El extraño Alice
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Alice

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Stanley hace una pausa junto al caballete de Alice mientras se dirige a la cocina.

– ¿No habías dicho que hoy saldrías temprano? – dice, entrecerrando los ojos para mirar su reloj.

– Termino esta parte y ya – responde Alice, sonriéndole.

Había echado de menos tener a Stanley cerca, burlándose de sus almuerzos, y su silbido melodioso con la sintonía de The Archers , la radionovela. La recibió de nuevo con los brazos abiertos, con un suave apretón en el hombro, y Alice siempre le estará agradecida por ello.

Alice se pone el abrigo antes de salir, pero el día está inusualmente cálido, los árboles a lo largo del canal se llenan de flores de cerezo, y para cuando llega a la cafetería, ya se ha quitado el abrigo y lo ha metido en la bolsa de tela.

Becca está sentada a una mesa en la terraza, tal y como dijo que haría. Se ha traído a Pip, que está sentado obedientemente junto a ella, moviendo la cola, feliz de estar bajo el sol.

– Gracias por hacer esto conmigo – le dice Alice – . Sé que puede resultar un poco extraño.

Becca se encoge de hombros y sonríe, mientras acaricia a Pip detrás de las orejas con las uñas.

– No me importa. Entiendo por qué querías venir.

El cumpleaños de Jamie siempre había sido el momento exacto del año en el que comer al aire libre volvía a sonar como un buen plan.

A él le encantaba esta cafetería, ubicada junto al sendero del canal, así que siempre venían aquí y comían tortitas los tres juntos.

Y Alice se dio cuenta de que, a pesar de todo, quería estar aquí hoy y recordar cómo había sido su vida en ese entonces.

Incluso después de que Jessica le contara todo con pelos y señales (el ADN hallado bajo las uñas de Jade, los mensajes entre Jamie y ella, las pruebas de las torres de telefonía móvil que lo situaban en su piso), a Alice le había costado mucho tiempo procesar que, el mismo hombre que le había sostenido la mano y llorado cuando Martha vino al mundo, le había hecho eso a Jade.

Que había metido su cuerpo destrozado en una bolsa y la había tirado al agua como si no fuera más que basura.

Pero entonces la expresión en su rostro regresaba a su mente, una y otra vez.

Cómo había estado dispuesto a acabar con todo, con todos ellos. Incluso con su hija.

Si echa la vista atrás, resulta evidente que Jamie estaba pasando por algún tipo de crisis, y que Alice estaba demasiado centrada en la suya como para darse cuenta.

Su obsesión por la seguridad, el impulso repentino de mudarse fuera de Londres, su abrupto desinterés por su trabajo…

, nada de eso tenía mucho sentido para ella en ese momento.

Pero ahora se da cuenta de que estaba aterrorizado por las consecuencias de lo que había hecho con Jade, de lo que pensaba que ella podría llegar a hacerle a su familia.

Y después de que Alice le contara que había ido a ver a Jade – y sumándole lo de la foto robada, el cadáver de la gaviota y la pintura – , Jamie perdió los papeles por completo.

No obstante, le resulta extraño que negara haber matado a Jade.

Hasta al final, incluso cuando realmente ya no importaba.

Pero Alice se recuerda a sí misma que las palabras de Jamie caían en saco roto.

Todo fue tal y como Stella le había advertido: «Si mienten sobre cosas insignificantes, también mienten sobre cosas más graves».

Al final, llegó un punto en que las mentiras de Jamie se hicieron demasiado grandes y pesadas.

Estaba dispuesto a morir antes que enfrentarse a las consecuencias de lo que había hecho.

Alice se pregunta si habría podido convencerlo para entregarse si Stella no hubiera aparecido.

Si podría haberle ahorrado a Martha el dolor de perder a su padre.

Pero entonces recuerda que Jamie estaba dispuesto a que Martha y ella también murieran.

Está segura de que Stella diría que esta es la forma correcta.

La más limpia. «Algunos hombres son tóxicos y punto.

Y el mundo sería un lugar mucho mejor para nuestras hijas si no existieran».

