Becca
Becca
Un mes después
Becca está plantada en la cocina de su piso, preparando una sopa y calentando un poco de pan en el horno.
La lluvia golpea el tragaluz ubicado sobre la mesa de la cocina, donde Martha está arrodillada en el banco acolchado, con un lápiz de color en la mano.
El nuevo cachorro de Becca, Pip, se ha acurrucado a su lado sobre un cojín y apoyado su suave cabecita contra la pierna de Martha.
Alice está sentada frente a ella, en una silla.
Sostiene la taza de café estampada con un gesto algo rígido, y Becca se pregunta por qué ha querido venir, y si estará pensando en lo que pasó la única vez que estuvo en este piso.
De todas las cosas de las que Becca y ella todavía no han hablado.
Pero entonces Becca se da cuenta de que, en realidad, Alice está totalmente concentrada en su hija y en los dibujos que está haciendo.
– Qué dibujo tan bonito, Martha – dice Alice con cariño.
Martha no dice nada. De hecho, no habla mucho desde que todo ocurrió. El terapeuta le dijo a Alice que no debe forzarla, así que tanto Becca como la propia Alice se abstienen de presionarla.
A la hora de la comida, Martha consigue comer una sorprendente cantidad de sopa, además de pan y queso, incluso (y por algún tipo de milagro) algo de la ensalada que ha preparado Becca.
Becca se alegra al verla comer tan bien y al percibir el alivio en el rostro de Alice; ese exquisito placer de ver a un niño al que quieres ver comer bien.
– ¿Puedo ver tus dibujos? – pregunta Alice.
Martha se detiene un momento, luego le pasa los dibujos.
Mientras Becca se pone en pie para recoger los platos, echa una mirada cautelosa a los dibujos de Martha, y ve que Alice hace lo mismo.
Pero hoy, solo hay lluvia y charcos, árboles y flores, y, en el centro, una niña grande, una niña pequeña, y un perro que salta a la vista que es Pip.
Becca reza en silencio, esperando que esto signifique el fin de los otros dibujos…
, esos que Alice le ha mencionado. Los de las personas llorando, los cuchillos, las inmensas nubes negras…
– Estos son muy buenos, Martha. Tienes talento.
Becca se sienta junto a Martha y hojea los dibujos con detenimiento, prestando atención a los detalles.
Martha no dice nada, pero se acurruca a su lado, mientras Becca le acaricia el cabello suavemente.
Becca y Alice hablan con Martha con cuidado y sin exigir respuestas.
Becca parlotea sobre anime y el estilo kawaii , el tipo de animación por el que se ha empezado a interesar últimamente, además de la gimnasia, los almuerzos escolares y si escampará a tiempo para que puedan sacar a Pip a pasear.
Este último tema consigue sacarle una sonrisa.
Carly sale de su habitación, donde ha estado en una videollamada por Teams. Le revuelve el cabello a Martha y le pregunta si quiere acompañarla a llevar a Pip al parque. Martha, que le ha cogido cariño a Carly al instante, asiente con energía.
Cuando la puerta se cierra tras ellas, Becca se queda en la cocina con Alice y abre una botella de vino. Hoy es el día, lo ha decidido.
– Alice, quiero que sepas la verdad sobre el allanamiento – dice Becca.
Se da cuenta de cómo se le tensa la espalda a Alice al contener la respiración.
– Quiero que lo sepas todo – insiste Becca – . Es lo mínimo que te mereces.
Alice suspira.
– Vale.
Y entonces Becca por fin le cuenta a Alice la historia de cómo vio a Jamie y Jade junto al canal aquella vez.
Cómo le exigió que fuese sincero, y cómo luego Jamie intentó chantajearla, cómo la forzó a entregar su carta de renuncia.
Y, a pesar de la vergüenza que siente hasta en los huesos, empieza a explicarle a Alice el motivo de las fotos en el ordenador, y a quiénes iban destinadas de verdad: a su compañera de piso, que en realidad es mucho más que eso.
Le cuenta que llevan siendo pareja un tiempo, y que, si todo sale bien, pronto se mudarán juntas a su propia casa, con Pip.
Cuando llega a la parte de Carly, Alice se pone a llorar. Se lanza a los brazos de Becca y, cuando Carly llega a casa con Martha y el perro, Alice se levanta de un salto y también abraza a Carly, que se sorprende por el repentino achuchón plagado de lágrimas.
Alice se separa, se seca los ojos con ambas manos y dice:
– Ya está. No necesito escuchar nada más, Becca.
– Pero espera – dice Becca, mirando a Carly y a Martha – . Tengo que…
– No me importa lo que pasara después – le explica Alice en voz baja, levantando la palma de la mano para silenciarla – . No quiero seguir pensando en el allanamiento. Tenemos que hacer borrón y cuenta nueva.
Becca exhala.
– Vale – responde – . ¿Qué quieres que haga?
Se remueve en la silla y Alice la mira fijamente.
– Lo que quiero que hagas – dice – , es que rompas ese estúpido contrato que firmaste y sigas trabajando como niñera de Martha. Por favor. Bueno, si eso es lo que quieres, quiero decir.
Becca la mira fijamente, sin poder apartar la vista.
– ¿Estás segura?
– Segurísima. – Alice extiende la mano sobre la mesa – . Como te he dicho, quiero que empecemos de cero. Todas nosotras.
Becca aparta la mirada y la clava en las vetas de la madera de la nueva mesa de la cocina.
Luego la desvía hacia las paredes cubiertas de fotografías de Carly y ella, de sus padres y algunas de Martha.
Y en el gran dibujo de un arcoíris pegado en la nevera, que Becca y Martha hicieron juntas hace años.
Y piensa en todo lo que ha hecho. En las cosas que le ha contado a Alice.
Y en las cosas que no le ha contado.