Alice
Alice
Alice y Martha están acurrucadas bajo una manta en el sofá, viendo Polar Express .
Alice ha corrido las cortinas para protegerse de la oscuridad que se adueña de las ventanas.
De camino a casa desde el colegio, las aceras estaban resbaladizas, y aun siendo apenas las tres y media de la tarde, ya parecía que la noche acechaba.
Hace tres semanas que Jamie está en paradero desconocido.
En ese tiempo, Alice tendrá que enfrentarse a la Navidad sin él.
La idea de Martha y ella abriendo los regalos solas el día de Navidad es tan triste y tan injusta que no soporta pensarlo.
Además, ¿cómo se supone que va a permitirse comprar regalos?
Sin el sueldo de Jamie, le han devuelto el último pago de la hipoteca, y ayer, cuando fue a hacer la compra en Sainsbury’s, le rechazaron dos de sus tarjetas.
La tía Sarah ha salido a cenar con una amiga por el centro de Londres.
Alice ha preparado una pizza y chocolate caliente para las dos, y reza en silencio para que puedan pasar un par de horas tranquilas y agradables.
Últimamente, Martha ha estado muy inestable: rompe a llorar por cosas insignificantes (por haberle dado la botella de agua equivocada, por tener que ponerse el abrigo en pleno invierno…), le grita a Alice que la odia, entre otras cosas.
Pero por la noche se mete en la cama con ella sin decir ni una palabra.
Antes, Alice solía resistirse a esa costumbre, pero ahora la cálida presencia de Martha a su lado le resulta reconfortante.
Mientras Martha se acurruca junto a ella en el sofá, Alice intenta resistirse a la tentación de coger el móvil.
Lleva todo el día buscando información sobre la enfermedad de Huntington y relacionando los síntomas que va descubriendo con sus recuerdos de Ezra durante el allanamiento.
Su forma de andar tambaleante. Su pronunciación, arrastrando las palabras.
La manera en que agarraba y volvía a agarrar el cuchillo.
Hasta ahora, Alice había utilizado todos esos detalles para que encajasen en la imagen que se había formado en su mente: un criminal fuera de control, un borracho.
Un drogadicto, un inútil. Un deshecho social, más que una persona.
Pero Ezra no era ninguna de esas cosas. Estaba enfermo y desesperado.
Había visto enfermar y morir a su padre, y supone que él iba por el mismo camino.
Alice ha leído que las personas con Huntington a veces mueren solas en instituciones, porque sus familiares no son capaces de lidiar con los cambios que provoca la enfermedad, pues vuelve a la gente psicótica, inquieta, agresiva e impredecible.
Alice es capaz de imaginarse a Ezra como a alguien que siente que ya no tiene nada que perder.
Llaman a la puerta. Alice se estremece. Martha la mira, la esperanza brillando en sus ojos.
– ¿Es papi? – pregunta.
Por su tono de voz, Alice se da cuenta de que sabe que no en lo más profundo de su ser, y eso hace que se le estruje el corazón.
– No creo – dice con dulzura – . Voy a ver quién es. Seguro que es la tía Sarah.
Pero la tía Sarah tiene sus propias llaves y no es el tipo de persona que se las olvida en casa.
Alice abre la puerta y el aire gélido se cuela por el pasillo.
Dos agentes jóvenes uniformados se encuentran en el umbral, las radios crepitando.
El hombre está en el escalón superior, ocupando todo el marco de la puerta; la mujer se mantiene de lado, un poco más abajo, como si ya estuviera preparada para marcharse.
Un coche de policía está aparcado un poco más allá del cobertizo para las bicicletas, entre las plantas de madreselva que crecen en su enrejado.
El primer pensamiento de Alice es el mismo que ha tenido en los últimos días y que no la deja en paz durante las largas horas de la noche.
– ¿Es Jamie? – pregunta – . ¿Mi marido está muerto?
Alice lleva varios días con esa sensación, ese presentimiento de que Jamie se ha ido. Es un miedo frío y visceral, que le trepa por dentro de su ser.
– Señora Rathbone – dice el hombre – . Por favor, acompáñenos a comisaría. Ha pasado algo.
– ¿Qué ha pasado?
– Hablaremos en cuanto lleguemos a comisaría.
– ¿De verdad no me vais a decir si mi marido está muerto?
El corazón de Alice se dispara.
– Ahora mismo no puedo ir – dice al ver que no responden – . Estoy yo sola con mi hija.
– ¿No hay nadie que se pueda quedar con ella? ¿Un vecino, quizá?
El agente la mira fijamente. Debe de tener unos veinte años, y todavía conserva un leve rastro de acné en la barbilla.
– ¿Un vecino?
De repente, Alice siente una rabia incontrolable hacia ese hombre, hacia ese joven, que no tiene ni idea, ni la más mínima noción, de lo que significa ser madre, de lo que es intentar proteger a tu amada hija de un trauma que podría cambiarle la vida.
