Alice #3
– ¿Sabes qué, Alice? Creo que, con el tiempo, echarás la vista atrás y te darás cuenta de que fui la mejor amiga que has tenido jamás.
Alice guarda silencio de nuevo. Stella se está engañando a sí misma.
Se da cuenta entonces de que esta es la verdadera Stella: una persona que rebosa de ira y resentimiento, y que se ha deshecho de su encanto como si fuera un disfraz.
Y quizá tenga razón sobre Jamie, pero Alice está decidida a centrarse en lo que ha hecho. No permitirá que se salga con la suya.
– ¿Qué pasó cuando Linda y Jade se negaron a hacer la entrevista, Stella? – pregunta Alice.
La expresión de Stella se desvanece, pero enseguida se recompone. Se encoge de hombros.
– Nada. Busqué otra manera de hacerlo sin su colaboración.
– Pero ellas te dijeron que no querían que la historia saliera a la luz – dice Alice – . Por lo vulnerable y volátil que era Ezra. Por la probabilidad de que fuera a buscar a Jamie, de que se pusiera violento.
– Alice, no se me ocurre ninguna historia en la que haya trabajado que valiera la pena y que no tuviera a alguien que preferiría que no lo hiciera – suspira Stella – .
Las historias como esta siempre son incómodas para alguien.
La verdad es incómoda. A menudo duele. – Hace una pausa – . Pero la verdad es importante, Alice.
– ¿Ah, sí? – Alice se ríe con amargura – . Pues quizá podrías empezar por contar la verdad, Stella.
Stella la fulmina con la mirada, pero no dice nada.
– Te diré lo que sé que es verdad. Jade y Linda estaban desesperadas porque Ezra no se enterara de lo que pasó entre Jamie y Jade, por miedo a las represalias.
Y, sin embargo, de algún modo, se enteró.
Y no solo eso, sino que también descubrió dónde vivíamos.
Y apareció en nuestra casa. Justo el día en que tú estabas allí.
Literalmente estabas en nuestra casa. Menuda coincidencia, ¿no?
El rostro de Stella se tensa por un momento. Luego se recompone, inclina la cabeza hacia un lado y esboza una sonrisa, intrigada.
– Te estás viniendo muy arriba, Alice – dice.
– No es verdad. – Alice está convencida ahora – .
Lo veo muy claro. No te importa la verdad ni un poco.
Llevas mintiéndome desde el día en que nos conocimos.
Fingiste ser mi amiga para poder hurgar en la vida de mi marido.
Y cuando Jade se negó a participar en tu maldita entrevista, decidiste usar a Ezra en su lugar.
A un chico enfermo, vulnerable. Lo utilizaste para castigar a Jamie.
Un músculo se contrae en el rostro de Stella.
– Atrajiste a Ezra hasta mi casa aquel día. A propósito. Creo que querías que perdiera el control. Ya habías intentado castigar a Jamie por lo que creías que había hecho, y fracasaste. Así que estabas furiosa. Creo que querías ver a Jamie muerto, pero que fuera otro quien se manchara las manos.
– Qué ridiculez – dice Stella con frialdad.
Pero Alice ya no la escucha.
– ¿Y Becca? ¿De qué hablabais todas esas veces que os visteis en el Farm to Fork? ¿Intentabas que te ayudara con tu plan? ¿Convencerla para que formara parte de él de alguna manera?
Stella suelta una risotada, asombrada.
– ¿Qué plan? Estás muy equivocada. Sí, quedé con Becca para tomar unos cafés con la esperanza de que me contara lo que sabía sobre Jamie.
Estaba segura de que la niñera tendría algo que decir sobre su comportamiento depredador hacia las mujeres.
¿Y adivina qué, Alice? Tenía toda la razón. Tenía muchísimo que contar.
Alice siente náuseas. Piensa en las fotos de Becca que había en el ordenador. «Ay, Jamie – piensa – . ¿Cómo has podido?».
– ¿Te das cuenta de que no está bien que los hombres actúen así, verdad, Alice? Que se aprovechen de personas cuando están en una posición de confianza. ¿Te das cuenta de que se merece perder su trabajo, de que se merece perderlo todo?
Alice aprieta los puños bajo la mesa.
– Tú no decides lo que se merece la gente, Stella.
Stella inclina la cabeza hacia un lado, pensativa.
– No estoy de acuerdo – dice – . Creo que deberíamos decidir qué se merece.
Alice la mira fijamente.
– ¿Qué?
– Digo que creo que deberíamos decidirlo – dice Stella despacio – . Ahora. Tú y yo.
Alice no está segura de cómo ha llegado a casa.
Cree que se montó en un autobús en algún momento, y quizá se pasó de parada y tuvo que caminar bastante para regresar.
Cuando llega a casa ya es de noche, y le resulta poco acogedora, no sabe por qué.
Las luces de la planta baja están apagadas.
Debe de ser más tarde de lo que pensaba.
Solo se le ocurre mirar el teléfono al entrar y encontrar la casa silenciosa. Lee un mensaje de la tía Sarah en el que la avisa de que se han acostado temprano. Que quedan restos de la cena en el microondas para ella. También le dice que espera que esté bien.
Alice baja a la cocina y enciende todas las luces.
Cuando nota que hay alguien detrás de ella, saliendo de las sombras de la cocina, intenta gritar. Pero no puede, porque una mano se cierne sobre su rostro, unos dedos calientes y fuertes se introducen en su boca jadeante.