Alice
Alice
Para cuando la policía llega a casa, hace ya bastante tiempo que Jamie se ha ido. Para colmo, obligan a Alice a repasar la conversación unas tres o cuatro veces.
«¿Puede explicar por qué no llamó a la policía de inmediato? ¿Qué dijo exactamente sobre Jade Jones? ¿Dio alguna indicación, por mínima que fuera, de adónde pensaba ir? ¿Cuál era su estado mental? ¿Cree que existe riesgo de que pueda hacerse daño a sí mismo o a otras personas?».
Por supuesto, Martha se despertó, al igual que la tía Sarah, ¿cómo no se iban a despertar?
Portazo tras portazo y, con la llegada de la policía, las sirenas lanzando destellos azules a través de las persianas de la planta baja.
La tía Sarah permanecía de pie en la cocina, envuelta en su largo albornoz, preparando un té y negando con la cabeza una y otra vez.
Martha se aferró a Alice y hundió la cara en su pecho; Alice le acariciaba el pelo y trataba de murmurarle palabras de consuelo.
Aunque le resultaba casi imposible salvar la distancia entre lo que le estaba diciendo a Martha («La policía solo está intentando encontrar a papá, para ayudarle a volver y explicarlo todo») y las palabras que se colaban entre los chisporroteos de las radios policiales, que se referían a Jamie como un «sospechoso» que había «huido del lugar a pie, en dirección oeste».
Al cabo de un rato, Alice dejó de decir nada y se limitó a estrechar a su hija contra su cuerpo.
Alice lleva a Martha al colegio, sosteniéndole la mano con fuerza.
El cielo está completamente azul; el aire es tan frío que lo siente hasta en los huesos, mientras en las respiraciones cortas de Martha se dibujan unas nubecitas de vapor.
Yas se ofreció a llevarla al colegio, pero Alice se negó.
Esta mañana quiere sujetarle la mano hasta el último instante posible.
Martha lleva una barrita energética junto a un par de guantes desparejados en el bolsillo, que es lo único que Alice ha podido apañar.
Su hija se negó a desayunar, a peinarse o a lavarse los dientes, y no tuvo fuerzas para obligarla, así que las dos van con el mismo aspecto salvaje y desaliñado.
Alice se pone una bufanda, un gorro que se cala prácticamente hasta las cejas y un abrigo que le queda grande.
En parte aislamiento, en parte armadura, en parte disfraz.
No funciona del todo. Incluso la amable tutora de Martha le dedica ahora a Alice una mirada un tanto incómoda, y la directora, que cada mañana recibe con una sonrisa a casi todo el mundo en la verja, aparta la mirada cuando pasa.
Hace unos días, Alice buscó el grupo de WhatsApp del colegio para preguntar algo sobre los deberes de Martha, y no dio con él.
¿Los habrán eliminado tanto a Jamie como a ella?
– Adiós, cielo. Que tengas un buen día. Te quiero mucho.
Alice intenta darle un abrazo a Martha cuando se despide, pero esta se zafa de ella, pone una mueca de dolor y entra en el aula pateando el suelo, sin devolverle el saludo a la profesora.
Alice le dedica a la maestra una mirada de disculpa acompañada de un leve gesto con los ojos, pero apenas recibe un asentimiento antes de que la puerta del aula se cierre.
Alice no sabe si de verdad está haciendo lo correcto al llevarla al colegio. Le pone un poco nerviosa la idea de dejarla allí. Pero ¿cuál es la alternativa? Tienen que seguir con su vida de algún modo.
Alice se pasa el día encerrada en casa. Debería hacer algo de provecho – preparar la comida para Martha, lavar las sábanas, limpiar la casa, quizá incluso empezar a buscar un nuevo trabajo – , pero se siente dispersa, incapaz de centrarse en nada.
La tía Sarah ha salido – no recuerda adónde ha ido – y no volverá a tiempo para recoger a Martha del taller de arte, así que al menos tiene eso que hacer.
A la hora de la recogida, la temperatura ha bajado aún más y el cielo amenaza con ponerse a nevar, así que Alice decide ir en coche.
Llega pronto, con la intención de llevarse a Martha a casa lo antes posible, y acaba teniendo que esperar incómodamente junto a las otras madres del taller de arte.
Allí está Stella, bien abrigada con un abrigo de leopardo, botas de tacón y una diadema de ganchillo en el pelo.
Cruza la mirada con Alice e intenta sonreírle.
Alice supone que debería agradecérselo. Ninguno de los otros padres se ha molestado siquiera en establecer contacto visual.
Pero no le devuelve la sonrisa. Al darse la vuelta, está segura de que oye cómo Stella suspira.