Un trauma que, justa o injustamente, sigue pareciendo que no tiene nada que ver con Alice, pero que aun así ha venido a por ella y, lo que es más importante, a por su hija.
– Mi hija tiene cinco años – dice Alice – . Su padre está desaparecido. Está muy inestable ahora mismo. Me necesita. No la voy a dejar con un vecino.
Los agentes intercambian una mirada.
– Si no se encuentra una solución familiar – dice la agente – , tendríamos que buscar a alguien que la pudiera acoger temporalmente.
Pero mientras habla, Alice observa cómo se fija en los detalles del pasillo: la mochila y el abrigo de invierno Boden colgados en un gancho, el patinete apoyado en la pared, la fila ordenada de zapatos y botas de niño y adulto…, y su determinación flaquea.
– Mi tía se hará cargo de mi hija cuando vuelva a casa – dice Alice con frialdad – . Ha salido a cenar. La llamaré para que regrese, pero quizá tengáis que esperar media hora más o menos. Está en el centro de Londres.
El agente duda, luego saca la radio del abrigo, se la acerca a la boca y empieza a murmurar algo. Alice se queda plantada en el pasillo, resentida con la intromisión. Con cada minuto que pasa mientras el aire helado se cuela en su casa.
– Vale – dice, y asiente hacia ella cuando ha terminado el intercambio – . Esperaremos dentro si le parece bien.
– No – replica Alice. Luego hace un esfuerzo por controlar su tono de voz – . Si no os importa – dice – , preferiría que esperaseis en el coche.
Oye un ruido tras ella.
– ¿Mami?
Martha está en el pasillo.
– Todo va bien, cielo. Ve a ver la tele.
– No.
Martha corre hacia Alice, hunde el rostro en sus vaqueros. Alice mira a la agente, suplicante.
– A ver – dice – . Estáis ahí aparcados. No existe ningún riesgo de fuga. Estoy aquí, cuidando de mi hija. No la dejaría sola. Me iré con vosotros en cuanto llegue mi tía.
La agente mira primero a Martha, luego a Alice otra vez, y asiente levemente, de manera casi imperceptible.
Alice cierra la puerta y se traga el nudo en la garganta mientras se agacha para abrazar a su hija.
– Voy a llamar a una mujer que me ayudará – le explica – . ¿Te puedes quedar aquí un momentito? La peli no da miedo, ¿no? Si no te pongo otra cosa.
– Está bien. Ya la he visto – dice Martha con valentía, a pesar de que Alice sabe que está llegando a la parte que a su hija no le gusta un pelo: los hombres extraños en el techo del vagón; el tren averiado, descarrilando sobre el hielo delgado de un glaciar.
Una vez que ha acomodado a Martha en el sofá, Alice se mira en el espejo del pasillo y se limpia con los dedos las manchas de rímel, se enfría las mejillas enrojecidas.
Luego baja a la cocina. Su mano queda suspendida sobre el interruptor de la luz, pero al mirar por la ventana del sótano hacia el coche de policía aparcado, decide no encenderla. Prefiere no permitir que la vean.
En lugar de eso, se queda en la oscuridad mientras le escribe un mensaje a la tía Sarah, que responde al instante: «Vale. Voy para allá».
Encuentra el número de teléfono de Jessica. Jessica descuelga al tercer tono, con la voz un poco más ronca de lo habitual.
– Hola, Alice. Estaba a punto de llamarte. ¿Se han pasado ya por ahí nuestros amiguitos con uniforme?
– Acaban de aparecer por casa. Dicen que quieren que vaya con ellos a comisaría. Intentaron que dejara a Martha con un vecino, pero han accedido a esperar a que llegue mi tía.
– Bien. Me alegro de que aún les quede algo de sensibilidad.
– ¿Qué está pasando, Jessica? – Alice siente cómo se le vuelve a formar un nudo en la garganta – . No quieren decirme si Jamie está muerto o no.
– Venga, Alice. Tranquilízate. Nos vemos en comisaría, ¿vale?
Estaré allí en una hora, y entonces hablaremos.
No te preocupes. Querrán hacerte las mismas preguntas de siempre, nada más.
Solo diles lo que ya les contaste. Recuerda: sé educada y colabora con ellos.
Si no recuerdas algo, dilo. No especules. Especialmente sobre tu marido.
Alice nota el tono de desdén en su voz cada vez que menciona a Jamie.
– Vale – dice Alice – . Pero, ¿por qué están aquí, Jessica? ¿Qué ha pasado?
Alice escucha la voz apagada de Jessica hablando con uno de sus hijos. «Pues pica algo, por el amor de Dios», le dice. «Ya sabes dónde está la cocina. No soy el servicio de habitaciones, Theo».
– Perdona – dice Jessica con ironía. Reorganiza unos papeles, luego carraspea – . Me enteraré de más cosas cuando lleguemos allí. Pero no, no creo que haya novedades sobre Jamie. Creo que es sobre Jade.
– ¿Sobre Jade?
– Sí. Parece que han encontrado un cadáver.