Alice
Alice
Alice está plantada en el paseo frente al piso de Stella. La lluvia gotea por el borde de los balcones de cristal y hace que la superficie del canal burbujee. El sendero junto al agua está tranquilo.
Llama al timbre una vez, luego otra.
Cuando Stella abre la puerta, Alice tiene tanto frío que siente las manos entumecidas. Debe de llevar un agujero en una de las botas, pues se le ha mojado un pie. El portátil de Ezra pesa en su bolso.
Alice percibe la cálida seducción de su piso, el ligero olor a comida con cebolla y ajo frito.
Stella lleva el pelo recogido en un moño desordenado y el rostro sin una gota de maquillaje.
Viste un jersey, unas mallas de deporte y unas grandes zapatillas de andar por casa estilo UGG, que acentúan la delgadez de sus piernas.
– Hola, Alice. Entra.
Stella la invita a pasar, como si estuviera esperando su llegada. Alice duda, sin demasiadas ganas de entrar. Pero supone que les costará hablarlo bajo la lluvia, así que finalmente sigue a Stella. Recorren el pasillo y llegan a una amplia cocina abierta, cuyas ventanas dan al canal.
– Frankie está con la persona a la que llama padre, así que podemos hablar tranquilamente – dice Stella – . Venga, no te quedes ahí, siéntate. Voy a preparar un té.
Stella hace un gesto hacia un banco junto a la mesa del comedor.
Detrás, una pared cubierta de láminas de arte y fotografías coloridas.
Al otro lado de la habitación hay un par de sofás, con cojines y mantas de colores que invitan a acomodarse.
Sus estanterías llenas de libros están pintadas de un tono morado.
Es el tipo de piso que Alice habría elegido en otra vida.
Nunca se le había ocurrido preguntarse por qué nunca la había invitado a venir aquí.
Por qué Stella siempre había preferido ir a su casa.
– Estaba poniéndome al día con los periódicos del fin de semana, buscando ideas – dice Stella, recogiendo un montón de periódicos de la mesa del comedor. Luego enciende la tetera y se vuelve hacia Alice – : Siéntate.
Pero Alice se queda de pie.
– Sé lo que has hecho – dice.
Stella se gira, los periódicos todavía en las manos, ahora un ligero temblor recorre sus dedos.
– Y sé por qué lo hiciste. Lo sé todo sobre el pasado. Sobre Clara.
El rostro de Stella cambia. Coloca los periódicos con lentitud sobre la encimera. Durante unos segundos, ninguna de las dos dice nada. Stella desvía la mirada hacia la ventana, la lluvia deslizándose por el cristal, y suspira.
– Te voy a enseñar una cosa – dice, y desaparece en el dormitorio.
A Alice no le apetece sentarse, pero al final el cansancio se impone, y se desploma en el banco. Cuando Stella regresa, lleva una carpeta en las manos. La coloca frente a ella.
– Después de que mi hermana desapareciera – dice Stella, la voz un poco quebrada – , mi familia contrató a un detective privado para intentar averiguar qué le había pasado. – Hace un gesto con la cabeza hacia la carpeta – . Puedes comprobarlo tú misma.
La primera página contiene varias fotografías de Clara, algunas junto a Stella.
Las dos se parecen una barbaridad. Hay un registro de su viaje a África, un informe de la ONG sobre su labor de voluntariado, correspondencia por correo electrónico acerca de la formación que recibió.
Instantáneas de Clara haciendo su trabajo.
Después, otra serie de fotografías, encabezada por «Imágenes recuperadas de la cámara digital de CL».
Casi todas las fotos son de Jamie, o de Clara y Jamie juntos.
En una de ellas, Clara le rodea los hombros con los brazos.
En otra, están en un bar al aire libre, con techo de paja y las paredes decoradas con máscaras de madera.
Clara está sentada en el regazo de Jamie, con el rostro enterrado en su cuello.
Y otra más, de Clara en una habitación de hotel escasamente amueblada, vestida solo con una toalla raída.
En la foto parece lo bastante joven como para que a Alice le resulte incómodo mirarla.
La persona que hizo la instantánea se refleja en el cristal detrás de Clara, un destello de la cámara en una esquina.
No es la imagen más nítida, pero Alice no tiene ninguna duda: Jamie fue quien hizo la foto.
– Jamie fue el primer hombre por el que mi hermana se pilló de verdad – dice – . Solo se había acostado con otra persona antes que él. Creía que estaba enamorada.
La ira que desprende la voz de Stella es casi palpable.
– Ni siquiera se molestó en cortar la relación – continúa Stella – .
Llegó una nueva voluntaria y empezó a acostarse con ella, punto.
Cuando Clara se encaró con él, Jamie le dijo que lo que tuvieron nunca fue una relación, que había sido algo casual.
Que esa otra chica y él tenían una «conexión real».
