Linda
Linda
La enfermedad de Ezra fue brutal. Avanzó rapidísimo.
Su personalidad empezó a cambiar. Nunca supe hasta qué punto era la propia enfermedad y cuánto tuvo que ver lo que significó el diagnóstico psicológicamente.
Pero, Dios mío, estaba furioso. Saltaba a la mínima.
Y para entonces Ezra ya tenía un físico grande. Si quería, podía llegar a hacerte daño.
Empezó a decir cosas extrañas. Decía que lo seguían; aseguraba que los oía incluso cuando estábamos solos en el piso. No me dejaba encender la televisión porque decía que la gente que salía en ella intentaba controlar su mente y la mía.
Era mi buen chico. Mi niño bueno, el mejor. Pero había empezado a temerle cuando estaba en casa. Había empezado a sentir miedo de él.
También sabía que me estaba poniendo enferma.
Lo había averiguado incluso antes de que los médicos me lo dijeran.
Los médicos son muy reacios a internet, pero la verdad es que hoy en día lo encuentras todo ahí.
Escribes tus síntomas y obtienes la respuesta.
Cáncer en estadio cuatro. Se había extendido a mi hígado, mi sangre, mis huesos.
Iba a acabar conmigo, más pronto que tarde.
Me dijeron que necesitaba esto y aquello. Radioterapia, para reducir los tumores y darme un poco más de tiempo. No quería toda esa radiación. No, gracias.
Estaba deseando llegar a casa, sentarme en mi sillón y tomarme un gin-tonic bien cargado. Pero cuando llegué, Jade estaba allí, con una mujer que parecía muy elegante. Ambas levantaron la vista hacia mí.
– Hola – dijo la mujer, en un tono animado, como si fuera una presentadora de televisión – . Debes de ser Linda. Encantada de conocerte.
Extendió la mano para que la estrechara, pero la ignoré, así que la retiró.
– Ya te lo he dicho mil veces, no quiero hacer ningún puto artículo – gritó Jade.
– ¿Qué artículo?
Jade no respondió. La mujer intercalaba la mirada entre Jade y yo, luego se levantó y dijo que nos dejaba a solas para que habláramos. A un lado, junto al mueble bar, dejó una tarjetita blanca con su nombre en relieve: S TELLA G LASS .
Jade es lista, sí, pero también un poco ingenua y estúpida, como lo son todos los jóvenes. Como lo son todas las chicas jóvenes con respecto a los hombres.
Él estaba casado, por supuesto. Se habían conocido en la sesión de fotos y luego, más tarde, quedó en algún hotel del este de Londres con ese bastardo repugnante.
Cuando ella le dijo que estaba embarazada, ese hombre – ese tal Jamie – quiso que Jade abortara.
Parecía que quería algo más que eso; quería que Jade desapareciera.
Le pidió que firmara un acuerdo de confidencialidad.
¡Y ella todavía creía que todo podría salir bien!
Le dije lo que pensaba. No quería que tuviera que cargar con la responsabilidad de tener un bebé siendo tan joven…, pero Jade no me escuchaba. Dijo que quería tenerlo, y punto.
Después de eso me serví un gin-tonic doble. Bueno, más bien triple.
Jade estaba segura de que Jamie habría recapacitado de no ser por la periodista que apareció y lo complicó todo.
Jade me contó que la periodista se había enterado de lo de Jamie y ella, pero que lo había malinterpretado.
Que no paraba de hablar de grooming , de abuso.
Según ella, era una tontería como una catedral.
– No, no es ninguna tontería – le dije a Jade – . ¡Es exactamente eso!
Pero ¿acaso me iba a escuchar?
La periodista, la tal Stella Glass, quería hacerle una entrevista a Jade haciéndose la víctima. Incluso llegó a ofrecerle dinero. Miles de libras.
Jade no era tonta. No estaba interesada en hacer la entrevista, pero sí quería saber qué sabía la periodista sobre Jamie que ella no supiera.
La dichosa periodista había dejado entrever algún otro escándalo.
Algo que Jamie había hecho en el pasado, así que tenía a Jade comiendo de la palma de su mano.
Quería saberlo todo sobre la mujer de Jamie, también sobre su hija.
Estaba obsesionada con su casoplón, ubicado en la zona buena de Hackney, rodeada de cafeterías y demás comodidades.
Estaba obsesionada con esa vida de ensueño.
Cuando le quedó bien clarito que Jamie no quería saber nada de ella, empezó a hablar de otra manera. No dejaba de decir que iba a hacer que pagara. Su familia y él. Le dije que lo dejara estar, pero sabía que no serviría de nada. Jade siempre hace lo que quiere.
Al final, Stella se dio cuenta de que Jade le estaba tomando el pelo. Así que decidió echar las cartas sobre la mesa y empezó a decir que escribiría el artículo de todas formas, que no necesitaba a Jade, que había encontrado a otra persona que podía «respaldar la historia», o eso afirmaba ella.
Jade y yo coincidimos en una cosa: había que impedir que el artículo saliera a la luz. Por Ezra. Sabíamos lo que pasaría si se enteraba de todo el asunto.
Decidí quedar con la periodista y explicarle todo. Los problemas que tenía nuestro Ezra; lo violento que se había vuelto. Que enterarse de lo que ese hombre le había hecho a su hermana podría llevarle a hacer algo muy malo.
Me pareció una persona razonable. Un poco insistente, pero no por ello mala persona. Creí que lo entendería. Creí que se echaría atrás.
Resulta que yo también soy bastante ingenua.