Alice
Alice
Alice siente que le da un vuelco el estómago.
– Jamie, ¿qué quieres decir? – tartamudea – . Yo… Yo creía…, creía que te ibas a entregar a la policía.
Jamie se levanta despacio, moviéndose como si sus extremidades pesaran más de lo habitual.
Camina hasta la ventana, abre con los dedos las lamas de la persiana para mirar hacia fuera.
Cuando la mira desde la ventana, su rostro es inexpresivo, como si hubiera borrado cualquier tipo de expresión. La mira como si estuviera loca.
– No puedo regresar – dice. Se gira, señalando con la mano hacia el cristal – . No ahora. Es demasiado tarde. Jamás lo entenderían.
– Sí que lo entenderán – responde Alice.
– No, no lo harán.
Se le revuelve el estómago. ¿Es esa la solución, ponerse mala de la barriga? ¿Detendría eso lo que va a pasar? ¿Cuánto tiempo ha pasado aquí, bebiendo este whisky con él? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Cuántas de las pastillas habrá puesto en la botella?
Y entonces piensa en Martha, en lo que le dijo sobre el antihistamínico.
– Jamie – dice, con la voz ahora más firme – , ¿qué le has dado a Martha?
Jamie suspira.
– Te lo dije – murmura.
Alice siente la sacudida de la adrenalina, que la arrastra de nuevo a la consciencia, aunque sus extremidades ya se sienten pesadas. Aprieta las manos en un puño.
– ¿Jamie?
– Le di el antihistamínico.
– Pero ¿cuánto?
Jamie se limita a negar con la cabeza.
– Solo quería que los tres estuviéramos aquí, juntos – dice – . Por última vez. Creí que lo entenderías. Creí que por eso viniste hasta aquí.
Su marido parece roto, pero a Alice ya no le importa.
No le importa nada más que Martha. Cómo puede despertarla, detener esto.
Meter los dedos en la garganta de su hija.
Lo que sea necesario. Pasa corriendo junto a Jamie, pero, al hacerlo, toda su actitud cambia.
La agarra, con una fuerza y una solidez que desconocía, porque él nunca se la había mostrado.
– No puedo dejarte ir – dice, la voz gélida – . Tienes que entenderlo, Alice. No puedes dejarme. No podría soportarlo.
– ¡Jamie, suéltame! ¡Me haces daño!
Pero Jamie la ignora, aprieta sus brazos con más fuerza, tan fuerte que Alice jadea de dolor. Él también respira con dificultad, y Alice no sabe si es por la rabia o por el esfuerzo de sujetarla.
– ¡Déjame ver a Martha, Jamie!
– Ya es demasiado tarde – le susurra al oído.
Alice abre la boca para gritar, pero entonces se oye un ruido en el exterior. Ambos se quedan de piedra.
Un sonido proviene de una de las estancias, como una silla que cae al suelo. Por un instante, Jamie y ella se quedan mirándose. Luego Jamie gira el cuello para mirar hacia el ruido, manteniendo a Alice sujeta.
Se abre una puerta de golpe. Una figura en la oscuridad, el destello plateado del metal en su mano.
– Suéltala, Jamie.
La voz de Stella suena calmada, pero está cargada de una furia contenida. Jamie la mira horrorizado. Sostiene un cuchillo, pero la mano le tiembla tanto que Alice se pregunta si sería capaz de usarlo.
– Se acabó, Jamie – dice – . La policía sabe que mataste a Jade. Dile la verdad a Alice. ¡Dísela!
Jamie la mira, paralizado.
– Suelta el cuchillo – dice en voz baja.
Alice lo mira a él, luego vuelve la vista hacia Stella. Algo le pasa a su visión. La habitación se inclina y se mueve, como si estuviera bajándose de un tiovivo. Se pregunta si se pondrá a vomitar.
– ¡Deja de mentir, Jamie! – suelta Stella, furiosa – . Se ha acabado. La policía tiene todas las pruebas que necesita. Están viniendo a por ti. – Se acerca un paso a ellos – . Así que ha llegado la hora de que me cuentes la verdad sobre mi hermana. ¿Qué le hiciste?
La presencia de Stella ha sacado a Jamie de su letargo. Su voz suena clara y desafiante.
– No hay nada que contar.
– ¡Mentiroso!
Stella levanta el cuchillo más alto, frente a su cara. Tanto Jamie como Alice jadean.
– La dejaste morir – la voz de Stella está cargada de furia – . Está muerta por tu culpa.
Jamie emite un sonido de desprecio.
– Nadie mató a tu hermana – dice con desprecio – . Suelta el cuchillo y hablemos.
Stella lo ignora. Aprieta el cuchillo con más fuerza y lo mantiene a la altura de los ojos.
Le sigue temblando todo el cuerpo. «¿Cuándo va a llegar la policía?
», quiere preguntarle Alice a Stella. Pero entonces lo entiende.