Alice inclina la cabeza hacia los modernos apartamentos donde Stella solía vivir, se cubre los ojos con una mano para protegérselos del sol.

– Me pregunto – dice Alice – si Stella todavía vive ahí.

– Ni idea – responde Becca de inmediato. Se alisa la falda y da un sorbo al café con cuidado – . ¿Todo, eh, ha terminado ya? – Desvía la mirada hacia Alice con cautela – . Me refiero a la investigación de Stella. ¿La dejarán en libertad?

Alice asiente.

– Jessica cree que sí. Dice que le retirarán los cargos en cualquier momento.

Después de que detuvieran a Stella en Graznido de Gaviota, a Alice la llevaron al hospital con Martha, mientras Jamie iba en la ambulancia de detrás.

Alice se enteró más tarde de que intentaron reanimarlo tres veces en el camino al hospital.

Pero cuando su ambulancia llegó tras la de Martha y Alice, los paramédicos que salieron por las puertas traseras estaban en silencio, con la cabeza gacha, y sus voces sonaban apagadas. Y entonces Alice se desplomó.

Alice se despertó en una cama de hospital, con el estómago vaciado de las drogas que Jamie le había dado, y se encontró cara a cara con dos agentes de la policía de Kent.

Le confirmaron que Martha estaba a salvo, que estaba con la tía Sarah, quien había denunciado el robo de su coche y dado a los detectives la pista que necesitaban para salvar a Alice y a Martha.

Le dijeron que podría ver a Martha más tarde y luego le preguntaron qué había sucedido.

Las preguntas no cesaron. El abogado de oficio que le asignaron – ay, cuánto le habría gustado que fuera Jessica – les recordó a los agentes que Alice solo había sido una testigo de todo lo sucedido.

Que Stella Glass fue la que sostuvo el cuchillo, y era ella quien debería responder a todas sus preguntas.

Pero siguieron adelante, haciendo las mismas cuestiones de diferentes maneras.

Alice había tratado de ceñirse a la verdad. Les contó cómo Jamie había agarrado a Stella, que la sujetó por la mandíbula y la mano. Cómo Jamie había querido matarlas, a Martha y a ella misma.

– Entonces, ¿Stella Glass sabía que vuestra vida corría peligro? – le había preguntado el agente, entrecerrando los ojos.

Alice no había respondido nada.

– A ver, es que, por lo que has dicho – prosiguió el policía – , no queda claro que la señora Glass tuviera motivos para creer que Jamie supusiera una amenaza para tu vida o la de tu hija.

Alice pensó en lo que ella misma había hecho para mantener a su hija a salvo. La sangre en el suelo de la cocina. Y luego se acordó de Frankie. Frankie necesitaba a Stella, a su madre, y eso era más importante que una mentirijilla piadosa.

– Se lo dije – dijo al final – . Le dije a Stella que había amenazado con matarnos.

El agente miró a su compañero.

– ¿Estás segura?

Hubo un instante de vacilación, la sangre le retumbaba en los oídos.

– Sí – respondió Alice, aclarándose la garganta – . Sí, estoy segura. Se lo dije.

Por supuesto, hay cosas que Alice no le ha contado a la policía.

Nunca le ha mencionado su visita al piso de Stella el día antes de que Jamie se llevara a Martha. Ni que Stella le había pedido a Alice que la llevara hasta Jamie, y ni que le había asegurado de que ella podía encargarse del resto.

Alice no había aceptado.

No en ese momento.

Pero después de que Jamie se llevara a Martha, todo cambió. Y Alice se dio cuenta de que nada le importaba en ese momento, excepto recuperar a su hija. ¿Sabía ella, cuando le dijo a Stella dónde estaba Jamie, que vendría a ponerle punto y final de una vez por todas?

Alice piensa que, en el fondo, probablemente lo sabía. Habían intercambiado una mirada significativa cuando Alice encendió el el coche. Solo eso. Además, no hizo nada por detenerla. Solo condujo, con las manos tan limpias como la nieve recién caída.

– ¿Llegaste a saber qué hacía en Rye aquella noche?

