El extraño Alice
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Alice

Alice

Linda parece sacada de una foto en blanco y negro.

Su piel se ve fina y traslúcida, morada por los moretones donde las vías intravenosas conectan la parte superior de sus manos con los goteros junto a su cama.

Cuando Alice entra en la habitación, Linda hace una mueca de dolor al girar la cabeza.

En cuanto la ve, sabe que no le queda mucho tiempo.

– No sé si te acuerdas de mí – dice Alice – . Soy Alice.

Linda la mira fijamente, luego cierra los ojos.

– Sé quién eres – dice.

Alice se sienta con cuidado en la silla colocada al lado de su cama.

– Linda, tengo que explicarte una cosa – dice Alice con cariño – . Me temo que… que al principio no te dije la verdad. Yo…

– Siempre he sabido quién eres.

Los ojos de Linda permanecen cerrados.

Alice traga saliva.

– ¿Podrías acercarme el agua?

Aún sin encontrar las palabras adecuadas, Alice se levanta y le tiende a Linda un vaso de plástico transparente con una pajita de papel, que coge de la mesa ajustable junto a la cama del hospital.

Linda se lleva la pajita a la boca y bebe.

Alice echa un vistazo a su alrededor: las máquinas, la historia clínica, los monitores que la rodean.

– ¿Te duele? – le pregunta Alice cuando se siente más tranquila.

– De vez en cuando. Va y viene. – Linda le lanza una mirada asesina a una enfermera que pasa por allí – . Aunque no me vendría mal tomarme una bebida en condiciones.

A pesar de todo, Alice sonríe al recordar lo mucho que carga Linda los gin-tonics .

– Debería haberte colado un buen gin-tonic .

– Habría estado bien.

Ambas están a punto de echarse a reír.

– Lo digo de verdad – confiesa Alice – . Debería habértelo traído. Bueno, te traje flores… porque me acordé de tus plantas. Pero me las han confiscado. Por un tema de control de infecciones, por lo visto. Lo siento.

Las flores están ahora en el departamento de enfermería, ubicado al final del pasillo, a cargo de una enfermera que no deja de enviar mensajes y de comerse las galletas de chocolate de una caja que también tiene toda la pinta de ser un regalo confiscado.

– Lo siento muchísimo, Linda. Por haberte mentido. Por Ezra. Por todo lo que pasó.

Linda no dice nada durante un rato. Cuando por fin habla, su voz está cargada de dolor.

– ¿Sabes qué? Ezra era un buen chico – dice – . Siento si eso hace que la situación sea más dura para ti, pero es que lo era. Era mi niño bueno.

Alice ve cómo una lágrima empieza a formarse, quedándose atrapada en el profundo surco bajo el ojo de Linda. Se muerde el labio y asiente. El niño del periódico, con su uniforme de fútbol. A ella también se le llenan los ojos de lágrimas.

– No te pido que me perdones – dice Alice, su propia voz se debilita – . Eso es pedir demasiado. Lo sé.

Linda suspira. La lágrima cae por su mejilla grisácea.

– Creí que jamás sería capaz de perdonarte – suelta Linda – , pero ya no me siento así. La verdad es que no. A fin de cuentas, se coló en tu casa. Tu hija estaba allí. Eres madre. Las madres protegen a sus hijos. – Traga saliva – . Si lo que quieres es mi perdón, no te preocupes, porque te perdono.

Ahora, Alice llora en silencio, mientras rebusca un pañuelo en la mochila, pero es incapaz, pues no ve bien con las lágrimas.

Se da cuenta de que ni siquiera es capaz de darle las gracias a Linda.

Su perdón se siente como el regalo más valioso que cualquier otra cosa.

La neblina de culpa que envuelve la vida de Alice parece que empieza a disiparse por primera vez.

– Jade ya tuvo a la bebé. – La voz de Linda suena ronca – . Por lo menos eso salió bien, antes de…

A Alice se le retuerce el estómago.

– La llamó Taylor – añade Linda – . Es una bebé preciosa. No sé qué pasará con ella ahora.

Alice mira fijamente el suelo, intenta mantener el control. ¿Cómo consigue Linda gestionar tanto dolor? Sus dos hijos… Es terrible, inimaginable.

– ¿Crees que… – pregunta Linda, su voz suena lejana – … tu marido mató a mi hija?

Alice alza la mirada, obligada a secarse la cara con el puño del jersey. Cuando habla, siente la boca pastosa.

