Alice
Alice
Alice conduce rápido, de forma errática, adelantando coche tras coche, ignorando los numerosos pitidos de protesta.
Finalmente llega a la autopista y luego se desvía hacia la carretera de la costa.
La luz empieza a desvanecerse y cada vez hay menos coches en la carretera.
La nieve cae con más fuerza. Alice nunca había visto nevar sobre el mar.
Le parece extraño, como esas imágenes generadas por ordenador de lugares que no existen.
Cuando llega a Graznido de Gaviota, ya es completamente de noche.
La casa parece distinta en invierno. Las ventanas que dan al mar le resultan lúgubres y amenazantes, de una forma que nunca había percibido.
Delante de la casa hay un cartel: el nombre de una empresa de construcción y un número de teléfono sobre la valla sólida.
Pero ahora no hay ningún trabajador. Tampoco hay luces encendidas en la casa.
Ni rastro de un coche en la entrada. Ni de la policía.
La duda siembra su semilla en Alice, que cada vez tiene más náuseas. ¿Habrá revisado ya la policía la casa y se habrá ido? ¿Ha tomado la decisión equivocada? Coge el móvil a toda prisa e intenta llamar a Barnes. Pero no hay cobertura.
Pisa el freno, cierra de un portazo la puerta del coche y se abre paso a golpes por la puerta improvisada que han hecho en la valla. Corre hasta la puerta principal y golpea la aldaba. Ninguna respuesta.
– ¿Jamie? Soy yo. Estoy sola.
Nadie contesta. Sin aliento, Alice da la vuelta a la casa y se dirige a la puerta trasera.
Está cerradas con llave. Entonces recuerda la puertecita del sótano, en un lateral.
Al acercarse, la puerta se abre de golpe, revelando una habitación en la penumbra, y antes de que Alice se dé cuenta de lo que sucede, alguien tira de ella hacia dentro.
Jamie cierra de un portazo a su espalda.
Huele a sudor. Tiene la respiración agitada.
La casa está helada y huele a humedad. Faltan fragmentos de yeso en las paredes, unos cables cuelgan de las lámparas que han sido arrancadas, hay montones de herramientas de construcción y lonas de polvo tiradas en el suelo.
Apenas logra distinguir el rostro de Jamie en la oscuridad.
– Jamie, ¿qué narices…?
Jamie se lleva un dedo a los labios.
– ¿Dónde está Martha?
– Arriba – murmura – . ¡Alice, espera! Está dormida…
Alice sale corriendo escaleras arriba, subiendo los escalones de dos en dos. Abre de golpe la puerta de uno de los dormitorios, luego otra.
En el dormitorio principal, por fin ve a su hija.
La ventana está cubierta con una sábana pegada con cinta, caída de un lado.
Un rayo de la luz de la luna atraviesa el colchón, tirado en el suelo, e ilumina un montón de mantas gruesas.
Debajo está Martha. Parece la misma de siempre cuando duerme, acurrucada de lado, con las manos cerca de la cara.
Aún lleva puesto el uniforme del colegio, el cuello del polo recogido hacia dentro.
Alice se deja caer junto a su hija y le toca la frente, el espacio bajo la nariz.
Está bien. Está caliente y respira. Un alivio inmenso la invade.
– Le he dado un poco del antihistamínico aquel – murmura Jamie – . El que le dimos en el vuelo a Estados Unidos.
Alice lo mira fijamente.
– ¿Cuánto?
– Está bien. He sido cuidadoso – dice como quien no quiere la cosa. Como si no tuviera importancia. A Alice la recorre un escalofrío de miedo. Está hablando con alguien a quien no reconoce.
Vuelve a tocar a su hija, necesita asegurarse. Martha se mueve un poco ante el frescor del contacto de Alice.
– No voy a dejar que te la lleves, Alice, si es eso lo que estás pensando. Prefiero morir antes que permitir que me la quites.
Alice se gira. Jamie está de pie en medio de la penumbra, y no logra verle bien la cara.
– No me la voy a llevar – dice en voz baja.
Jamie avanza arrastrando los pies hacia la luz.
– Entonces, ¿por qué estás aquí?
– Creí que habías dicho que tenías billetes para el ferry.
Jamie alarga la mano y tira de la suya con suavidad para acercarla a él. La expresión de su rostro le rompe el corazón.
