El extraño Becca
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Becca

Becca

Nueve semanas antes del allanamiento

El piso está en un bloque que parece una caja de zapatos revestida de cobre.

A Becca le da la sensación de que podría salir volando por el viento.

Este tramo del canal está lleno de oficinas en ruinas y almacenes abandonados.

Desde las ventanas se pueden ver las curvas industriales de las antiguas torres de gas.

Carly está en una nube, como siempre. El vendedor de traje brillante – evasivo cuando Becca le preguntó cuántos pisos como este habían vendido – sigue asintiendo hacia Carly con ganas, sin llegar a creerse su suerte.

– Ya nos imagino aquí – exclama Carly desde la habitación contigua – . ¿Tú no? ¡Ven a echarle un vistazo al baño, Becs!

A Becca le dan ganas de echarse a reír por lo mucho que Carly alza la voz, como si estuvieran en extremos opuestos del palacio de Buckingham y no en dos habitaciones diminutas separadas solo por una pared de pladur.

– ¡Y mira los dormitorios! – grita Carly – . ¡Las ventanas dan al canal! ¡Hala! Guau, hay una garza… ¡Eso debe de ser un buen presagio!

Becca intenta, de verdad lo intenta, verlo con los mismos ojos que Carly.

Pero para ella todo el lugar se siente como una ilusión; un truco de magia sencillo, y no de los más convincentes.

Cuando pasa los dedos por las encimeras, se da cuenta al instante de que no son más que aglomerado con un revestimiento de plástico que imita el mármol.

Se fija en lo endebles que son las puertas de los armarios de la cocina, puede oír la resonancia hueca y la delgadez de las paredes cuando golpea con el puño por encima del cabecero en el dormitorio principal.

El agente inmobiliario les entrega su tarjeta y las deja allí, plantadas frente al pequeño supermercado de la planta baja. También hay una cafetería, con una especie de barra orientada hacia el canal por la parte delantera.

– Este tampoco te convence, ¿eh? – le dice Carly en cuanto el agente inmobiliario se ha marchado.

Suena decepcionada e incluso un poco frustrada.

Becca no quiere decepcionar ni frustrar a Carly.

La quiere como nunca ha querido a nadie.

El depósito para el piso que los padres de Becca le han dado le parece la primera cosa que ha podido ofrecerle a Carly que se acerca a todo lo que ella le ha dado.

Becca no quiere pensar en lo que harán sus padres cuando descubran la verdad sobre su relación con su «compañera de piso».

– No está mal – dice sin mucha convicción.

– Ah, qué bien – se anima Carly – . Pensé que te horrorizaba. ¿Tomamos un café aquí para irnos acostumbrando al ambiente de la zona?

– Vale – dice Becca, aunque no cree que haya mucho más «ambiente» en esta franja gris de agua del canal, en este paisaje posindustrial. Está convencida de que las únicas personas con las que se cruzaron en el camino de sirga del canal estaban vendiendo droga.

Carly se acomoda en una mesa junto a la ventana.

Ha adoptado una expresión seria y concentrada, casi cómica, mientras se aferra a los folletos de la promotora, encajándose las gafas de sol de imitación en su pelo corto y rizado, para poder analizarlos más en detalle.

Becca se acerca a pedir. Y entonces lo ve.

Jamie está sentado en una mesa apartada al fondo de la cafetería, prácticamente en la penumbra. Está con una mujer… No, con una chica. No es Alice… Es una chica mucho más joven que ella.

Becca se da cuenta de inmediato de que esto no es ninguna tontería, y que no se equivoca. Lo nota en la expresión en su rostro mientras habla con la chica. Es evidente incluso antes de que mueva la mano, deslizándola por debajo de la mesa hacia la pierna blanca y desnuda de la joven.

Antes de que a Becca le dé tiempo a pensar en qué va a hacer, Jamie alza la vista y la mira directamente a los ojos.

Su rostro se contorsiona un instante, la mandíbula se le tensa, y por un momento es como si Jamie fuera una especie de holograma de sí mismo, ambas realidades alternativas chocando entre sí.

Le llega el turno a Becca. Se equivoca al hacer el pedido, pues ha olvidado las instrucciones detalladas de Carly sobre cómo quiere el chocolate caliente.

Se confunde de tarjeta y se la rechazan: final de mes está a la vuelta de la esquina y, además, tuvo que pagarle trescientas libras al asesor hipotecario.

Becca rebusca nerviosa en el bolso en busca de la tarjeta de crédito que intenta evitar usar.

Y entonces, cuando por fin levanta la mirada, Jamie y la chica han desaparecido.

Becca deja las bebidas en la mesa con torpeza. El chocolate caliente de Carly se derrama, y un malvavisco se desliza por el borde, como una babosa rosa.

– Este sitio es una monada – exclama Carly – . ¡Mira, tienen menú de brunch los fines de semana!

– Ah, sí – murmura Becca, intentando sonar entusiasmada mientras alza la vista hacia la pizarra de la pared y fingiendo estudiar las opciones. Se da cuenta de que la palabra «aguacate» está mal escrita.

– Creo que los precios en esta zona van a subir muchísimo en los próximos años – continúa Carly mientras hojea los folletos del agente.

Becca remueve el café, con una sensación enfermiza aferrándosele en el estómago, mientras intenta decidir qué sería lo correcto en una situación como esta.

Piensa en la foto de la boda que cuelga en la pared de la preciosa cocina de Alice y Jamie.

Es una imagen que Becca se ha quedado mirando muchísimas veces, pensando en lo perfectos que parecen los dos juntos.

En la foto son más jóvenes, claro, pero no mucho.

Se conocieron más tarde que la mayoría de parejas de su edad y se casaron enseguida.

«La locura más grande que he hecho en mi vida», le había dicho Alice en una ocasión.

«Pero simplemente lo supe. Antes de Jamie, todas mis relaciones habían sido complicadas, pero conocerlo fue como un alivio. Como llegar a casa».

En ese entonces, Becca no había entendido lo que Alice quería decir. No hasta que encontró a Carly.

– ¿Estás bien, Becs?

Carly ha terminado de leer los folletos y se ha acabado el chocolate caliente. Es como un cachorrito meneando la cola, esperando su próxima aventura.

Becca intenta deshacerse de la expresión sombría que le oscurece el rostro.

– Sí, todo bien – responde – . Deberíamos ir tirando hacia el siguiente sitio.

– Ay, sí. ¿Qué hora es?

Becca saca el móvil para mirar la hora. Se le estruja el corazón cuando ve aparecer un mensaje de Jamie en pantalla.

Tenemos que hablar.