El extraño Alice
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Alice

Alice

Alice se ha pasado más de doce horas en comisaría, durante toda la noche.

No dejaban de hacerle las mismas preguntas que la otra vez.

Querían saber dónde está Jamie. Ella sigue diciéndoles que no lo sabe.

¿Acaso no se dan cuenta de que también quiere saberlo?

Cuando preguntó por el cadáver, simplemente la ignoraron.

Alice no sabe qué ocurrirá a partir de ahora. Está asustada.

Se muere de ganas de irse a casa, pero Jessica insiste en tener una «reunión de evaluación» en la cadena de cafeterías que hay al otro lado de la calle.

El ambiente se siente cargado porque la calefacción está a todo trapo, y el aire está impregnado del empalagoso aroma de las bebidas con canela.

Sobre el mostrador, hay unas decoraciones navideñas un tanto adelantadas: son unas lucecitas con forma de estrellas que a Martha le chiflarían.

Alice debería poner algunas luces en casa, hacer un esfuerzo por su hija.

Pero ¿cómo hacerlo si ni siquiera sabe si estará en casa por Navidad?

O si lo estará Jamie. O dónde está Jamie ahora mismo. O si al menos sigue vivo.

Jessica se sienta, deja un café y un pastelito delante de Alice.

– No creo que tengan ninguna prueba de que la hayas asesinado – dice Jessica, radiante.

– Porque no lo he hecho – replica Alice.

– Ya, ya. Por eso.

Jessica teclea algo en su móvil, distraída. Alice intenta inspirar profundamente.

– ¿Definitivamente creen que han… a Jade…?

– ¿Qué? ¿Asesinado? – Jessica habla lo suficientemente alto como para que los clientes de la mesa de al lado la miren – . Claro que la han asesinado, Alice. Han encontrado su cuerpo en una bolsa al fondo del Regent’s Canal.

Alice abre la boca, pero enseguida la vuelve a cerrar. Piensa en Jade, en la última vez que la vio, tan solo hace un par de meses, con la pequeña Taylor apoyada sobre su hombro, tan pequeñita e indefensa.

– Ya tienen el informe de la autopsia. Parece que alguien le estampó la cabeza contra la pared y luego la estranguló. Pesaba poco más de cincuenta kilos, así que tampoco hizo falta mucho. Después la metieron en una especie de bolsa de lavandería y la tiraron al canal.

Alice levanta la vista.

– ¿Una bolsa de lavandería?

– Sí, una de esas grandes, de cuadros. Están intentando localizar de dónde salió.

Alice la mira horrorizada.

– Era del desván de mi casa – suelta de golpe.

– ¿Qué?

– La bolsa. La usé para llevarle la ropa para la bebé.

Jessica hunde el rostro entre las manos.

– Vale – dice – . Genial.

Se endereza, saca su cuaderno y anota algo.

– Lo siento – susurra Alice.

– Cómete el pan con pasas – murmura Jessica, empujando el plato hacia Alice.

Luego abre de un tirón un sobre de azúcar y se lo echa en el capuchino. Hace un momento Alice se moría de hambre. Ahora duda mucho que pueda dar un solo bocado sin vomitar.

– ¿Por qué la policía no le dijo a todo el mundo que Ezra tenía la enfermedad de Huntington? – pregunta Alice – . ¿Por qué no me lo dijeron a mí? ¿Por qué no me lo dijiste tú?

Jessica lo medita un instante.

– No recordaba que no hubiéramos hablado al respecto.

Pero no era relevante para tu caso. Su comportamiento te llevó a suponer que era violento e impredecible, y a actuar de manera razonable al impedirle entrar en la habitación donde estaba tu hija.

No importaba si ese comportamiento se debía a las drogas y al alcohol, como pensamos al principio, a una enfermedad o a cualquier otro motivo.

Alice se muerde el labio. Qué directa e impasible se muestra Jessica con todo esto.

– La prensa tampoco se hizo eco de su enfermedad – dice Alice – . Y eso que parece que siempre acaban enterándose de todo.

– De cosas así no – dice Jessica – . La información médica confidencial de alguien no se haría pública en circunstancias normales.

Seguramente pensaron en Jade, que era joven y podía verse afectada por la misma enfermedad.

Al revelar el historial clínico de Ezra, podrían haber comprometido el de ella.

Alice lo entiende. Vuelve a pensar en la pobre Jade. En todo lo que había pasado. Y luego en su cuerpo magullado, arrojado al canal helado. ¿Quién podría haber hecho algo así?