– Me crees, ¿verdad?
Por un momento, permanecen ahí de pie, cara a cara. Alice oye el rumor de las aguas oscuras en el exterior, el viento rozando las dunas.
– Te creo, Jamie – dice Alice, sintiendo cómo las lágrimas caen por sus mejillas – . Te creo. Sé que no has matado a nadie.
Jamie da un paso adelante, estudia su rostro a la luz de la luna como si no pudiera permitirse creérselo del todo. Finalmente exhala, deja caer los hombros, emite un sonido entre un suspiro de alivio y un sollozo, y la abraza.
Jamie guía a Alice escaleras abajo y la lleva hasta el salón. Unos cables cuelgan del techo, donde se instalarán las lámparas, y los radiadores están tumbados de lado, todavía sin conectar. La única fuente de calor y luz es el fuego crepitando en la estufa de leña.
– Martha está bien bajo las mantas – le dice Jamie, leyendo sus pensamientos.
Alice se estremece y se acerca al fuego. Hace tanto frío que no logra pensar con claridad.
– ¿De verdad no podemos ni siquiera poner una tetera a hervir o algo? – murmura Alice – . Me muero de frío, Jamie.
Jamie se sienta a su lado en el suelo, su sombra alargada sobre la pared.
– Lo siento – dice – . Pero toma.
Le pasa una botella de whisky .
Alice da un sorbito. Odia el sabor del whisky , y este en particular es especialmente asqueroso, pero la sensación de calor extendiéndose por su pecho lo compensa. Toma otro sorbo. Luego un trago grande. Y otro más.
Se oye un ruido fuera, como unos pasos sobre la grava. Pero tan pronto como llega, desaparece de nuevo. Jamie se tensa y luego se deja caer hacia atrás.
– Seguramente sea un zorro o algo así – comenta Alice, antes de recordarse a sí misma que ya no está en el este de Londres. ¿Hay zorros por aquí? ¿O quizá sea otra cosa? ¿La policía, tal vez? Seguro que deben de estar de camino. «Vamos, vamos...», piensa.
Alice bebe otro trago de whisky y alza la vista hacia el rostro de su marido, iluminado por el resplandor anaranjado del fuego.
Cuando estás casada con alguien, no lo miras muy a menudo.
No lo observas de verdad. Tienes en la mente una imagen de esa persona que se formó hace mucho tiempo: cuando os conocisteis, cuando os enamorasteis…
Una imagen del momento en que dejaron huella en ti, cuando se convirtieron en parte de lo que eres.
Alice se da cuenta de que hace mucho que no presta atención al rostro de Jamie.
No de la manera en que lo hace ahora. Y que, aunque es el mismo, también es diferente en algunos detalles: las pinceladas de gris en sus sienes (¿cuándo han aparecido?), el engrosamiento de sus cejas, las profundas líneas de expresión en la frente, la mandíbula menos marcada…
Todos esos cambios han sucedido ante sus ojos, y ella no los había visto. No de verdad.
– ¿Cómo has estado todo este tiempo?
Jamie niega con la cabeza.
– Una noche dormí en un banco. Debajo de un puente. Pero hacía demasiado frío. Luego recordé este sitio, y que lo estaban reformando. Lo mantuve vigilado un par de días, pero no vi a nadie por aquí. Creo que han debido de detener las obras.
– ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Jamie la mira.
– Sabía que estarían rastreando nuestro coche, así que cogí el de la tía Sarah. Dejó las llaves en la encimera. También algo de comida. No había nadie en casa. – Se encoge de hombros – . Estaba desesperado.
– Jamie – dice ella, apoyando las manos en sus brazos – . ¿De verdad has comprado los billetes del ferry?
– Sí, en el puerto – murmura – . Podemos salir al amanecer.
– ¿En qué puerto?
Jamie no dice nada. Debe de referirse a Dover.
Si pagó con tarjeta, quizá lo grabaran las cámaras comprando los billetes del ferry.
O en la estación de tren. De cualquier manera, la policía sabrá que tiene que venir aquí.
Los encontrarán. Martha estará bien. Stella ya les habrá dicho que vengan, ¿no?
– La policía tiene mi pasaporte, Jamie – dice Alice – . No podremos…
Jamie parece estremecerse mientras habla. Le quita las manos de encima, hace un gesto como si quisiera deshacerse de sus palabras de un plumazo.