Unos copitos de nieve empiezan a caer sobre el patio.
Los padres alzan la vista al cielo: es muy poca cosa, no va a cuajar.
Alice sumerge un poco más la cara en el grueso envoltorio de su bufanda y vuelve a comprobar la hora en el móvil.
Dentro del aula, unas estrellas de papel cuelgan del techo y unas guirnaldas multicolores hechas a mano recorren las paredes, sujetas con grapas, sobre los murales dedicados a los Tudor, a unos animalitos y al Diwali.
Alice siente una oleada de gratitud hacia el colegio por ofrecerle a su hija ese refugio tan valioso de normalidad.
Dentro del aula distingue a Kirsty y Lucy, las encantadoras maestras del taller de arte, recogiendo los botes de pintura y colgando los trabajos en unas cuerdas con pinzas, para que se sequen.
Después de lo que parece una eternidad, Kirsty abre la puerta de golpe. Alice se abre paso hasta el frente, adelantándose a Stella, sin importarle quedar como una maleducada.
Kirsty la mira confusa.
– Hola, Alice – dice – . ¿Martha no está en casa contigo?
Alice empieza a sentir náuseas.
– ¿Qué quieres decir?
– La recogieron más temprano… Recibimos un mensaje parental en la aplicación del taller.
Alice se queda de piedra, pues no ha enviado ningún mensaje.
– ¿Quién? ¿Quién vino a recogerla?
– Yo no estaba aquí… y di por hecho que habías sido tú. Espera.
La maestra llama a su compañera, Lucy.
– Lucy, ¿quién vino a recoger a Martha hace un rato?
Lucy deja la pila de libros que lleva entre los brazos.
– Su padre – dice – . Está en tu lista de personas autorizadas, ¿no? ¿Por qué?
No hay tiempo para preguntas sobre cómo ha podido pasar o a quién culpar.
Sobre cómo los múltiples correos electrónicos, tanto de la policía como de Alice, dirigidos a la directora – con copia a la administración del colegio, al equipo directivo, a los tutores y a todos los asistentes educativos – , de algún modo habían pasado por alto al equipo que se encarga del taller de arte extraescolar.
Dejándolos sin saber que el padre de Martha estaba en búsqueda por asesinato y que, si llegaban a verlo siquiera cerca del recinto escolar, debían avisar de inmediato tanto a la policía como a Alice.
Guían a Alice hasta el interior del recinto, y la llevan a un despacho detrás de recepción en el que nunca había estado.
El colegio y el patio, abarrotados de padres y niños hace apenas unos minutos, están ahora sumidos en el silencio.
El lugar resulta extraño sin el alboroto de los críos.
Sobre el escritorio hay una fotografía enmarcada, en un óvalo redondeado, de una niña con dos coletas.
– Es importante que mantengas la calma, Alice – le dice Jill, la directora – . Siéntate, por favor.
Alice mira fijamente a Jill; a esta mujer que, hasta que ocurrió todo esto, nunca había mostrado el menor interés por Martha. De hecho, ni siquiera parecía saber quién era Martha cuando Alice se puso en contacto con ella por primera vez para hablar de lo que estaba sucediendo.
– Ya he avisado a la policía, están de camino – dice Jill, con un tono de voz que pretende sonar tranquilizador – : Me han dicho que esperemos junto al teléfono y…
– ¿Esperar junto al teléfono? – Alice tiembla de la cabeza a los pies – . ¡Han secuestrado a mi hija!
– Sé que todo esto es muy angustioso.
Jill le habla a Alice como si fuera una niña de primaria. Está claro que esa mujer solo tiene un modo de tratar a la gente.
– ¿Por qué no nos sentamos…?
– ¡No voy a sentarme en ningún sitio! ¿Es que no entiende lo que está pa…?
El móvil de Jill suena de pronto, estridente. Mira a Alice y luego responde.
– ¿Sí? Sí, aquí está. Un momento.
Jill le tiende el teléfono a Alice, que se lo arrebata de la mano.
– ¿Alice? Soy el inspector Barnes.
– Jamie se ha llevado a Martha – balbucea Alice, un sollozo se cuela entre sus palabras.
– ¿Adónde puede habérsela llevado, Alice?
– No lo sé, no lo sé… Anoche mencionó algo sobre Francia, pero no pensé que…
– Vale, Alice… Quédate donde estás. Algunos agentes se pasarán por ahí, tenemos que tomar declaraciones.
– ¡Pero hay que encontrarla!
– Es mejor que te quedes donde estás, Alice. Nuestros agentes harán todo lo posible. Voy a colgar ahora, pero te veré muy pronto. ¿De acuerdo? ¿Alice?