Alice mira fijamente las imágenes. Clara parece muy joven. ¿Podría haber malinterpretado las cosas? La mayoría de las jóvenes lo hacen, ¿no? Pero entonces deja de pensar así. Recuerda a Jamie y Jade con incomodidad. Claro que Jamie se comporta así. Solo que no lo había visto hasta ahora.
– Clara se sentía humillada – prosigue Stella – .
Jamie era su jefe. Estaba presente en todos los actos sociales, en todas las reuniones importantes.
Tenía que relacionarse con él, fingir que nunca había pasado nada.
Una vez, cuando se enfadó, él le dijo que estaba haciendo el ridículo y que era una vergüenza para la organización.
A partir de entonces, los demás voluntarios hombres empezaron a referirse a ella como «la psicópata».
Stella da unos golpecitos en la carpeta.
– Todo eso está en los correos que me enviaba.
Y todavía hay más cosas. – Stella pasa otra página de la carpeta frente a Alice – .
Mira, aquí me cuenta cómo Jamie dirigía la organización.
El entorno era muy tóxico. Los voluntarios hombres no veían ningún problema en recurrir a prostitutas locales, mujeres realmente vulnerables.
Jamie no hacía nada al respecto. También me contó que pasaban cosas extrañas en el orfanato donde la habían destinado.
Metían allí a hombres que ella sabía que usaban trabajadoras sexuales locales…
Trabajadoras sexuales poco mayores que algunos de los niños.
No había ninguna medida de protección. Y luego estaba la cuestión del dinero.
– ¿El dinero?
– Clara no entendía por qué los niños del orfanato comían arroz con frijoles todos los días y no tenían zapatos decentes ni mosquiteras, cuando entraba un montón de dinero en la organización benéfica que, supuestamente, les ayudaba.
Revisó las cuentas. No cuadraban. Mientras tanto, Jamie y sus amigotes paseaban en Range Rovers y salían todas las noches.
Decían que estaban haciendo pozos para bombas de agua en los pueblos alrededor de Arusha.
Pero Clara decía que los locales cobraban por hacer los agujeros para los pozos, y luego los lugares se abandonaban porque el equipo de las bombas nunca llegaba.
Alice hojea la carpeta, repasando los correos de Clara a Stella. Están bien escritos, las denuncias son detalladas y concretas. Algunas incluyen imágenes adjuntas. El nombre de Jamie aparece cada dos por tres.
Las fotografías están en la página siguiente.
Una, con el pie de foto «Orfanato Bahati», muestra un edificio de una sola planta en ruinas, niños sin ropa ni calzado adecuado, las mosquiteras de las ventanas llenas de agujeros, sin mantas sobre las camas metálicas desnudas.
Otra foto, con el pie «Pozo Ngaramtoni», enseña un pozo profundo de ladrillo en tierra roja y polvorienta.
En la primera imagen parece recién construido, con Clara de pie junto a él, orgullosa, sujetando algún tipo de tubería.
Luego, otra foto, sacada unos meses después, muestra el pozo abandonado, rodeado de cordones improvisados y carteles de advertencia en inglés y swahili que prohíben acercarse.
– En ese entonces, yo ya estaba formándome como periodista, así que empecé a ayudarla a investigar – dice Stella – .
Cuando llegamos hasta donde pudimos, Clara decidió enfrentarse a Jamie con lo que habíamos descubierto.
Exigió celebrar una reunión con la organización benéfica y con los jefes de Jamie.
– ¿Y lo consiguió?
– Sí. Una semana antes de que desapareciera.
Me contó que Jamie lo había negado todo.
Admitió que hubo algunos retrasos por parte del equipo de las bombas, pero dijo que todo lo demás era una mezcla de invención y de desconocimiento sobre «cómo funcionan las cosas en un país en vías de desarrollo».
Aseguró que estaba dejando que sus sentimientos por su relación personal se interpusieran en la verdad. Clara volvió a sentirse humillada.
Stella se reclina en la silla.
– La noche en que desapareció era Nochevieja.
Estaban todos de excursión en el Parque Nacional de Arusha, Jamie incluido.
Todos los que estaban allí dijeron que Clara estaba borracha y muy alterada, y que quería volver a la ciudad, así que Jamie se ofreció a llevarla.
Los otros voluntarios dijeron que él no había bebido, que rara vez bebía y que nunca se descontrolaba. A diferencia de ella.
Stella clava la mirada en Alice.
– Jamie le dijo a la policía que llevó a Clara desde el campamento de vuelta a Arusha.
Dijo que discutieron y que ella le pidió que la dejara salir del coche.
Así que lo hizo. La dejó en la carretera, a las afueras de Arusha, que por ese lado es básicamente un barrio de chabolas, en medio de la noche.
Tenía dieciocho años. Sola, vulnerable. Había estado bebiendo. Y él la dejó allí.
Alice guarda silencio. Jamie nunca le había contado esa historia.