Becca
Becca
Nueve semanas antes del allanamiento
Becca abre la puerta en silencio y la cierra con cuidado tras ella. Jamie está sentado a su escritorio, teclea algo en el ordenador.
– Becca, entra. Ven, siéntate.
Becca se sienta con cuidado en el sofá del despacho, como si apoyarse poquito sobre él le pudiera garantizar que la situación no se alargaría.
No solo le aterraba la conversación en sí, sino que esa noche estaba desesperada por marcharse de allí.
Carly y ella tenían una segunda visita programada a un piso ubicado en las cercanías de Holloway Road.
Por primera vez, habían encontrado algo que a Becca le gustaba de verdad.
Necesitaba algunas reformas, probablemente tuviese un montón de problemas de humedad.
El segundo dormitorio era diminuto. Pero tenía un jardín (¡un jardín!) y suelo de madera auténtico en el salón (bueno, en el salón-cocina) que Becca estaba segura de que podría lijar.
Una caminata corta y fácil hasta el metro para ir al trabajo.
Pero lo más importante es que sentía que podría convertirse en el hogar de Carly y ella.
Iban a verlo una última vez esa noche, pero Becca ya había tomado una decisión aquella misma mañana: quería ese piso. Iba a hacer una oferta. Quizá incluso ofrecer el precio para su compra. ¿O más? ¿La gente ofrecía más hoy en día?
De repente, Jamie gira la silla de oficina, se da la vuelta y la mira directamente a los ojos. Se inclina un poco hacia delante, con las mangas de la camisa remangadas. Tiene la cara enrojecida, como si tuviera las pilas cargadísimas y estuviera listo para entrar en acción.
Becca espera que no tenga pensado alargar esto, o entrar en detalles demasiado específicos. Seguro que es consciente de que no puede ocultarle a Alice lo que vio. Seguro que se dará cuenta de que lo único que tiene que hacer es decírselo él mismo, y así Becca podrá mantenerse al margen.
– Bueno – dice – . No se me ocurre una forma fácil de decirte esto, Becca… Pero me gustaría hablar contigo sobre algunas cosas que me preocupan sobre tu desempeño.
Becca abre la boca para responder, pero la cierra de inmediato al darse cuenta de lo que acaba de decir.
– ¿Sobre mi desempeño? ¿Te refieres… a mi desempeño en el trabajo?
– Sí, eso es.
A su favor, Becca debe reconocer que Jamie tiene la amabilidad de mostrarse visiblemente incómodo, culpable…, aunque solo por un segundo. Luego se endereza y empieza a coger unos papeles de su escritorio en una especie de pantomima de tenerlo todo bajo control.
– Para que quede claro, esto no es una conversación disciplinaria, pero sí es una conversación oficial, ¿vale?
Jamie le entrega varias hojas de papel. Su contrato, junto a un anexo con la lista de sus responsabilidades profesionales. Becca llevaba sin ver este documento desde que la contrataron, cuando Martha era un bebé.
– Veo que estás mirando el anexo uno: deberes y responsabilidades. Empecemos por ahí. – Jamie habla demasiado rápido – . Léelos en voz alta, por favor, si no te importa.
Becca siente cómo se encoge bajo su atenta mirada.
Siente calor y frío a la vez, y una sensación extraña recorre su cuerpo; algo que luego entenderá que es el shock .
Sin saber qué otra cosa hacer, busca el inicio del documento y se pone a leer en voz alta, la garganta seca y la voz monótona.
Llega a un apartado que se titula «Tareas del cuarto del infante».
Se detiene y mira a Jamie. ¿De verdad esto es relevante a estas alturas?
– Sigue – le ordena Jamie sin levantar la vista de su copia.
– Mantener limpio y ordenado el cuarto del infante, incluida la cama y el baño – lee Becca – .
Lavado y planchado de la ropa y de las sábanas de la cama del infante.
Asegurarse de que la ropa del infante esté siempre en perfecto estado.
Hacer las compras necesarias para el infante.
