El extraño Alice
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Alice

Alice

– Lo siento – le susurra Jamie al oído – . Lo siento, lo siento, lo siento.

Dice que lo siente, pero todavía tiene la mano sobre su boca. Con la otra le rodea la cintura. Alice se retuerce, pero el agarre es firme.

– Todo esto es… una puta mierda, Alice. Lo sé, lo siento – dice.

Mientras habla, siente el calor de su aliento, la humedad en sus mejillas, y huele su pelo sin lavar.

– Lo siento mucho. Si te suelto… ¿me prometes que no vas a gritar?

Alice asiente lo poco que puede, sacude la cabeza contra la suya. Jamie duda un instante, luego la suelta.

Alice se tambalea, llevándose las manos al cuello, no porque le duela en particular, sino porque no puede creer lo que acaba de pasar: que su propio marido la haya sujetado así, como un depredador. Mantiene la promesa de no gritar, pero el latido de su corazón le retumba en los oídos, ensordecedor.

– Lo siento – jadea Jamie – . Te juro que no he matado a Jade. No lo he hecho. – Hace una pausa – . Me acosté con ella. – Aparta los ojos del rostro de Alice, avergonzado – . Sé que… fue un error terrible. Pero no la he matado, Alice. Y lo siento tantísimo, de verdad…

Alice se planta frente a él, el cuerpo rígido, los puños apretados. «Lo sabías – se dice a sí misma – . Ya lo sabías. Sabías que se había acostado con ella». Pero, de algún modo, escucharlo de su boca le corta la respiración.

Alice se agarra a uno de los taburetes de la isla y usa las manos para ayudarse a sentarse en él, para poder pensar. Jamie niega con la cabeza, pasea de un lado a otro como si estuviera perdiendo la razón. Parece poseído, está sin afeitar. Tiene suciedad bajo las uñas.

– ¿Dónde narices has estado, Jamie? – le pregunta Alice cuando por fin consigue pronunciar palabra – . ¿Y qué coño ha pasado?

– Puedo explicártelo todo… Déjame que te lo explique.

Alza ambas manos, luego las junta sobre la de Alice. Ella la retira de inmediato, negando con la cabeza.

– Te lo explicaré – le dice – . Te lo prometo. Pero…, escucha. – Sus ojos vuelven a recorrer la estancia – . Martha, tú y yo. ¿Podemos irnos a algún sitio, los tres juntos? He encontrado un lugar donde podemos quedarnos. Donde estaremos a salvo.

– ¿Qué? ¿De qué hablas?

– Escucha… Estaba allí ese día – dice – . Ella… Fui a verla. Ella me lo pidió. Discutimos… y luego me marché – continúa – . No sé quién la mató, te lo juro, pero no estoy en buena posición. Jamás me creerían. No nos creerían a ninguno de los dos. Pero si nos vamos ahora…

Alice lo mira fijamente.

– Jamie, ¡debes de haber perdido la cabeza si crees que me voy a ir contigo, joder!

El desconsuelo de Jamie se refleja en su rostro. «Dios mío», piensa Alice. Estaba convencido de que se iría con él; de que lo ama lo suficiente. Lo suficiente como para arriesgarse a ir a la cárcel, si hubiera alguna posibilidad de que eso significara que podrían estar juntos.

– Dicen que el bebé es tuyo.

Alice siente cómo se le forma un nudo en la garganta cuando habla.

– Lo siento, Alice. Lo siento…

– Así que es cierto.

– Fue un error…

– ¡Era una adolescente!

– No lo era… Tenía diecisiete cuando… cuando… No hice nada ilegal.

Alice aparta la mirada, disgustada. Inspira con fuerza, se obliga a mirarle a la cara al hombre con quien se casó. «¿Quién eres? ¿Quién eres en realidad?», piensa.

– Dime la verdad, Jamie. ¿La mataste tú?

Jamie abre los ojos como platos. Cuando habla, lo hace despacio de forma deliberada y enfatiza cada palabra.