– ¿Y Ryan? – pregunta Alice – . ¿La policía no lo está investigando?

Ryan salió en la televisión el día antes de que encontraran el cadáver, vestido con un chándal, sentado a una mesita entre dos agentes de policía, lanzando un llamamiento entre lágrimas a las cámaras.

«Si alguien tiene alguna información, por favor, se lo ruego», había dicho antes de romper a llorar, hundiendo la cara en el pliegue del codo.

Parecía sincero, pero seguro que la policía tiene sus sospechas.

– A Ryan lo descartaron desde el principio, creo – dice Jessica astutamente – . Gracias a su coartada indiscutible: estaba bajo custodia policial la noche de los hechos.

– Ah.

– Sí. Ebriedad y alteración del orden público, me parece.

Alice se da cuenta de que Jessica la mira con una expresión que parece de compasión. La observa como si esperara que dijera algo.

– ¿Qué?

Jessica suspira.

– Alice – dice – . Sabes que Jamie es la persona a la que están buscando, ¿verdad?

Alice frunce el ceño y niega con la cabeza.

– No…, no. Ryan es el padre del bebé. Jade me lo dijo.

Ahora que lo piensa, Alice no está segura al cien por cien de que eso sea cierto, aunque era algo implícito, ¿no?

Jessica suspira y ladea la cabeza.

– Alice – dice – , Jamie es el padre del bebé de Jade. Está confirmado por una prueba de ADN.

Cuando lo piense más tarde, Alice se preguntará por qué le resultó tan impactante.

Recuerda a Jade pidiéndole que cogiera a Taylor en brazos, y preguntándole si le recordaba a Martha.

Y sí, se la recordaba. No había sido solo cosa de la ropa.

Jade había intentado enseñarle la verdad y Alice no la había visto, ni siquiera cuando la tenía delante de los ojos.

– Ahora tienes que empezar a mirar por ti, Alice – dice Jessica con tacto.

– Pero ¿cómo?

– Ayudando a la policía a encontrar a Jamie.

Alice la mira fijamente.

– ¡Que no sé dónde está! Y, Jessica, sé que Jamie no ha sido. No importa todo lo demás, sé que nunca le habría hecho eso a Jade. No sería capaz.

– Me temo que todo apunta a que sí lo ha hecho – dice Jessica con brusquedad – . Lo que significa que, si sabes algo de él, Alice, cualquier cosa, tienes que decírselo a la policía de inmediato. ¿Lo entiendes?

– Sí, lo entiendo – responde Alice, la voz débil.

Se quedan en silencio un momento.

– ¿Qué va a pasar con Taylor?

– ¿Con la bebé? – Jessica se seca la boca con una servilleta de papel – .

Todavía no está nada claro. La madre de Jade queda descartada.

Por lo visto, tiene cáncer en estadio cuatro, y la han vuelto a ingresar en el hospital.

Por lo que me han dicho, tiene los días contados.

Así que lo más probable es que la envíen a una casa de acogida temporal. Y después, en adopción.

Alice piensa en Taylor dormida en los brazos de Jade, ajena a la oscuridad que le espera en la vida, a la falla que podría ocultarse en sus genes. Alice se pregunta cómo será la acogida temporal para un bebé.

Jessica ve la expresión en el rostro de Alice y suaviza su tono de voz.

– La bebé estará bien, no te preocupes – dice – . No recordará nada de esto. Los adoptantes hacen cola por los bebés tan pequeños. Estará bien.

Por un instante fugaz, Alice se permite fantasear con llevarse a Taylor a casa cuando todo esto termine. Después de todo, es hija de Jamie. No de Alice, pero puede que eso no le importe. Se la imagina en casa, envuelta en la manta rosa con pompones. Por fin una hermanita para Martha.

– Alice, céntrate en lo importante, por favor – dice Jessica, ahora con firmeza.

Alice gira la cabeza con brusquedad para mirarla.

– Si tienes noticias de Jamie, llamas a la policía y luego a mí. ¿Lo has entendido?

– Sí – responde Alice, más firme esta vez – . Lo prometo.

Cuando Jessica se va, Alice le envía un mensaje a la tía Sarah para avisarla de que ya ha salido. Mira la hora: faltan horas para recoger a Martha. Vuelve a pensar en lo que dijo Jessica.

«La madre de Jade queda descartada. Por lo visto, tiene cáncer en estadio cuatro, y la han vuelto a ingresar en el hospital. Por lo que me han dicho, tiene los días contados».

Alice recoge sus cosas. Sabe adónde necesita ir.