientemente sólida.

Stella no puede arriesgarse a hablar sobre su hermana. Ni tratar de obtener justicia para ella de la manera convencional. Pero ahora ha obtenido justicia para Clara, y eso es un consuelo. El tipo de justicia más antigua y simple. Una vida por una vida.

De vuelta en el hotel de Arusha, Stella pide un negroni y se sienta junto a la piscina. El calor se ha suavizado, y el hotel está tranquilo. Las pocas tumbonas que se han usado hoy ya están abandonadas, con vasos vacíos y toallas arrugadas esparcidas por el suelo.

Stella levanta su copa en un brindis silencioso y da un sorbo mientras observa cómo el cielo se oscurece y cambia de color, disfrutando del espacio entre el calor del día y la llegada de la noche.

Le encanta esta hora del día, el olor y el ruido que la acompaña.

Un momento del día que suele desaparecer cuando tienes hijos, sepultado bajo una lista interminable de tareas: palitos de pescado con patatas, el cepillado de dientes y la hora del baño, un cuento y apagamos la luz.

Por una vez, puede simplemente sentarse y dejarse llevar por el momento: las cigarras en los árboles, el rosa que se filtra en el cielo, el olor a vacaciones de la piscina, el «tic, tic, tic» del sistema de riego del hotel, que mantiene las flores y los plataneros exuberantes en los parterres.

Su teléfono suena en la mesita al lado de la tumbona, pero Stella resiste la tentación de deslizar el dedo, de revisar las actualizaciones de Hugo sobre Frankie, o del consejo sobre su nueva escuela, o de la agente inmobiliaria sobre la fecha de mudanza a su nuevo piso.

Stella había llegado a la conclusión de que no era buena idea que Frankie estuviera en la misma clase que Martha.

Alice la evita a conciencia, pero ha visto a Becca un par de veces a la hora de la salida del cole.

Stella siempre intenta sonreírle a Becca, saludarla, tranquilizarla con que su secreto está a salvo.

Stella es buena guardando secretos. Pero Becca siempre desvía la mirada.

Supone que le ha dado a Alice una versión bastante selectiva de los hechos, pues está convencida de que Alice no le habría devuelto el trabajo si supiera cómo la ayudó a intentar matar a su marido.

Stella se pregunta qué será lo que Alice piensa que ocurrió el día del allanamiento. Quizá cree que actuó sola. O quizá por fin ha aceptado que hay cosas de esa noche que nunca podrá llegar a entender del todo.

Qué detalle tan absurdo. Pero Stella nunca se habría llegado a imaginar que Jamie llegaría a casa, solo para volver a salir a comprar leche. En ese momento, había intentado detenerlo. Pero Ezra ya había apagado el teléfono y lo había dejado atrás.

Mientras Ezra se desangraba en el suelo y Alice se tambaleaba, con el taburete aún en la mano, Stella le registró los bolsillos, los pantalones. Por todas partes. «Tiene que estar en algún sitio», pensó. Pero no había nada. Ni rastro de él.

Estaba segura de que la policía lo encontraría. Pero sorprendentemente, nunca lo hicieron. Stella le había dicho a Becca que se debía de haber deshecho de él de algún modo. Quizá el chico tenía más neuronas de las que creía.

– Solo tienes que deshacerte del teléfono, y estaremos a salvo – le había dicho a Becca – . Ezra es la única persona, aparte de ti y de mí, que sabía lo que pasó de verdad. Y está muerto.

El problema es que no era del todo así, pues estaba Jade. Y ella era demasiado lista.

Obviamente, Stella no le había contado a Jade lo que había hecho.

Que había ido a ver a Ezra para contarle no solo quién se había acostado con su hermana, sino también cómo podía vengarse si le apetecía.

Evidentemente, tampoco le había contado lo del teléfono de prepago que le había comprado a Ezra para que Becca le avisara en el momento exacto, una vez que Jamie estuviera en casa.

– Solo mantente alejado de la puerta cerrada que da a otra habitación – le había dicho – . Mantente alejado de la habitación donde estarán las niñas.

Pero Jade era lista y conocía a su hermano. Sabía que Ezra no habría hecho algo así él solo; averiguar dónde vivía Jamie y trazar un plan de venganza. Para empezar, estaba demasiado enfermo. Sabía que lo habían manipulado. Y, por supuesto, tenía razón.

El teléfono de prepago de Ezra seguía en paradero desconocido, y Stella estaba decidida a no dejar ningún cabo suelto.

Así pues, una vez calmadas las aguas, fue a ver a Jade, fingiendo que aún tenía la esperanza de que aceptara hacer la entrevista.

La realidad es que quería registrar el piso de arriba abajo y localizar el móvil de prepago.

Pero no salió bien.

Stella solo había conseguido revisar el baño. Cuando vio la extraña trampilla en el techo, pensó que ahí podría estar el teléfono de prepago, pero no tuvo suerte. Al salir del baño, Jade ya había intuido lo que estaba buscando. Tan pronto como Stella apareció en el pasillo, la interceptó.

– ¿Buscas algo? – le había preguntado – . ¿Por casualidad no estarás buscando el teléfono que le diste a mi hermano?

Jade había encontrado el teléfono de prepago cuando limpió la habitación de Ezra para hacer hueco para las cosas de la bebé. Lo que significaba que tenía pruebas de lo que Stella había hecho. Estaba en serios problemas.

Tenía que frenarle los pies a Jade – o a su madre, que se mostraba igual de hostil – y evitar que llevaran el teléfono a la policía.

Pero no sabía cómo hacerlo, y empezó a ponerse demasiado ansiosa, a cometer ciertos descuidos.

Volvió al piso de Jade unos días después, pensando que quizá podría ofrecerle dinero a cambio del teléfono.

Pero cuando llegó allí, vio a Linda saliendo del apartamento con el portátil de Ezra bajo el brazo y una bolsa enorme colgando del hombro.

Stella entró en pánico. ¿Y si pensaba llevar el portátil junto con el teléfono a la policía?

Empujar a Linda escaleras abajo… había sido una estupidez como la copa de un pino.

Tuvo suerte de que nadie la pillara con las manos en la masa, y que las cámaras de seguridad estuvieran destrozadas.

Momentos después, cuando una vecina de Linda la vio en el fondo de las escaleras y corrió a ayudarla, Stella tuvo que huir sin haber conseguido el portátil ni el teléfono.

Al menos le dio tiempo a coger las llaves de la casa de Linda, que se le cayeron al suelo cuando cayó por las escaleras.