El extraño Alice
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Alice

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Isobel tenía razón: en apenas unos días, los periódicos se hacen eco de la noticia.

Antes de que Alice haya tenido tiempo de procesar lo que ha descubierto, la historia está por todas partes.

Todo sobre Jamie y Jade: que él fue despedido por una supuesta relación con ella, que presuntamente comenzó cuando tenía dieciséis años.

Los periódicos también informan de que Jade era la hermana del chico que murió en un «allanamiento muy mediático» en casa de Alice y Jamie meses antes.

Y que Jade ahora está en paradero desconocido.

Que arrestaron a Alice y que Jamie sigue sin dar señales de vida.

Los periodistas se pasan por su casa, uno tras otro, y el timbre no deja de sonar.

Un día, la tía Sarah pierde la paciencia y corta el cable con unas tijeras de podar.

Durante unos veinte minutos, ambas sienten la euforia de una pequeña rebelión, pero eso solo empeora las cosas, porque, como el timbre no funciona, golpean la puerta con fuerza, y Alice siente los nervios a flor de piel.

Cuando sale de casa para llevar a Martha al colegio, a veces parece que no hay fotógrafos, pero casi siempre hay alguno al acecho.

Se oye el «clic, clic, clic» constante de los obturadores.

A veces los ve, otras no, pero aun así oye el chasquido y ve el fogonazo del flash.

Alice se da cuenta de que la mayoría aparecen por la mañana, cuando la luz es buena, y desaparecen en cuanto empieza a oscurecer.

Pero no puede evitar el trayecto al colegio y, durante un tiempo, las fotografías se publican en el periódico a diario: su rostro cada vez más arrugado y desprovisto de color.

Al lado de los atractivos retratos de Jamie y de las imágenes de Jade sacadas de sus redes sociales – con la piel perfecta, las pestañas rizadas – , la intención es más que evidente.

«Quizá debería haberse cuidado un poco más», escribe un comentarista.

Alice se alegra de tener a Sarah cerca mientras se adapta a su nueva realidad.

No solo es sospechosa de asesinato, sino también una mujer humillada, un personaje de la prensa sensacionalista en medio de un enorme escándalo nacional.

Stella se pone en contacto con ella y le pregunta si puede ayudarla en algo.

Alice ya no confía en ella, pero está tan desesperada por que toda esta locura desaparezca de su vida y por que las cosas vuelvan a ser normales para Martha, que le permite ayudarla a contactar con un grupo conocido como IPSO, relacionado con los estándares de la prensa.

De este modo, envían un aviso en nombre de Alice para decir que no quiere hablar, haciendo hincapié en la intromisión y en la edad de su hija.

El aviso consigue frenar a algunos periodistas.

Pero no a todos. Y no sirve de nada para disuadir a los más raros, a los peores: los detectives de TikTok que acuden a grabar a su casa, a las puertas del sótano, incluso en el jardín delantero, hasta que ella los amenaza con llamar a la policía.

Stella dice que esa gente no está regulada.

No les importa. No tienen límites. La forma en que lo dice hace que Alice se estremezca.

Martha vigila desde la ventana si hay reporteros antes de salir rumbo al colegio.

Empieza a chuparse el pulgar, a morderse los dedos y las uñas.

Por la noche se despierta gimoteando, pasando del sueño a la vigilia: con la cara roja, confusa y avergonzada, las sábanas empapadas de orina.

Durante el día parece estar siempre exhausta y al borde del llanto.

Suplica para no ir al colegio. Cuando Alice le pregunta por qué, se cierra en banda y se niega a hablar.

Martha pregunta cuándo va a volver su padre constantemente, y Alice no sabe qué responderle.

Le dice a su hija que todo irá bien. En realidad, se pregunta si alguna vez las cosas irán a mejor.

Alice está convencida de que perderá su puesto de trabajo.

Sin sus propios ingresos ni los de Jamie, ¿cómo pagará la hipoteca y las facturas ella sola?

¿Cómo cuidará de Martha? ¿Qué será de las dos?

Jamie lleva desaparecido poco más de una semana cuando la pregunta de Martha cambia por completo.

– Mami – dice a la hora de acostarse, mientras abraza su almohada, evitando la mirada de Alice – . ¿Papi mató a una chica?

A Alice se le corta la respiración.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– Olivia, en el cole. Escuchó a su madre decir que papi tenía otra novia aparte de ti y que la mató.

Alice inspira con todas sus fuerzas.

– Por supuesto que papi no hizo eso – responde Alice. Pero Martha analiza su rostro, y a ella le arden las mejillas.

Tras haber leído todo lo que ha aparecido en los periódicos desde que Jamie desapareció, Alice ya no está segura de qué creerse y qué no.

Se ha visto obligada a aceptar que Jamie y Jade tuvieron una relación.

También le parece plausible que Ezra fuese a su casa la noche del allanamiento para enfrentarse a Jamie.

Linda le había dicho que Ezra era muy protector con su hermana.

Así que Alice ahora sabe la verdad, al menos sobre eso.

La verdad que tanto ansiaba, que pensó que le traería paz.