– No importa. No lo necesitaremos.
Alice lo mira fijamente.
– ¿Qué quieres decir? ¿Jamie?
No consigue entender lo que dice. Quiere presionarlo, sacarle las respuestas, pero ya no sabe si sigue escuchándola. Es como si estuviera en algún tipo de trance.
Alice se siente extrañamente fuera de sí.
Nota cómo el whisky navega cálido por su interior, suavizando los bordes de su conciencia.
Desea subir a ver a Martha, estar con ella, pero no puede arriesgarse a perder de vista a Jamie.
Trata de imaginar cuál podría ser su plan.
¿De verdad cree que pueden quedarse aquí hasta el amanecer, hasta que sea hora de salir hacia el ferry?
Y si lo hacen, ¿los detendrán? ¿Se escucharán el estruendo de las sirenas y los gritos de la policía?
¿Sentirán cómo los arrastran hasta una furgoneta?
¿O los dejarán pasar y subirán a un ferry, sintiendo cómo se aleja del muelle y se adentra en el mar? Y si es así, ¿qué ocurrirá después?
– ¿Recuerdas la primera vez que vinimos aquí? ¿A Rye? – le pregunta Jamie – . Cuando Martha era un bebé.
Alice es incapaz de hablar, pues se le forma un nudo en la garganta: aquella mañana, cuando Martha se despertó temprano, había dejado a Jamie durmiendo y la había sacado en el portabebés a pasear por la playa.
El aire del mar olía muy intenso, salado y dulce a la vez.
Para cuando había llegado a la orilla, Martha estaba blanda y floja, roncaba suavemente y sus diminutos pies descansaban sobre las palmas de Alice, cálidos y suaves como ratoncitos.
Alice había desviado la mirada hacia la casa, hacia Graznido de Gaviota, y había visto a su marido en el balcón con su café, sonriéndoles a las dos, iluminado por el amor que sentía hacia su mujer y su hija.
– Quiero volver allí – susurra Jamie entre sollozos – . Solo quiero eso, volver. Más que nada en este mundo.
«Estamos allí», piensa Alice por un instante. Y entonces entiende lo que realmente quiere decir. Quiere borrarlo todo. Volver a como eran antes. Antes del allanamiento. Antes de que todo esto pasara. Siente las lágrimas. Rodea a Jamie con los brazos.
– Eso es todo lo que quería – le dice él – . Solo quería volver.
Alice lo abraza. Cree que ahora lo entiende.
– No hay pasaportes, Jamie – dice con suavidad – . ¿Verdad? Ni billetes de ferry.
Jamie niega con la cabeza, todavía sollozando en silencio.
Alice siente cómo sus pulmones liberan todo el aire que retenía, cómo los músculos de sus hombros se relajan por completo, sintiendo un alivio absoluto.
Todas sus ilusiones han llegado a su fin, por fin: dejar Londres atrás.
Huir a Francia. Escaparse. Por fin se enfrenta a la realidad. Va a entregarse.
Lo abraza con más fuerza.
– Esto es lo correcto – dice al cabo de un rato.
Jamie se seca una lágrima de la mejilla con brusquedad. Alice nunca lo había visto tan roto.
– Lo sé – dice con pesadez – . Sabía que lo entenderías. Lo único que quise siempre fue protegeros de todo esto. A Martha y a ti. Quería mantener a nuestra familia unida. Y ahora esta es la única manera.
Jamie se saca algo del bolsillo. Un frasquito marrón. Alice no lo reconoce al principio. Luego ve la etiqueta y lo entiende. Es el frasco de pastillas que le habían recetado para dormir tras el allanamiento.
Al principio, Alice no lo entiende. ¿Para qué las necesitan? Creía que las había tirado todas. Siempre la habían hecho sentir horrible, aturdida y ansiosa, así que apenas las había tomado. Solo una o dos. Ahora el frasco parece estar casi vacío.
Alice se aparta de Jamie. Piensa en el whisky de sabor horrible que ha estado bebiendo.
– Jamie – dice con la voz temblorosa – , ¿qué has hecho con las pastillas?
Jamie la mira, parpadeando.
– Lo entiendes, ¿verdad, Alice? – dice con la voz apagada – . Entiendes por qué tiene que ser así.