Becca remueve el café con un palito de madera. Alice se recoloca en la silla, un tanto incómoda.

– ¿Quién? ¿Stella? Supongo que estaba preocupada porque había ido hasta allí yo sola, así que me siguió – dice Alice, sin darle más importancia.

Está convencida de que a Becca le bastará esa explicación, como a la mayoría de personas.

– Ah, no, no me refería a la noche en que murió Jamie – dice Becca – , sino a lo que pasó antes.

– ¿A qué te refieres?

– A aquella noche de verano en Rye. Cuando yo salí y Jamie y tú os quedasteis a solas en el alojamiento. Cuando volvía de comprar algo para cenar, vi a alguien vestido de negro fuera de la casa.

Alice se da cuenta al instante de lo que habla: Jade y la gaviota.

– Yo… no sabía que tú sabías eso.

– Sí, fue superraro – dice Becca – . Al principio no conseguí distinguir quién era, pero vi que llevaba una bolsa parecida a las del súper. Y vi cómo sacaba algo de ella… No supe hasta más tarde que era un pájaro muerto.

Alice se estremece al recordar cómo encontró el pájaro muerto que Jade había dejado en la entrada de la casa vacacional.

Un esqueleto aplastado y ensangrentado, con las alas rotas y el cráneo destrozado.

Y luego, cómo encontró un montón de las mismas plumas ensangrentadas en la caja de la casa de Jade, y se dio cuenta de que sus peores temores eran ciertos. Iba tras ellos.

– Esa misma noche, intenté hablar con Jamie sobre el tema – dice Becca – . Le conté lo que había visto, pero no me dejó ni hablar. Me interrumpió. Me dijo que habrían sido niños jugando, que no debería sacar el tema delante de ti. Parecía muy alterado, así que no lo volví a mencionar.

– No tengo ni idea – dice Alice – . Entonces…, ¿la viste hacerlo?

– Sí – afirma Becca – . Bueno, vi cómo dejaba algo delante de la puerta…

Al principio no distinguí lo que era. Parecía que iba a irse, a bajar por el sendero del jardín, pero luego se giró de repente y se estampó contra la puerta.

Literalmente, con todo el peso de su cuerpo.

Fue…, no sé. Como si estuviera poseída, ¿sabes?

– Yo me había quedado dormida – dice Alice – . En el sofá. El ruido me despertó.

– Ya. Corrí para ver qué pasaba, pero salió pitando calle abajo, hacia la oscuridad, antes de que pudiera verle bien el rostro.

– Vaya – dice Alice – . No sabía que lo habías visto. – Hace una pausa – . Pero no estabas presente cuando abrimos la puerta, ¿no? Cuando encontramos el pájaro.

– Ah, porque la seguí – responde Becca.

Alice se sienta más erguida.

– ¿La seguiste?

– Sí. Quería ver quién era – continúa Becca – . Así que la seguí hasta que giró en una esquina, dejó de correr y se quitó la mascarilla y el gorro.

Alice se muerde el labio.

– Entonces, supongo que la reconocerías, ¿no? Era Jade. – Becca alza la vista de sopetón – . La misma chica con la que viste a Jamie en aquella ocasión.

Becca niega con la cabeza.

– No, no. No era Jade.

Alice la mira fijamente.

– ¿Qué quieres decir con que no era Jade?

– Pues que no lo era.

– S-sí. Sí que lo era – tartamudea Alice – .

Sabemos… Sabemos que estuvo detrás de todo eso.

Me tenía vigilada, me robaba cosas, publicaba mensajes horribles en internet, todo ese tipo de cosas.

Y el pájaro también fue cosa de ella. Eso fue lo que llevó a Jamie al límite.

Eso fue lo que… – Se detiene, sin poder continuar.

– Pues no fue Jade, ¿eh? – dice Becca, negando con la cabeza – . Eso es lo que intento decirte. No fue Jade quien dejó ese pájaro fuera de tu casa.

Alice la mira boquiabierta.

– Entonces, ¿quién fue?

Becca la mira fijamente.

– Fue Stella.