El extraño Stella
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Stella

Stella

Stella observa desde su ventana cómo sacan una bolsa de tartán del canal.

Está envuelta en una especie de saco empapado, sujeto al gran gancho de una grúa en la orilla.

Hierbas y otros restos se deslizan por él, se balancea un poco con el viento.

Durante un instante extraño, el saco le recuerda al que utilizaba la comadrona para pesar a Frankie cuando todavía era una recién nacida.

Hay policías vigilándolo todo desde la orilla del canal.

Van de paisano, pero llaman bastante la atención: la mayoría de ellos son tipos con jerséis de lana bajo los abrigos acolchados azul marino, que están de brazos cruzados, los rostros serios.

También hay algunas mujeres con cara de no andarse con rodeos, el pelo recogido en una coleta, vestidas igual que los hombres.

Un grupo de adolescentes, uno de ellos en bici, también observa desde detrás de la cinta policial.

Los forenses están en el agua, visten trajes blancos y botas que les llegan hasta los muslos.

Ahora son más que antes, porque han encontrado algo.

Rebuscan en la orilla, aunque Stella no tiene ni idea de qué buscan exactamente.

También están los buzos: unas figuras negras y esbeltas en un pequeño bote.

Los buzos llevan días aquí. Ahora están recogiendo: se bajan los trajes de neopreno hasta la cintura y se ponen unas camisetas de manga larga, dejando que los demás se ocupen del resto.

La presencia de los buzos la pone nerviosa, aunque el teléfono no está por esa zona, ni siquiera cerca. Y aunque lo estuviera, no lo están buscando, ha de recordarse a sí misma.

Se pregunta qué contaría si alguna vez tuviera que dar explicaciones.

Supone que podría decir, con toda honestidad, que nunca tuvo intención de que las cosas se desarrollaran así.

Nadie quiere que otra persona acabe muerta.

Esa es la versión oficial, ¿no? Aunque Stella sospecha que la mayoría de los seres humanos lo han deseado en algún momento, nos guste admitirlo o no.

Que el mundo sería un lugar mejor, más armonioso, si algunas personas tan solo no existieran.

El dictador que asiente ante las armas y el gas.

El padre abusivo que condenó a tu madre a una muerte prematura.

El traficante con sonrisa socarrona en las puertas del colegio de tu hijo.

¿Quién de nosotros puede decir, con total sinceridad, que nunca ha deseado señalar con un dedo casi divino y borrar a algunas personas de la faz de la tierra?

Stella solo había deseado algo indoloro… o, si no indoloro, al menos rápido. Un accidente fortuito en la autopista, un ictus, un rayo. Lo que antes se llamaba un acto de Dios. Eso habría sido lo que habría preferido. Algo limpio y preciso.

Stella da un sorbo a su café y se pregunta qué ocurrirá a partir de ahora.

Fantasea con la idea de llevarse a Frankie a algún lugar lejano, donde nadie sepa quiénes son.

Pero marcharse de repente resultaría sospechoso.

Lo sabe. Además, no está en el punto de mira de nadie, ¿no?

La policía no le ha hecho ninguna pregunta sobre Ezra desde que todo sucedió.

Tomaron y aceptaron su declaración. Stella no es más que una nota a pie de página en un caso que ya se ha cerrado.

Pero quiere que todo esto termine…, todo lo que ella ha empezado. La lona está ahora en la orilla del canal. Un detective le hace un gesto a un compañero y trasladan algo hasta allí. Instantes después, levantan una tienda blanca a su alrededor. Stella siente un escalofrío y se aleja.

Quizá su error fue involucrar a alguien más.

Stella ya debería haber aprendido que no puede confiar en otras personas. Lo que tiene que hacer, debe hacerlo por sí misma.