No lo ha hecho. Lo que ha traído es justo lo opuesto a la paz.

A pesar de usar la palabra «supuestamente» en casi cada oración, lo que cree la prensa es más que evidente. Jade está muerta. Jamie la mató y ahora huye de la justicia, y que Alice sabe la verdad, por lo que, de alguna manera, lo está ayudando.

La cobertura es tan convincente que Alice tiene que recordarse a sí misma que no es verdad, que no está ayudando a Jamie y que no tiene idea de dónde está.

Se autoconvence de que lo demás tampoco tiene por qué ser correcto, pues en el fondo de su corazón sabe que Jamie jamás le habría hecho daño a Jade.

Pero es imposible que su fe en él no se vea sacudida por la cobertura sensacionalista, por cómo siguen erre que erre con el mismo tema.

– ¿Mami? – dice Martha, llorosa – . Si él no lo hizo, ¿por qué no puede volver a casa?

Alice le acaricia la cara.

– Creo que papá está asustado por lo que dice la gente. Así que se ha ido a algún sitio… La policía está intentando encontrarlo, y cuando lo hagan, le harán todas esas preguntas.

– Y si dice la verdad, ¿le dejarán volver a casa?

– Eso espero.

Martha se sorbe la nariz.

– ¿Cómo sabes que papi no lo hizo?

Alice peina el cabello de su hija con los dedos.

– No estoy segura – confiesa – . Supongo que lo quiero tanto que confío en él, y no creo que hiciera algo así. Tiene que haber una explicación. Pero la policía llegará al fondo de todo eso, Martha. Descubrirán la verdad, en eso consiste su trabajo.

Hace una pausa.

– Es muy confuso y complicado, ¿verdad, cariño?

Martha asiente. Alice ve cómo su rostro se endurece; una semillita de desconfianza echando raíces en su corazón.

– Ya puedes irte, mami.

Martha se da la vuelta en la cama, alejándose de su madre. Se acurruca mirando hacia la pared. A Alice le rompe el corazón su vocecita ahogada.

Alice empieza a odiar su casa, esa que antes tanto amaba.

El hogar que había creado para su marido, su hija y ella.

Desearía poder irse de Londres con Martha, escapar a algún otro sitio.

Pero todavía está bajo fianza y no se le permite salir de la ciudad.

Le pregunta a Jessica qué se puede hacer al respecto.

Su abogada le dice que está trabajando en ello, pero que no se haga demasiadas ilusiones.

A Alice le da la sensación de que Jessica piensa que debería considerarse una afortunada por poder estar en casa en lugar de detenida.

Al final de la segunda semana, la historia por fin empieza a desaparecer de las portadas.

Alice supone que es porque no hay ninguna novedad.

Parece que la mayoría de periodistas y cámaras se han desvanecido.

Alice decide que tiene que aprovechar la oportunidad para salir, aunque solo sea para ir a comprar un café para llevar.

En cuanto se le ocurre la idea, le parece increíblemente emocionante.

De algún modo logra salir de casa sin oír el clic de una cámara. Se pone una gorra, se cubre la nariz y la boca con la bufanda y echa a caminar por la calle. Se siente más ligera, eufórica por la libertad.

Alice se siente un poco rara estando en Farm to Fork durante el horario escolar sin su hija.

Se sienta en la parte de atrás, con el sombrero cubriéndole la cara.

Saluda con torpeza a otros padres que la reconocen del colegio o del campamento de tenis de Martha.

La mayoría aparta la vista, incluso los que suelen ser amables con ella, y se da cuenta, con una pizca de vergüenza, de que todos tienen el mismo interés en evitarla como ella a ellos.

Incluso aquellos a los que habría pensado que le darían el beneficio de la duda.

Se sienta al fondo, abre su cuaderno y su portátil, a pesar de que no está segura de si eso se puede hacer aquí, pero cree que Sam se lo permitirá.

Revisa la bandeja de entrada de su correo electrónico.

No tiene la información de contacto de los familiares de Jamie, pero es consciente de que no iría a buscarlos.

Trata de pensar en amigos a los que podría haber recurrido.

Aparte de Arlo, no se le ocurre nadie más.

Jamie nunca le habló mucho de sus amigos de antes de conocerla.

Siempre decía que su pequeña familia de tres era más que suficiente para él.

Busca en sus correos electrónicos, se desplaza por los contactos de su teléfono.

Pero no se le ocurre nadie. Las palabras de Isobel resuenan en su mente: Jamie no tiene amigos.

Sam se acerca con un café en la mano. Alice alza la vista, sorprendida.

– Invita la casa – murmura – . Siento mucho por todo lo que estás pasando, Alice. Si puedo hacer algo por ti, solo tienes que decírmelo.

Alice siente cómo se le cierra la garganta por su amabilidad.

– Gracias – dice.

– ¿Martha ha ido al cole hoy?

– Sí. No está pasando por muy buen momento ahora mismo.

Después de su conversación, Alice se preguntó si Martha estaría mejor en casa, lejos de lo que dicen los niños en el recreo. Pero por ahora ha decidido mantener cualquier instante que se asemeje a una vida normal.

