Linda
Linda
Estoy de vuelta en el hospital. He empezado a tener fiebre. Por lo visto, todo forma parte del proceso, pero tienen que administrarme suero para los antibióticos. Otro más para el dolor.
Por primera vez en días, me siento lo bastante bien como para ponerme a escribir. Pero aquí esta otra vez la maldita enfermera. Dice que uno de los pacientes se queja del ruido que hago al teclear.
Sé perfectamente quién es. Graham, ese viejo gruñón canceroso al otro lado de la cortina.
– ¿Está escribiendo en el ordenador o tocando un puto piano? – lo oí murmurarle a la enfermera.
También lo escucho quejarse de la comida. No creo que coma demasiado, pues no parece irle bien. Sus ojos se han amoratado en estos últimos días y se le han empezado a hundir las mejillas. Reconozco esos ojos morados de mi John.
John ya pasaba de los cincuenta cuando aparecieron los primeros síntomas.
Se tropezaba con los escalones, se le caían las cosas.
Yo bromeaba diciendo que eran achaques de la edad, que se estaba poniendo un poco senil.
Pero en el fondo sabía que no era normal para un hombre de su edad.
Luego se dio cuenta de que no era capaz de escribir, que se olvidaba de las cosas, de citas, de mensajes.
Y, claro, uno piensa quizá sea Parkinson, o puede que demencia.
Nunca había oído hablar de la enfermedad de Huntington.
Cuando nos lo dijeron, no fui capaz de procesar lo que el médico estaba diciendo.
Una enfermedad que le devoraría el cerebro, célula a célula, hasta que al final lo perdiera todo.
El control de su cuerpo, de su mente, de sus músculos.
Y también su personalidad. Y no había cura, no había forma de frenarla.
La llaman la enfermedad del diablo. Se lo llevaría todo de él. Paranoia, violencia, oscuridad. Sin esperanza. Sin futuro.
Y entonces el médico nos preguntó:
– ¿Tenéis hijos?
Mientras escribo esto, sé que no me queda mucho tiempo.
Ya me lo han dicho. Cáncer de hígado en estadio cuatro…
No se andan con rodeos. Hablan de mantenerme cómoda.
Sé lo que eso significa. No dejan de decirme que descanse, de preguntarme si quiero que guarden mi portátil en algún sitio seguro, pero no se lo permito.
Necesito dejarlo todo por escrito antes de que sea demasiado tarde.
Cuando eres hijo de alguien con la enfermedad de Huntington, es como lanzar una moneda al aire. Si sale cara, te libras. Si sale cruz, no. De cada dos hijos, uno la desarrollará.
John y yo acordamos que se lo diríamos a Jade y a Ezra cuando fueran mayores y que les daríamos la opción de hacerse las pruebas si así lo querían. No paraba de decirme a mí misma que para entonces sería distinto. Que existiría una cura.
Después de perder a John, fue como si viviera envuelta en una especie de neblina. La mayor parte del tiempo no veía con claridad. Tendría que haberme dado cuenta antes de lo que le ocurría a Ezra.
Cuando dejó el fútbol, pensé que quizá era normal en un chico adolescente, ya sabes: empezar a pasar mucho tiempo solo en su habitación, interesarse por las chicas, andar todo el día metido en internet.
Había conversaciones que no sabía cómo tener con un niño de catorce años.
John habría sabido qué decir, pero yo no.
Ya estaba tan alto, casi me superaba. No sabía que por dentro seguía siendo mi niñito asustado.
Me preguntaba si estaría un poco deprimido por lo de su padre.
Pregunté por terapia, pero el médico de cabecera me dijo que había una larga lista de espera, y Ezra insistió en que no quería ir.
Mientras tanto, las travesuras de Jade ocupaban casi todo mi tiempo.
Ella era la que me mantenía despierta por la noche, haciendo que me preocupara hasta ponerme mala. Pero Ezra no. Él era mi niño bueno.
Cuando me llamaron del colegio, supuse que se trataba de algo relacionado con Jade, como era costumbre.
Por aquel entonces, los servicios sociales ya se estaban ocupando de ella, y era algo constante: reuniones, informes, las temidas llamadas telefónicas.
Pero esta vez era distinto. Querían hablar conmigo sobre Ezra.
Sabía que las notas de Ezra habían bajado un poco, pero decían que la situación era mucho peor. Iba camino de suspender todos sus exámenes. Me quedé en shock . No es que le encantara el colegio, pero siempre se le había dado bien estudiar.
El profesor tenía todos sus cuadernos sobre el escritorio mientras hablábamos. Yo no había estado pendiente de sus deberes, de lo que hacía. No de verdad. Así que eché un vistazo a su cuaderno de inglés, y cuando lo abrí, casi se me cae de las manos. Su letra parecía la de un niño de cinco años.
Y lo primero que pensé fue: la letra de John era así.
Cuando llegamos a casa, Ezra me miró como si se hubiera metido en un lío.
– ¿Por qué has dejado el fútbol? – le pregunté, la voz temblorosa.
Ezra se echó a llorar. Se limpió la cara con la manga de la sudadera, como cuando era más pequeño. Luego lo dejó salir todo.
– No puedo mantener el equilibrio, mamá – dijo – . Me caigo todo el rato.
Había decidido dejar el equipo antes de que lo echaran.
Las caídas, la torpeza, la depresión. Todo era lo mismo.
– Tengo lo que tenía papá, ¿verdad, mamá? – me preguntó. Jamás olvidaré el temblor en su voz.
El médico les había dicho que era raro que los síntomas empezaran siendo tan joven, pero no, no existía una cura como tal. Su voz sonaba casi a disculpa. Ezra le preguntó cuánto tiempo le quedaba de vida. El doctor hizo una pausa. Una media de diez años desde el momento del diagnóstico, dijo.
Vi cómo Ezra hacia cuentas en su cabeza. Su mente ya había empezado a trabajar más despacio, la enfermedad le impedía mover los ojos con normalidad: tenía que mover la cabeza si quería ver algo.
Tenía dieciséis años.
La noche que cenamos el pastel de salchichas fue cuando Jade lo descubrió. El terror más puro se reflejó en su rostro cuando lo entendió. Intenté ser suave con ella, pero es imposible serlo cuando das una noticia de esa magnitud.
Jade se levantó, se apartó de la mesa, lejos de la mancha de salsa en la pared. Se puso muy pálida y empezó a temblar de la cabeza a los pies.
Al principio creí que estaba preocupada por su hermano. Pero no, Jade no es así. Y entonces me di cuenta: tenía la mano apoyada sobre el vientre.