– No… No lo sé, Linda.

Es la primera vez que admite la posibilidad en voz alta. O incluso en su cabeza. Pero Alice sabe que Linda se merece la verdad; es lo mínimo.

– Me cuesta mucho imaginármelo haciendo algo así – añade débilmente – . Pero, para serte sincera, ya no lo sé. Creía que sabía quién era.

Linda desvía la mirada.

– Puede llegar a pasar con algunas personas.

Linda se remueve en la cama y luego se gira para clavar la mirada en Alice. A Alice le duele mirarla a la cara: los moretones bajo los ojos, las mejillas hundidas. Pero aun así se obliga a hacerlo. Linda le sostiene una mirada fija y directa.

– Cualquiera puede matar a una persona – dice Linda – . Creemos que nos cambiaría, que nos convertiría en otro ser. Pero, a veces, no se siente así. Se siente como algo completamente normal. No se siente nada.

Alice echa un vistazo al tubo en el brazo de Linda, a la hoja sobre la cama, a la lista de unos fármacos cuyos nombres ignoraba. No está segura de a qué se refiere Linda. Puede que esté un poco confundida.

– Linda, si no te resulta demasiado doloroso – le pide Alice – , ¿podrías contarme qué pasó antes del allanamiento? Con mi marido. Y con Jade.

Linda permanece en silencio.

– Evidentemente, yo no sabía nada. Y tampoco sé cuánto sabías tú al respecto.

La máquina al lado de Linda emite un pitido. Los ojos de Alice se desvían hacia ella.

– ¿Quieres que llame a alguien?

– Estoy bien. No sé qué significa ese sonido.

Linda parece exhausta, muy débil. Alice debería parar. Debería irse. Pero necesita descubrir todo lo que sabe; todo lo que ocurrió antes del allanamiento. Necesita descubrir quién es su marido en realidad. Lo que ha hecho.

– Escucha, la maldita enfermera vendrá en un minuto – le dice Linda – . Quiero que tengas una cosa. Está en la mesilla.

Alice desvía la mirada hacia la mesa. En un compartimento bajo el lugar donde está la jarra de agua, capta algo envuelto en una bolsa de tela.

– ¿Esto?

Linda asiente. Alice lo coge con sumo cuidado. Lo que hay dentro es rectangular y pesa. Echa un vistazo dentro: es el portátil de Ezra.

– Lo he escrito todo – le explica Linda – . Bueno, todo lo que sé, claro. Al principio, no sabía para quién lo escribía. En algún momento pensé… que quizá se lo acabaría danto a la periodista.

Alice levanta la vista.

– ¿Te refieres a Stella? ¿A Stella Glass?

– Stella Glass. – Linda asiente – . Sí. Al principio creíamos que estaba de nuestro lado. Eso fue antes de que Jade me lo contara. Lo que había hecho.

La cara de Linda se tiñe de ira. La máquina vuelve a pitar.

– ¿Qué quieres decir? ¿Qué hizo?

El pitido se vuelve más agudo. Una alarma.

La enfermera entra corriendo, la bata azul decorada con migas de galleta. Mira un monitor, frunce el ceño, hace algunos ajustes y luego mira a Alice.

– Hola. Perdona, es tu madre, ¿no? Tiene que descansar, ¿vale? Ya ha terminado la hora de visitas.

Alice murmura una disculpa y se pone de pie. Se pregunta si la enfermera se dará cuenta de que ha cogido la bolsa de Linda, pero está demasiado ocupada abriendo un vial de algo y conectándolo a una aguja. Linda aprieta los ojos con fuerza, parece que le duele algo.

– Se… ¿Se pondrá bien?

– Espera fuera, por favor.

La enfermera ni se molesta en levantar la mirada. Entra una segunda enfermera, luego una tercera. Alice da unos pasos hacia atrás. De repente, corren una cortina morada y fina.

Mientras Alice sigue los carteles a lo largo del luminoso pasillo del hospital, entrecierra los ojos por el exceso de luz, un dolor punzante empieza a agredirle la cabeza. Se da cuenta de que respira muy rápido. El portátil le pesa sobre el hombro.

Alice encuentra un bar no muy lejos del hospital. Le envía un mensaje a la tía Sarah para comprobar si puede encargarse de recoger a Martha. Se pide una copa de vino y busca un rincón con un enchufe. Saca el portátil, encuentra el archivo ya abierto y empieza a leer.