Alice cuelga, furiosa, y le devuelve el teléfono a Jill. Le tiemblan las manos. Jill levanta las cejas.
– Estoy segura de que llegarán enseguida – dice – . ¿Quieres que te prepare una taza de té mientras esperamos?
– Voy a por mi coche.
Esta mujer debe de estar loca si cree que Alice se va a quedar aquí tomando el té cuando su hija ha desaparecido. Alice se da la vuelta y sale del despacho antes de que a la directora le dé tiempo a responder.
Cruza las puertas del colegio, mientras la nieve se arremolina ante sus ojos, pegándose a sus pestañas húmedas y derritiéndose en sus mejillas calientes. Se mete en el coche y cierra la puerta de un portazo. Agarra el volante y deja escapar un aullido de pura angustia y frustración.
«Jamie nunca haría daño a Martha». Está segura de ello…, ¿no? Y, sin embargo, se la ha llevado. Se la ha llevado.
En el asiento a su lado, el móvil vibra. Un mensaje de un número desconocido. Alice lo coge de un manotazo.
M está a salvo. Todo irá bien si vienes aquí. Sin la policía.
Alice coge el móvil y teclea de forma frenética.
¿Dónde estás?
La respuesta es inmediata.
Tienes que prometérmelo. Nada de policía.
A Alice le tiemblan las manos.
Vale. Por favor, solo dime dónde está Martha.
Sin embargo, antes de que llegue la respuesta, recuerda lo que le dijo Jamie anoche.
«Desde donde me estoy quedando podemos escapar».
Y ahora sabe dónde está Jamie.
Llama a Barnes. La línea está ocupada. Vuelve a marcar, con el mismo resultado.
Llama a los servicios de emergencia, pide hablar con la policía.
Les explica lo que está ocurriendo, que su hija ha desaparecido, que sabe dónde está, repite la dirección.
Pero la operadora parece no entender, sigue pidiendo el código postal del colegio, se confunde con si la desaparecida es Martha o su padre, parece pensar que Alice se refiere a algún tipo de asunto de custodia.
– Ah, sí. La policía ya está de camino – dice finalmente la operadora, con un tono de alivio – . Así que le sugiero que se quede donde está y espere a que…
Alice pulsa el botón para colgar. Se quita el abrigo, se asa de calor con la calefacción encendida. Escudriña la carretera frente al colegio buscando cualquier señal de la policía. ¿Por qué no han llegado todavía?
Alguien golpea la ventanilla del lado del conductor. Alice se sobresalta, luego levanta la vista y ve a Stella. Vacila un instante, y finalmente abre la ventana.
– Me he enterado de lo de Martha – dice Stella, jadeando – . Lo siento mucho. ¿Ya viene la policía? ¿Puedo hacer algo?
– Sé dónde se la ha llevado Jamie – balbucea Alice – . Hay un sitio al que solíamos ir en Camber Sands: la casa se llama Graznido de Gaviota. Está justo pegada a la playa. Estoy convencida de que está allí. Estoy intentando llamar a la policía para decírselo…, pero la línea está ocupada…
– Vale – dice Stella – . Cálmate.
– ¿Podrías esperarlos aquí por mí? – le pregunta Alice – . ¿Y decirle a la policía la dirección en la que creo que está? Llegarán de un momento a otro, pero no puedo esperar más, Stella. Tengo que ir. Tengo que ir a buscarla.
Alice siente que empieza a hiperventilar, las palabras le salen de la boca de forma atropellada.
Stella abre los ojos de par en par, con un diminuto copo de nieve atrapado en una de sus pestañas. Por detrás, Alice ve que la directora sigue en la puerta del colegio, hablando con Kirsty, la maestra del taller de arte, y mirando a su alrededor en busca de la policía. ¿Dónde coño está la policía?
– Por favor, Stella. Apúntalo – dice.
Le da la dirección de Graznido de Gaviota y, obedientemente, Stella la escribe en su móvil.
– ¿Podrías decirle a la policía que tienen que ir allí? ¿Por favor?
– Claro, faltaría más. Pero…
– Gracias. Gracias.
Alice pone el motor en marcha, revolucionándolo más de lo que pretendía, con las manos temblorosas.
– ¿Alice? Espera, un segundo – dice Stella – . ¿No quieres que…?
Alice no se queda a escuchar cómo termina la frase.
Lanza el móvil al asiento del copiloto y pisa el acelerador, obligando a Stella a apartarse de la ventanilla, sobresaltada.
Alice da media vuelta y hunde el pedal, acelerando hasta que Stella, el colegio, las demás madres, los niños y los profesores se convierten en simples puntos difusos en medio de una tormenta de nieve en el retrovisor.