Linda
Linda
De cara al final, miraba a John y me preguntaba si de verdad seguía siendo él.
El hombre guapo con el que me había casado.
Viéndolo tambalearse, con la lengua hinchada, colgando, la cabeza moviéndose de un lado a otro sin parar.
La piel de un tono marrón violáceo, salpicada de manchas alrededor de los ojos.
Hasta que un día me di cuenta de que no, ya no era él. El John que yo conocía había desaparecido. Todas las partes buenas de él se habían desvanecido, como los colores en la ropa tras varios lavados.
Ezra se mantenía alejado de él. Odiaba sus cambios de humor, sus gritos.
Jade decía que no era culpa suya, que seguía siendo su padre, solo que estaba enfermo.
Con ella se comportaba mejor, a veces incluso lograba interrumpirlo, devolverlo a sí mismo.
Pero con Ezra y conmigo… era como si fuésemos enemigos.
Una mañana, John le gritó a Ezra. Lo acusó de hacer ruido, cuando no lo estaba haciendo, y de robarle dinero, cosa que ni siquiera tenía sentido.
Se había vuelto paranoico. Gruñó a nuestro hijo como un perro, con un hilo de saliva colgando de la boca.
Ezra terminó llorando a mares mientras preparaba la mochila del colegio, su padre convertido en un desconocido para él.
Le sequé las lágrimas a Ezra, luego me sequé las mías. Le pedí que fuera un niño valiente. Pero mientras lo veía salir al frío, cubriéndose la cara con la manga para que sus amigos en la parada del autobús no vieran que había llorado, algo se endureció en mi corazón.
John se tomaba las pastillas con la comida.
Discutía sobre tomarlas y ya le costaba tragarlas, así que aprendí a mezclarlas con la comida.
Había averiguado qué platos eran los mejores para disfrazar el sabor: guisos con carne, pasteles de carne, cosas así.
A John todavía le gustaba la comida. La única vez que se comportaba era cuando lo alimentaba.
Papilla, carne con salsa y puré de patata deslizándose por su barbilla.
Tenía que ponerle un babero como a un bebé, limpiarlo después, mientras se me revolvía el estómago por el asco.
Mientras lo hacía, la verdad es que no me pareció algo tan grave.
Mezclé sus pastillas como de costumbre y me sorprendí añadiendo más y más.
Pastillas para dormir, de las fuertes, de esas que ya no recetan.
Los relajantes musculares que ayudaban con la corea, los movimientos bruscos que tienen las personas con Huntington.
Seguí adelante, añadiendo y mezclando. Y luego se lo di de comer, cucharada tras cucharada, hasta que el plato quedó vacío.
Después, sentí que era importante mantener las manos ocupadas, para que dejaran de temblarme.
Limpié y abrillanté la cocina hasta que quedó reluciente.
Incluso me puse a cuatro patas y limpié todos los rodapiés; luego empecé con las ventanas, frotando y frotando hasta que no quedó ni una marca. Pensé que no tardaría mucho.
Pensé que sería una buena muerte para él, una muerte tranquila. Pensé que simplemente se quedaría dormido y no despertaría. Pero algo empezó a ir mal. Comenzó a convulsionar en la silla, con los ojos en blanco, todo el cuerpo sacudiéndose y temblando, como si algo fallara en su interior.
No podía llamar a una ambulancia, pues sabrían que había sido yo. Las pastillas estaban ahí, a la vista. Se le empezó a arquear la columna, le daban espasmos y tenía la boca llena de espuma. Entré en pánico.
Dejé el espray y el trapo de limpieza y cogí un cojín.
Fue más fácil cuando ya no podía verle la cara.
No recuerdo que se resistiera de verdad.
Solo había sacudidas y espasmos, hasta que fueron cada vez menos, y al final cesaron.
Seguí apretando más tiempo del necesario.
Solo paré cuando me di cuenta de que tenía las manos rígidas y entumecidas, la mandíbula dolorida de tanto apretar los dientes.
Tenía sudor bajo las axilas y en la frente, el flequillo se me había pegado a la piel.
La casa seguía oliendo a limpiacristales, y la piel de las manos me escocía por su culpa.
Poco a poco aflojé el agarre sobre el cojín y lo coloqué de nuevo donde solía estar, al lado de su cabeza. John ya no lo necesitaba. Se había ido.
Y solo entonces alcé la mirada y la vi allí, plantada en el umbral de la puerta, con el uniforme del colegio, los labios entreabiertos.
No sé cuánto tiempo estuvo ahí, ni cuánto había visto.
Pero sabía que había sido lo suficiente.
Al principio me pregunté si saldría corriendo a contárselo a alguien.
Si iría a la policía. Pero no lo hizo. Simplemente se quedó allí, mirándome, como el fantasma de su padre, durante todo el funeral, la lectura del testamento y los días lluviosos que vinieron después. Y nunca me perdonó. Nunca olvidó.
En ese momento durante la cena, con la mano sobre el vientre, supe que nunca la recuperaría.
Jade odiaba las mentiras y, en su cabeza, yo le había mentido a ella y a todo el mundo.
Sobre su padre, sobre cómo había muerto.
Sobre Ezra, que también estaba enfermo. Sobre la posibilidad de que ella tuviera lo mismo y, de ser así, que podría transmitírselo a su propio hijo.
Durante semanas, Jade ignoró mis llamadas. Ezra no me contó si se mantenían en contacto, pero insistía en que no sabía qué planeaba hacer con el bebé, ni siquiera si Ryan y ella seguían juntos.
No me enorgullece decirlo, pero pensé que debería deshacerse de él, y lo dije, Dios me ayude, aunque eso iba en contra de todo en lo que me habían educado.
Jade actuaba como una adulta, pero solo era una niña.
Desempleada, sin estudios, viviendo en un hostal…
Habría sido una locura que tuviera un hijo.
Incluso sin la complicación de la enfermedad de Huntington.
En aquel momento no sabíamos si era portadora: había un cincuenta por ciento de posibilidades.
Si no lo era, su bebé también estaría a salvo, pero si lo era, su hijo también tendría un cincuenta por ciento de posibilidades de tenerlo.
Y yo sabía que Ezra iba a empeorar. Sabía que no podría cuidar de él, de ella y de su bebé al mismo tiempo, aunque quisiera volver a vivir conmigo.
Intenté hablar con Jade una vez sobre el tema, le hablé del asesoramiento genético.
Incluso le conseguí un folleto del hospital.
Ella se limitó a arrugarlo y tirármelo a la cara.
Luego se volvió loca, me dijo a gritos que le había arruinado la vida y que nunca me perdonaría por no decirle la verdad sobre Ezra.
Me dijo que el padre del bebé la quería, que él se ocuparía de ella.
– Espera. ¿Qué quieres decir con el padre del bebé? – dije – . ¿Ryan no es el padre?