Encargarse de las comidas del infante. Mantener la cocina limpia y ordenada, al igual que el comedor y cualquier otra estancia…
– Puedes parar ahí – le dice Jamie. Coloca su copia del contrato sobre las piernas – . Becca, ¿cuándo fue la última vez que planchaste algo? ¿O que ordenaste la habitación de Martha? ¿Con qué frecuencia dirías que ordenas y limpias la cocina, y cargas el lavavajillas al final del día?
Becca se sonroja. Si es totalmente sincera, sabe que eso no es algo que se le dé bien. Sabe que son cosas que molestan a Alice, y han sido motivo de cierta tensión entre ellas.
– A ver, siempre lo intento… – dice – . Pero a veces estoy muy ocupada con Martha, y…
– Casi nunca lo haces, Becca – la corta Jamie.
Becca respira hondo.
– Vale, de acuerdo. Prometo que me esforzaré más. Cargaré el lavavajillas.
Becca está que echa humo. Quiere gritarle. ¡Me hablas del lavavajillas cuando le estás poniendo los cuernos a tu mujer! Pero es Jamie quien tiene la sartén por el mango, no ella. Eso es lo que le quiere transmitir. Tiene que cargar el lavavajillas, le guste o no. Y tiene que andarse con ojo.
Becca carraspea.
– Vale, Jamie – dice – . Lo he entendido. ¿Eso es todo?
La actitud de Jamie cambia, como si Becca hubiera llegado demasiado lejos con esta leve actitud de desafío.
– No. – La voz de Jamie ahora es fría – . Volvamos al contrato principal. Empecemos por la cláusula 4.3.
Becca hojea las páginas con torpeza. Una se le cae al suelo y se agacha para recogerla. Jamie le pide que lea cláusula tras cláusula, señalando cada punto de su trabajo. Nunca antes le había hablado así. Como si fuera una niña pequeña.
– ¿Y tu uso del móvil?
Becca parpadea.
– ¿Mi uso del móvil?
– Sí. Me temo que hay algo respecto al tema que tengo que hablar contigo. Lamentablemente, es muy serio.
Jamie coloca el contrato con cuidado sobre su escritorio, usando las puntas de los dedos para alinear los bordes del montón de papeles. Becca sujeta su copia de cualquier forma, se arruga entre sus manos sudorosas.
Jamie se gira hacia su ordenador. Becca está segura de que le tiembla la mano que tiene sobre el ratón.
– Has usado el cable de carga conectado a mi ordenador del trabajo para cargar tu móvil durante el horario laboral, ¿verdad?
– Es que… se me rompió el cargador – tartamudea – . No… No pensé que pudiera molestarte.
– Ah, vale. Entonces, supongo que eso explicaría esto.
– ¿Explicar el qué?
Jamie clica en una carpeta y la pantalla se llena de fotos de Becca, con la boca abierta, los pechos al descubierto.
Fotos de ella enredada entre las sábanas.
Una selfie sacada frente al espejo del baño, y, por alguna razón, esa es la que más la estremece: los productos de baño baratos que ni siquiera se había molestado en recortar, su cepillo de dientes despeluchado, el resplandor blanco del flash reflejado en el vidrio sucio.
– Son fotos privadas – balbucea Becca.
Siente la garganta cerrada. Trata de pensar si esto pudo haber pasado por accidente. Pero no puede ser. Jamie lo ha hecho a sabiendas. Ha revisado su teléfono. Qué tonta ha sido al dejar el móvil aquí. ¿Cómo ha podido ser tan imbécil?
Porque se sentía segura con él. Porque no sabía lo que era.
– Becca – dice Jamie – , este tipo de contenido…, si Martha llegara a verlo… Creo que no hace falta que diga lo impactante que le resultaría.
A Becca le arde la cara por la humillación, por la vergüenza. Lo que más desea ahora es alejarse de aquí. Alejarse de él.
– Le he dado muchas vueltas. Y creo que esta es la mejor solución para ambos.
Jamie se inclina por debajo del ordenador.
Saca un documento de la bandejita de plástico de la impresora y se lo tiende a Becca, todavía tibio.
El título del documento es Acuerdo de Indemnización.
Incluye un pago a Becca de varios miles de libras.
Y luego establece otras cosas. Unas cosas que debe hacer y otras que no debe hacer.