– Te lo juro por mi vida… Te lo juro por la vida de Martha. No lo hice. Yo no maté a Jade.

Alice creía que sería más que suficiente si esas palabras salieran de su boca. Que entonces sabría si estaba mintiendo o no. Pero, al final, las palabras son solo palabras. Ahora lo entiende. Ya no sabe cuánto valen sus palabras.

– ¿Por qué fuiste a verla?

– ¡Para decirle que se mantuviera alejada de nosotros!

– grita Jamie – . ¡De nuestra casa, de nuestra hija!

Estaba obsesionada contigo, Alice. Y después de lo que pasó con el cuadro…

parecía que iba a ir más lejos que antes.

Pensé que la próxima vez podría ir a por ti directamente.

O a por Martha. – Jamie hace una pausa – . Ya me había atacado una vez.

– ¿Qué?

Jamie suspira.

– Hace meses. Antes del allanamiento…, antes de todo.

Intenté romper lo que teníamos de una vez por todas.

Le dije que la ayudaría con el bebé… – le lanza una mirada agonizante a Alice – , si tan convencida estaba de tenerlo.

Pero le pedí que no se nos volviera a acercar. Que no se volviera a acercar a ti.

– ¿Y?

– Pues no quería ni escucharme. Se enfadó, me atacó, empezó a destrozarme la bici…

Alice parpadea, tratando de recordar.

– ¿Eso cuándo fue?

– Unos meses antes del allanamiento. – Jamie baja la cabeza, avergonzado – . Te dije que me había caído de la bicicleta.

Sus ojos amoratados, los arañazos por toda la cara y los brazos…

– Estaba fuera de control – dice Jamie. Está agitado, el sudor le perla la frente y le humedece las puntas del pelo sin cortar – . Me rompió la bicicleta, el portátil, y luego se abalanzó sobre mí. Yo… no sabía cómo explicártelo.

Alice ahora recuerda cómo le insistió a Jamie para que denunciara el incidente a la policía; para que investigaran al conductor del Uber que había tenido la culpa.

Pero Jamie le dijo que no había apuntado la matrícula; era un desastre con los coches, ni siquiera podría adivinar el modelo.

Le dijo que a veces esas cosas pasan y que deberían olvidarlo.

– Esperaba que… quizá todo hubiera terminado después de eso – continúa Jamie – . Pero, de algún modo, en mi trabajo se enteraron de lo mío con Jade, y me suspendieron. No sabía cómo decírtelo. Pensé que quizá podría solucionarlo…

Alice recuerda que pensaba que era culpa suya que ya no fuera al trabajo en bicicleta. Creyó que era por lo ansiosa que se ponía. Pero no. Ya no iba en bici porque no tenía un trabajo al que acudir.

– Yo… solo intentaba planear cómo lidiar con todo eso.

– Jamie apenas puede mirarla – . Cómo contarte lo de mi trabajo.

Y luego… ocurrió el allanamiento. Y después, Ezra estaba muerto y tú estabas tan…

tan destrozada por lo que había pasado… Y me necesitabas.

Me necesitabais las dos, Martha y tú. Pero yo me pasaba todo el tiempo preocupado por Jade.

Sabía que nos iba a culpar por lo de Ezra, que no iba a dejarlo pasar.

Alice asiente. Y entonces ella fue a ver a Jade y empeoró todavía más las cosas.

– Siempre estuvo obsesionada contigo. Siempre me hacía preguntas sobre cómo eras, sobre nuestra vida juntos.

Así que cuando descubrí que habías ido a verla y ella fingió no saber quién eras…

me puse malo. – Jamie baja la cabeza – .

Sabía que te usaría para acercarse a nuestra familia.

Y tenía razón. Llevándote hasta su casa, vistiendo a su bebé con la ropa de Martha…

¡Qué retorcido todo! Y también vino a casa.

Lo sé porque los sensores de seguridad detectaron a alguien bajando a la puerta del sótano en mitad de la noche.

