Stella #2
Si Linda recordaba quién la había empujado, parecía que prefería no decirlo. Y además se quedó en el hospital bastante tiempo, cosa que resultó muy útil. Pero Jade iba a ser más difícil de manejar. Al final, fue Alice quien le dio a Stella la solución perfecta.
Stella coge un taxi hasta el aeropuerto de Nairobi, cruza la frontera y se monta en el vuelo de regreso a casa.
Viajar sola es un placer extraño, pero exquisito.
Su bolso está libre de todos los objetos con los que suele cargar para Frankie.
Le resulta emocionante llevar tan poca cosa: aparte de sus documentos de viaje, el móvil y la cartera, solo lleva el Kindle, un antifaz para dormir y un tubito de crema hidratante.
Sin embargo, cuando rebusca en el bolsillo para sacar su pasaporte, cierra los dedos sobre algo más. Algo frío y metálico.
Saca uno, luego el otro, y sonríe al recordarlo. Los pendientes de oro que, en algún momento, pertenecieron a Alice. Se había olvidado de ellos por completo.
A Stella siempre le había caído bien Alice.
Simplemente, fue mala suerte para ella haberle servido en bandeja de plata la situación perfecta cuando le confesó que, consumida por la culpa por lo de Ezra, había ido a ver a Jade y Linda, y que terminó entrando en pánico y mintiendo sobre su identidad.
Luego, de alguna manera, se involucró en la vida de Jade – ¡le regaló ropa para la bebé, por el amor de Dios!
– solo para descubrir que, efectivamente, Jade sabía quién era.
Al parecer, Alice la había pillado robándole una foto del bolso (una de Jamie, Martha y ella).
Fue entonces cuando se obsesionó con la idea de que Jade había descubierto que ella era la persona que había matado a su hermano.
Que incluso podría estar preparándose para algún tipo de venganza.
De ese modo, no fue nada difícil empujar a Alice a creer que Jade la acosaba.
La verdad, Stella no tuvo que hacer mucho.
Un par de mensajes tontos en internet, cosa que le llevó unos segundos.
Utilizó el ordenador de casa de Alice, que siempre estaba encendido en el despacho, y así nada podría vincularlos con ella.
Stella también se encargó, cada vez que pasaba por casa de Alice, de robarle algún objeto que el típico acosador podría llevarse, solo para emparanoiarla aún más.
Fue tan fácil… Un picardías de seda que cogió del radiador del baño.
Una libretita que encontró en un cajón de la cocina y que se guardó en el bolsillo del abrigo.
Unas gafas de sol que aparecieron en su bolso, mientras Becca preparaba un café.
La tarjeta de acceso de su trabajo. Y estos pendientes de oro que vio en un joyerito en el pasillo de Alice y que se había metido por la manga del jersey.
Los pendientes son especialmente bonitos.
Los había colocado con cuidado en el tocador de Jade, gracias a las llaves de casa de Linda.
Sospechaba, con razón, que alguien tan vanidosa como Jade no podría resistirse a ponérselos.
Y luego, por si ver a la chica con los pendientes de su madre fallecida no era suficiente para que Alice captara el mensaje, Stella había falsificado unos «antecedentes penales» espeluznantes para Jade: los había escrito a máquina y los había impreso en el trabajo.
Quizá la treta de la gaviota muerta había sido pasarse de la raya, pero Stella estaba de un humor de perros esa semana, pues Hugo se había llevado a Frankie a una villa en la Toscana con su nueva y asquerosa novia.
Stella había decidido que los cabrones infieles como Jamie y él se merecían que les arruinaran las vacaciones.
Rye no estaba lejos en el tren. Y cuando vio al pájaro tirado en las dunas – las perlas negras e invisibles de sus ojos, la carne desgarrada y ensangrentada en el cuello – le pareció una idea tan buena como cualquier otra.
Incluso había una pala de plástico rosa de un niño en la playa cercana, abandonada entre un remolino de algas.
En cuanto al cuadro…, bueno, Stella solo había querido asustar un poco a Alice.
En realidad, no había planeado lo de la parte del café ni se había dado cuenta de que la pintura era un Vermeer.
Sin embargo, tampoco es que eso importara.
A Stella nunca le había interesado demasiado esa domesticidad tan aburrida y holandesa.
Cuando Jade estaba en el hospital para dar a luz, Stella se coló en su piso usando las llaves de Linda y escondió las cosas que le había robado a Alice en el escondite del baño, dejando el panel ligeramente entreabierto, por supuesto, para que Alice no pudiera resistirse a la tentación.
Incluso metió algunas plumas del pájaro ensangrentadas, solo para dar un toque dramático.
Con una caja de los horrores como esa, Alice estaría convencida de que tenía una acosadora desquiciada tras ella.
Su siguiente tarea era encontrar el teléfono de prepago. Lo había buscado por todas partes, pero no había ni rastro de él. Jade tenía que habérselo llevado en la bolsa del hospital. Alucinante.
A Stella le habría gustado mucho más que Jade hubiera entregado el teléfono sin complicaciones.
Pero al final, se le agotó la paciencia.
Aun así, incluso en ese último día en que Stella fue al piso de Jade, esperaba hacer que entrara en razón y le entregara el móvil.
Sin el teléfono de prepago, cualquier acusación que Jade hiciera a la policía sobre ella planeando el allanamiento sería desestimada.
Necesitaba que apareciera por todos los medios.
Jade estaba de mala leche cuando le abrió la puerta. Estaba medio dormida, bostezó… Una vecina se había quedado con la bebé para que pudiera descansar un rato. Stella se metió en el piso antes de que a Jade le diera tiempo a protestar.
Stella pensó que era una lástima que Jade no se dejara convencer.
Era inteligente, sí, pero no lo suficientemente espabilada.
No se daba cuenta de que la había dejado sin más opciones.
En los momentos justo antes, mientras se ponía los guantes de vinilo, Stella pensó en Alice el día del allanamiento.
En cómo un instinto animal había tomado el control de su cuerpo; parecía una leona protegiendo a su cría.
Cómo levantó ese taburete de metal sobre su cabeza, y luego lo dejó caer con fuerza sobre el cráneo de Ezra, como un autómata.
Ese día, Stella entendió que no se trataba de fuerza, sino de tu disposición para sumergirte en tu instinto más primario, más animal. Eso, y el factor sorpresa, claro.
Creyó que bastaría con agarrarla del pelo y estrellarle la cabeza contra la pared.
Era tan pequeñita, tan delgada, incluso más que Stella, que nunca comía más de una vez al día y hacía pesas y cardio cada mañana antes de que Frankie se despertara.
Pero ni siquiera eso funcionó. Solo había causado un desastre. Así que Stella tuvo que improvisar.
Ir a por el cuello fue mucho más fácil, pero estaban cara a cara, lo cual era una lástima, porque significaba ver cómo los ojos de Jade se ponían en blanco tras sus espesas pestañas, como los de una muñeca.
Cómo los vasos sanguíneos rojos se reventaban uno a uno, cómo la sangre de la herida de su cabeza se derramaba por todo el suelo.