Stella no les ha dicho dónde están, porque quiere ponerle punto y final con sus propias manos.
Alice intenta concentrarse en cómo llegar hasta Martha, pero Jamie sigue sujetándole los brazos con fuerza.
Cada vez que se mueve, él aprieta aún más el agarre.
Alice también tiembla. Siente las piernas muy débiles, aunque no sabe con certeza si es por el frío, por las pastillas o por el cuchillo en la mano de Stella.
El temblor debe de ser evidente, porque ahora Stella la mira.
Parece alarmada y baja un poco el cuchillo.
– ¿Alice? ¿Qué sucede? – Los ojos de Stella escanean el suelo, donde ha caído el frasco de las pastillas – . ¿Qué es eso? – Alza la mirada hacia Jamie, los ojos entrecerrados, y vuelve a levantar el cuchillo – . ¿Qué has hecho, Jamie?
Jamie da un paso hacia Stella.
– ¿Quieres saber la verdad sobre Clara?
Su voz es suave, casi un susurro. Stella pierde el equilibrio un instante.
Jamie se acerca a su rostro, tan cerca que parece a punto de besarla.
Entonces tira a Alice al suelo y agarra la mandíbula de Stella con una mano; con la otra, le sujeta la mano que sostiene el cuchillo.
Alice siente cómo su coxis golpea el suelo y ve a Stella jadear de dolor.
– ¿Quieres saber la verdad sobre tu hermana?
– le gruñe a Stella, apretándola con más fuerza – .
Era una niñata consentida que se creía que todo giraba en torno a ella.
La organización intentaba ayudar a la gente, y ella se pasaba todo el tiempo quejándose de cómo, supuestamente, la había tratado.
Tuvimos algo casual, y ella se volvió completamente loca, incapaz de aceptar que yo había seguido adelante.
Intentó destruir mi carrera y fracasó. Era patética.
– Así que la dejaste – escupe Stella, las palabras amortiguadas por la mano de Jamie, que todavía le aprieta la mandíbula – . La dejaste morir. Porque estaba diciendo la verdad sobre ti…
Jamie aprieta aún más y Stella gime de dolor. Alice jadea. Él las ignora a ambas.
– No hacía falta – susurra – . Porque ni una sola persona creyó en la palabra de esa zorra estúpida por encima de la mía. Ni entonces, ni ahora.
Un ruido en el exterior. Unos neumáticos sobre la grava, unas puertas que se abren y se cierran de golpe, unos pasos. Los tres se quedan paralizados, mirándose.
– ¡Policía!
Jamie gira la cabeza bruscamente hacia el grito en la puerta principal. La cerradura cede, la puerta se abre con una sacudida. El destello de una linterna ilumina el interior desde fuera, el retumbar de los pasos se acerca.
– ¡Mi hija está arriba! – grita Alice. Se agarra a la pared, intentando levantarse desesperadamente – . ¡Le ha dado algo! ¡Tenéis que llevarla al hospital! ¡Por favor!
Jamie gira la cabeza hacia Alice. Sus ojos se clavan en los de ella, la traición escrita en su rostro.
– ¡Hijo de puta! – escupe Stella.
El agarre de las manos de Jamie se afloja sobre la cara y la muñeca de Stella, como si la fuerza se le escapara del cuerpo. Se oyen unos pasos en el pasillo.
– ¡Policía!
Entonces ocurre otra cosa. Alice ve cómo la boca de Stella se acerca al oído de Jamie, pero no llega a oír lo que le dice. Solo ve cómo Jamie deja escapar un sonido extraño, entre un jadeo y una bocanada. Sus ojos se abren de par en par, como si fueran a salírsele de las órbitas.
Se oyen unos pasos, luego varias personas entran en la habitación; tres o cuatro policías a la vez.
– ¡Policía! ¡Atrás! ¡Las manos donde pueda verlas! ¡Ahora!
Alice se incorpora con esfuerzo y levanta las manos. Stella hace lo mismo. El cuchillo cae al suelo y provoca un estrépito. El mismo agente vuelve a gritar:
– ¡Manos en alto! ¡Ahora!
Jamie no levanta las manos. No se gira para mirar a los agentes.
Se toca el pecho, como si buscara algo, y araña la ropa.
Y entonces las extiende frente a él; las palmas están bañadas en sangre.
Y solo entonces Alice ve el rojo oscuro, extendiéndose desde debajo de sus costillas, empapándole la parte superior.
Mira de nuevo el cuchillo en el suelo, con un mango igual al que Ezra sostuvo esa noche.
Por un momento, piensa que debe de ser el mismo cuchillo, pero no puede ser, no puede estar pensando con claridad.
Todo se hace un lío en su mente. Porque de nuevo hay un cuerpo cayendo al suelo, las frías baldosas del suelo tiñéndose de sangre.
Y Alice también cae al suelo, mientras oye un grito que solo más tarde se dará cuenta de que sale de su propia boca.