Luego, cuando empezaste a notar que desaparecían algunas cosas, supe que debía de estar detrás de todo eso.

Empecé a sospechar que había conseguido una llave de alguna manera.

Cambié las cerraduras. Intenté que nuestro hogar fuera un lugar seguro. Pero seguía pasando.

– Por eso querías mudarte – dice Alice sin fuerzas, todas las piezas del puzle por fin empiezan a encajar.

Jamie apoya la cabeza entre sus manos.

– Sé que pensaste que me estaba volviendo loco – dice Jamie, abatido – . Solo se me ocurrió que, si pudiéramos irnos a algún sitio y no decirle nunca dónde… quizá terminaría de una vez por todas.

Se da cuenta de que ambos habían llegado a la misma conclusión, aunque por razones diferentes. Pero Alice había estado tan centrada en los secretos que guardaba sobre Jade que no había visto lo que escondía su marido. Algo mucho peor. Mucho más grande.

– Y luego empezaron a aparecer los dichosos mensajes en internet.

Un pájaro muerto frente a la maldita casa vacacional.

Me estaba volviendo loco, Alice. Sabía que estaba jugando a algo.

Solo quería que desapareciera de nuestras vidas.

Cuando ocurrió lo de tu trabajo, estaba aterrorizado.

Parecía que iba cada vez más lejos. Me preocupaba que pudiera ir a por ti, o a por Martha.

Tenía que verla. Tenía que intentar hacerla entrar en razón.

– Así que te inventaste una conferencia – dice Alice. Jamie mira al suelo – . Y fingiste que te habías olvidado el móvil.

El rostro de Jamie se contrae por la vergüenza.

– Pensé que podrías usar la opción del rastreador del iPhone para seguirme. Y verías que no estaba en Escocia.

Alice suelta un sonido involuntario de incredulidad. Con menudo mentiroso compulsivo se ha casado.

– La verdad es que no entraba en mis planes que fuera más de un par de días – dice – .

Pero luego… fui a verla y… fue una completa pérdida de tiempo.

Lo negó todo, incluso cuando la pillé en sus mentiras.

Esa foto nuestra en Rye, la que dijiste que te había quitado, la tenía ella…

¡La encontré en su puto bolso! Se la quité y se volvió loca.

La voz de Jamie se llena de rabia.

– Aun así, lo negó todo: todo el acoso, y hasta lo de la pintura, aunque era evidente que había sido obra suya.

Al final, ya no podía soportar estar en la misma habitación que ella, ni escuchar más mentiras.

Pero no le hice daño, te lo juro. Me fui y no volví.

Y lo siguiente que supe fue que estaba en las noticias: te habían detenido a ti, ella había desaparecido, y la policía me buscaba a mí.

Y entré en pánico. Simplemente… simplemente salí corriendo.

– ¿Adónde? ¿Dónde has estado, Jamie?

Jamie hace una pausa.

– En un lugar seguro.

– ¿Y qué me dices de Becca? – le suelta – . Encontré las fotos en tu ordenador.

El rostro de Jamie se ilumina un instante. Alice se da cuenta de que eso no lo había visto venir.

– ¿Qué quieres decir? – pregunta con cuidado.

Desde la oscuridad exterior, se oye el ruido de las sirenas. Ambos se sobresaltan y giran el cuello hacia las ventanas. El ruido pasa: se dirigen a otro lugar, a otra escena del crimen. Pero ha puesto nervioso a Jamie, que vuelve a agarrarle la mano.

– Ven conmigo, Alice. Por favor. Desde donde me estoy quedando podemos escapar… Tengo billetes para los tres. Una vez que lleguemos a Francia, podremos…

– ¿Estás mal de la cabeza? Estoy en libertad bajo fianza… La policía me ha quitado el pasaporte, Jamie. No me voy a ir a Francia contigo, joder. ¡Y Martha tampoco!

– Tengo un pasaporte que puedes utilizar. Es solo Francia. Apenas lo mirarán.