Indemnización. Así que Becca va a perder su trabajo. Nunca volverá a ver a Martha. También se quedará sin el piso. Necesita estar contratada en un puesto en el que lleve dos años o más. De lo contrario, no le concederán la hipoteca. Sin hipoteca, no hay piso.
Becca mira el reloj. Carly estará a punto de llegar a la visita del piso, preguntándose dónde está, intentando convencer al agente para que espere un poco.
Becca ve cómo todas las cosas que pensaba tener al alcance de la mano, ahora se vuelven imposibles.
Tendrá que decirle a Carly que, al final, no habrá piso. Eso le romperá el corazón.
– Échale un vistazo rápido, si quieres.
Becca lee el documento. Alza la vista hacia Jamie.
– ¿Cómo voy a mantenerlo en secreto de Alice? No puedo irme sin más… No sin decirle por qué.
Jamie se encoge de hombros.
– Solo dile que has conseguido otro trabajo. – Hace una pausa – . No quiero que vea estas fotos. Y estoy seguro de que tú también prefieres que no las vea.
A Becca le arde la cara. Imaginarse a Alice viéndola así es impensable.
– Siempre le ha preocupado que dimitas – dice Jamie – . No le pillará por sorpresa.
A Becca se le encoge el corazón. La ira surge y la hace sentirse audaz por un instante, pues ya no tiene nada que perder. Él se ha encargado de quitárselo todo.
– Todo esto es culpa tuya – estalla – . Y por culpa de esa chica.
Jamie la mira, el rostro tan inexpresivo como una hoja en blanco.
– ¿Cuántos años tiene, Jamie? Ella… ¡parecía una niña! Alice acabará por enterarse, lo sabes, ¿no? Ella va a…
Pero Becca pierde fuerza, y Jamie se inclina hacia ella, con los codos apoyados en las rodillas, el rostro tan cerca que siente el calor de su aliento en la cara.
Si se lo hubieran preguntado antes, Becca habría dicho que los ojos de Jamie eran azules.
Pero no lo son. Ahora ve que, de hecho, son de dos colores distintos: uno verde y el otro azul grisáceo salpicado de amarillo.
Qué extraño, las cosas que no ves de una persona.
– Si fuera tú, lo leería con detenimiento – dice – . Es muy importante que entiendas las implicaciones que conlleva.
– ¿Y qué pasa si no lo firmo?
Jamie se encoge de hombros, pone una mueca. Señala la pantalla del ordenador. A Becca le cuesta horrores mirar su cuerpo en la pantalla deslumbrante. Se hace pequeñita. Ella misma se ha hecho diminuta.
– Por ahora, cerraré esto – dice como si nada.
Clica un par de veces, rápidamente: unos movimientos demasiado rápidos y hábiles, para que Becca no vea adónde han ido a parar las instantáneas.
– No me gustaría que cayeran en manos equivocadas – dice con una sonrisa falsa – . Mi mujer. Tus padres. Hombres terribles por internet. Hay algunas páginas web espantosas por ahí, plagaditas de este tipo de… material casero.
Le late el corazón tan rápido que no puede ser bueno. Siente que podría darle un infarto de un momento a otro.
– Los dos somos adultos – dice él, despacio – . Ambos tenemos derecho a nuestra privacidad, Becca. ¿No te parece?
Becca no puede permanecer ahí sentada ni un segundo más. Coge el móvil de un tirón. Es tarde. Demasiado tarde. Tiene tres llamadas perdidas de Carly, un montón de mensajes llenos de signos de interrogación.
¡El agente quiere irse! ¿Dónde estás?
Becca sale disparada de la habitación. Jamie ni siquiera se molesta en girarse.
– Te doy hasta mañana a última hora – le grita.
Becca sale por la puerta principal. Inhala profundamente, se apoya contra los muros bajos a ambos lados de los escalones que llevan a la puerta principal de Jamie y Alice.
Luego echa a andar por la calle y da la vuelta a la esquina, hasta quedar junto a las rejas del pub .
Guarda el documento en el bolsillo del abrigo.
Pide un Uber. Mientras espera, marca el número de Stella.
– Está bien – dice en cuanto Stella descuelga – . Lo haré.
– ¿De verdad?
– Sí. De forma anónima, como me dijiste. Pero sí, estoy lista. Haré lo que quieres.