– Martha es un cielo de niña – dice Sam – . Nunca olvidaré ese dibujo que me hizo.

Alice mira hacia donde señala Sam: la pared con las obras de arte de los niños, detrás de la cocina de juguete. Y efectivamente, hay un dibujo que salta a la vista que es de Martha: lo reconoce por la forma en que dibujó las rayas del tigre y los cordones de la niña.

– ¿Siempre ha dibujado así de bien? Me sorprendió un montón. ¿Qué tiene, cuatro años?

– Cinco – dice Alice, un tanto despistada, pues intenta recordar si alguna vez había visto ese dibujo o si estuvo presente cuando lo hizo su hija. Cree que no.

– ¿Martha vino aquí con nuestra antigua niñera? – le pregunta Alice a Sam.

– Sí. Se llamaba Becca, ¿verdad? Traía a Martha cada dos por tres. Solía venir con su amiga.

– ¿Con su amiga?

– Sí. No recuerdo cómo se llamaba… También tiene una hija, suele llevar esa chaqueta de cuero… ¿Juraría que trabaja en una revista?

– ¿Stella? – pregunta Alice – . ¿Su hija es Frankie?

– No estoy seguro. – Los ojos de Sam se desvían hacia un cliente que espera en la caja. Le dedica una sonrisa de disculpa a Alice – : Tengo que ir a…

– Espera.

Sam se queda de piedra, sobresaltado por el tono de voz de Alice. Ella aprovecha para buscar el nombre de Stella en Google.

– ¿Es ella? ¿Es la mujer a la que te refieres?

En pantalla aparece la foto de autor de Stella: de brazos cruzados, la ceja enarcada. Gira el portátil y se la enseña a Sam. Él frunce el ceño.

– Sí, es ella – dice – . ¿Por qué lo preguntas?

– ¿Cuántas veces dirías que vinieron juntas?

– Eh… – Sam mira con nerviosismo al cliente que espera – . Un montón de veces.

– ¿Un montón?

Así que Stella y Becca sí se conocían antes del allanamiento. La cabeza de Alice da vueltas a toda velocidad, intentando descifrar qué significa eso. Si es que significa algo, claro.

– Sí. Supuse que eran amigas. Lo recuerdo porque… – Sam se rasca la cabeza y sonríe de una forma extraña – . La verdad es que no sé si debería decirlo.

– ¿El qué? Por favor, Sam… Cuéntamelo.

Sam se coloca en el hombro el trapo que sostenía en las manos y se sienta en la silla frente a Alice, con torpeza.

– Escucha – dice – . No quiero hablar mal de ella, pero… has dicho que ya no trabaja para vosotros, ¿no? ¿La niñera?

Alice asiente con ímpetu.

– Es solo que, en un par de ocasiones, pensé que no parecían prestar mucha atención a las niñas, ¿sabes? Parecían estar muy concentradas en la conversación.

Alice lo mira fijamente.

– Las niñas estaban al otro lado de la cafetería, jugando en la zona de juegos y esas cosas, y yo tenía que estar un poco pendiente de ellas, pero obviamente estaba trabajando, y entonces la otra niña…

– ¿Frankie?

– Sí. Se cayó de la plataforma más alta y se hizo daño en el hombro. Tuvimos que ponerle hielo. Y, a ver, le dije algo a tu niñera…, ya sabes, sobre supervisar a los críos.

– ¿Sabes de qué hablaban?

– No, ni idea. Lo siento. Se disculparon varias veces, pero me dio la sensación de que había cierta tensión, como si no quisieran que las interrumpieran.

– Vale – dice Alice, intentando asimilar lo que le está contando y lo que podría significar – . ¿Volvieron a venir después de eso?

Sam asiente.

– Sí. En una ocasión. – Suspira – . También hubo drama esa vez.

– ¿Ah, sí?

– Sí, aunque ni idea de por qué. Pero tuvieron una conversación intensa… Supongo que podría considerarse una discusión, y de repente Becca se levantó y se marchó echando humo.

Alice parpadea. Eso no le parece algo propio de Becca.

– No pagó la comida ni la bebida – dice Sam – . Simplemente agarró a tu hija y se fue. Y todos estaban mirando, porque la niña, tu Martha, decía «¿Por qué nos vamos?, ¿y mi pastel?». Estaba un poco picada, pero tu niñera básicamente se la llevó a rastras. Parecía muy cabreada.

– ¿Cuándo fue eso? ¿Antes de las vacaciones de verano?

– Sí, sí. Fue mucho antes.

Sin embargo, para Alice no tiene sentido, pues el día del allanamiento ambas actuaron como si no se conocieran.

– ¿Alguna idea sobre qué discutieron?

Sam niega con la cabeza.

– No. Le sostuve la puerta a Becca, pero ni siquiera me dio las gracias. Pero cuando se fue le gritó algo a la mujer de la revista. Creo que dijo algo como «Me niego a hacerlo». – Hace una pausa, mientras juguetea con el paño de cocina que tiene sobre el hombro – . ¿Te parece que tiene sentido?