– ¿Qué? Tienes que estar de coña. – Pero sabe que no es así.

– Alice, te lo suplico. ¿No te das cuenta?

La policía quiere culparnos a uno de los dos por el asesinato de Jade…

O puede que incluso a los dos. Fuimos los últimos en verla con vida.

Nuestro ADN está en el piso. Te pillaron allí con un cuchillo.

Esto terminará con ambos perdiendo a Martha. A no ser que nos la llevemos. Ahora.

Alice empieza a temblar de la cabeza a los pies.

– Solo te han dejado en libertad porque esperan que los atraigas hasta mí – dice Jamie – . En cuanto lo hagas, nos detendrán a los dos.

Alice siente como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. ¿Es eso cierto? ¿Qué le había dicho Jessica al respecto? «Estoy sorprendida. Pensé que tenían más que suficiente para encarcelarte».

– Martha se quedará sin nadie – dice Jamie. Él también tiembla – . Como te pasó a ti. ¿Es eso lo que quieres para ella? – Alice lo mira fijamente – . Pero hay otra manera…

– No. – Alice niega con la cabeza – . Eso no es… No podemos. Tenemos que ir a la policía, Jamie. Tienes que entregarte. Contar la verdad.

– ¡No les interesa la verdad, Alice! – Jamie ahora solloza, y las lágrimas le corren por las mejillas mientras la sujeta por los hombros. – ¡No me creerán! ¡Jamás me creerían!

– ¿Y Clara Layward? – pregunta Alice.

Jamie parpadea, confuso.

– ¿Qué?

– ¿Por qué no me dijiste que tuviste una relación con ella?

Alice espera que lo niegue todo, pero la boca de Jamie se cierra de golpe y mueve los ojos de un lado a otro. Entonces se da cuenta, horrorizada, de que su marido está decidiendo si puede mentirle otra vez o no. Este es el verdadero Jamie. Así es él.

– ¿Mataste a Clara, Jamie?

Jamie abre los ojos de par en par.

– ¿Qué? ¡Por supuesto que no! Nadie sabe qué le pasó a Clara Layward. Se lo conté todo a la policía… Joder, Alice. ¿Por qué me preguntas por Clara ahora? La familia solo quiere a alguien a quien culpar… ¡Todo eso es pura basura!

Alice mira a su marido y piensa en las fotos de él con Clara, su mano en su cintura, ella sentada en su regazo.

Piensa en la foto de la campaña publicitaria con Jade y en cómo reaccionó cuando se la enseñó, después de encontrarla en la bolsa de viaje de Becca.

Piensa en Isobel, en la horrible mentira que inventó sobre sus abortos.

En las falsas llamadas por Zoom que fingió tener en su despacho los días posteriores al allanamiento.

En el accidente de bicicleta que nunca sucedió.

En la conferencia que jamás existió. En los putos macarons de coco.

Y entonces se da cuenta de que no tiene ni idea de si Jamie es culpable o inocente.

De lo único de lo que está segura es que es un mentiroso.

Alice saca el móvil sin decir una palabra más, los ojos anegados en lágrimas. Marca el número de emergencias y se lo acerca a la oreja.

– ¡No, Alice! ¡Por favor!

– Tienes que hablar con la policía, Jamie – dice, con la voz quebrada.

El teléfono da señal.

– ¡Alice, no lo hagas!

Jamie retrocede hacia la puerta del sótano. Está sollozando, la cara empapada en sudor.

– No puedo vivir sin Martha y sin ti, Alice. Por favor. Sabes que no puedo. No puedo perder a Martha…

Ahora Alice también llora, pero no corta la llamada.

Jamie entierra la cabeza entre las manos, se agacha de modo que la cabeza queda entre sus rodillas y deja escapar un sonido de dolor puro, casi animal, a medio camino entre un rugido y un aullido.

Luego agarra la mochila destrozada que había dejado sobre la mesa de la cocina y, justo cuando le cogen la llamada, sale disparado de casa, dando un portazo a la puerta del sótano tras él.