Becca
Becca
Cinco días después del allanamiento
Cuando decidieron lo que iban a hacer, lo demás le había parecido casi como un sueño, en el que caminaban sin ser conscientes.
Becca no paraba de repetirse a sí misma una y otra vez que, en cuanto Jamie estuviera muerto, todo podría volver a la normalidad. Recuperaría su trabajo, y Carly y ella tendrían su final feliz. Y lo más importante: nadie vería jamás esas fotos. Ni sus padres, ni Alice, ni nadie.
Sabía que Martha y Alice se quedarían hechas polvo – Becca odiaba esa parte – , pero Stella le había dicho que ambas estarían mejor a largo plazo sin Jamie como marido y padre. Un infiel. Un chantajista. Un mentiroso. Y, según Stella, un asesino.
«Algunos hombres son tóxicos y punto, Becca», le había dicho Stella. «Y el mundo sería un lugar mucho mejor para nuestras hijas si no existieran».
Stella no necesitaba que Becca hiciera demasiado.
Ese día, Becca solo tendría que llamar para decir que estaba enferma, obligando a Alice a tener que ir a recoger a las niñas y llevarlas al parque Stonebridge Gardens, donde Becca le había dicho a Martha que irían ese día.
Stella estaría allí, esperando, y se autoinvitaría a tomar un café.
Becca solo tenía que estar en casa, habiéndose recuperado de su enfermedad ficticia, con el té listo para las niñas, de modo que Alice no pudiera negarse.
Luego, Becca dejaría un cuchillo de cocina sobre la encimera mientras descargaba el lavavajillas.
Usaría la baza de su película favorita para hacer que las niñas se quedaran en el salón tranquilitas.
Después entraría con ellas y cerraría la puerta con llave.
En cuanto Stella supiera que Jamie estaba a punto de llegar a casa, le enviaría un mensaje a Becca mediante el teléfono de prepago, y ella usaría el suyo para enviar el mensaje que habían acordado al número que le había dicho.
Stella no le había confesado quién estaría al otro lado de ese teléfono, y tampoco es que Becca hubiera querido saberlo. Pero Stella le había asegurado que todo parecería un allanamiento común y corriente.
Cuando Jamie estuviera muerto, lo único que Becca tendría que hacer sería deshacerse del teléfono. Eso sería sencillo. Estaba segura de que podía hacerlo.
Después de eso, Becca se habría librado de Jamie. Todas se habrían librado de él.
Pero, por supuesto, nada había salido como habían planeado. En absoluto. Y Becca no conseguía deshacerse de la sensación de que Stella le había mentido. Cada vez que veía una foto de Ezra en las noticias, Becca se ponía mala.
Llegó a creer que Stella se refería a que involucraría a algún tipo de sicario, pero él no era más que un chico muy enfadado. Y había sido Becca (el mensaje de Becca) la que lo había atraído hacia su muerte.
Stella le pidió a Becca que se tranquilizara. Le explicó que contratar a un sicario habría sido una pésima idea. De haber recurrido a un sicario, la policía se habría puesto a buscar quién lo había contratado.
Ezra tenía su propio motivo, por lo que no había razón para que la policía pensara que alguien más estaba involucrado.
Además, Stella le había explicado que tenía algún tipo de enfermedad cerebral, que lo hacía actuar de manera irracional, a veces violenta, por lo que no habría problema, pues cualquier juez lo habría dejado en libertad.
– ¡Pero no está bien! – Becca había siseado a Stella – . ¡Está muerto! ¡Y Alice podría acabar en la cárcel!
– No va a llegar a eso – le había dicho Stella – . Se darán cuenta de que Alice no tiene la culpa.
– ¿Y entonces qué? – le había preguntado Becca – . ¿Qué pasa si buscan a más implicados? ¿Y si descubren lo del teléfono?
– Escúchame – dijo Stella – , sé que no ha salido como esperábamos. Pero Ezra es la única persona, aparte de ti y de mí, que sabía lo que pasó de verdad. Y está muerto, ¿vale? Solo tienes que deshacerte del teléfono, y estaremos a salvo.
Becca esperaba que Stella tuviera razón. El móvil le quemaba en la mano, como si desprendiera una energía venenosa que la hacía sentirse cada vez peor mientras lo llevaba encima.
Había esperado para deshacerse de él hasta unos días después del allanamiento, cuando la policía permitió que Alice regresara a casa.
Alice aún andaba tambaleándose por la casa, como un espectro, y se alejaba en medio de las conversaciones, dejándolas a medias para quedarse mirando por la ventana.
Jamie apenas le dirigía la palabra a Becca, pero a ambos les correspondía mantener sus rutinas: la cena, el deletreo, los deberes, la lectura.
La hora del baño y desenredar el pelo, los cuentos para dormir.
Volver a sacar el chupete y la leche tibia, cosas que Martha aún necesitaba y no le habían confesado a nadie.
El beso de buenas noches y apagar las luces.
La noche en que lo hizo, Carly y ella se habían preparado una de esas cenas vegetarianas de Carly, se habían colocado el plato en el regazo y habían empezado a comer frente a la serie de detectives de la BBC que llevaban una temporada viendo.
Al principio le parecía interesante, pero había empezado a perder gancho con el paso de los capítulos, o quizá Becca simplemente había perdido el hilo de la trama.
Cuando un estallido de disparos resonó en la televisión, Becca se sobresaltó en el sofá y unos trozos de yaca, que supuestamente sustituían al pollo, aterrizaron sobre la alfombra.
Carly la miró fijamente.
– ¿Estás segura de que estás bien, mi amor? – La cara de Carly estaba marcada por la preocupación – . Creía que te gustaba este piso. No habrás cambiado de opinión, ¿no?
– Ay, Dios, no – exclamó Becca – . Perdona, estoy bien. – Forzó una sonrisa – . Solo me duele un poco la cabeza. Creo que debería acostarme temprano.
– Buena idea. De todas formas, esta serie es una mierda.
Carly se hizo con el mando y apagó la tele.
– Ya hace tiempo que adiviné que el marido era el asesino – dijo Carly mientras recogía los platos – . ¿Tú no?
– Sí – respondió Becca, aunque en realidad se había sorprendido de cómo había terminado todo.
Cuando Carly se quedó profundamente dormida, su respiración se volvió lenta y emitía unos leves resoplidos.
Becca levantó con cuidado su lado del edredón y, de puntillas, se dirigió hacia el pasillo.
Sin encender la luz, cogió la ropa negra y la mascarilla, y se vistió a toda prisa.
Luego se hizo con el móvil de prepago, cerró la puerta con suavidad tras de sí y echó a andar hacia el canal.