El extraño Linda
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Linda

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La trabajadora social me dijo que Jade había mejorado mucho desde que Handhold apareció en su vida.

Empezó a acudir a las citas, no se había metido en peleas ni en problemas y hasta se había apuntado a un curso en el instituto.

La organización incluso le permitió aparecer en alguna de sus campañas publicitarias más glamurosas, como una de sus historias de éxito.

Estoy segura de que la eligieron en parte porque era guapa. Y lo era, de verdad. Aparecía en carteles, en autobuses, en todas partes. Era lo que siempre había soñado: una modelo. Por fin se había convertido en una estrella.

Me parecía genial. Claro, no tenía ni idea de lo que estaba pasando en realidad.

Le pedí a Ezra que le ocultara la verdad a su hermana, solo mientras le iba tan bien. «Solo dale un año más», le dije. Esperaba que para entonces estuviera en un lugar mejor para recibir la noticia. Creía que tendríamos más tiempo.

Ahora me doy cuenta de que le pedí demasiado a Ezra, que no debería haberle cargado con todo eso.

Estaba tan aislado. Los dos estaban muy unidos, a veces parecía que no había espacio para nadie más.

Para Ezra solo existía Jade. Ella tenía algún amigo, y novios, claro: primero Ryan, luego otro, y luego Ryan otra vez.

Pero Ezra… no tenía muchos amigos. Jade era su mejor amiga…

De hecho, en cierto modo, era su única amiga.

Y Ezra se había vuelto tan retraído en el colegio. El pobre no tenía a nadie con quien hablar. Solo a Jade. Y yo se la había quitado.

Supongo que Jade algún día acabaría descubriéndolo.

Un día, de repente, dijo que venía a cenar.

Que tenía algo que contarnos. Yo pensé que iba a decir que había conseguido entrar en el curso del instituto, y me alegré tanto.

Le preparé su plato favorito: toad in the hole , el clásico pastel de salchichas.

Cuando nos sentamos los tres a cenar, Jade se veía diferente.

Llevaba el pelo bien peinado, ropa nueva y joyas bonitas: un collar y una pulserita a juego.

Me preguntaba de dónde habría sacado Ryan todo eso.

Esperaba que no lo hubiera robado. Entonces no sabía todo lo que sé ahora. Sobre… ¿cómo lo llaman?

El grooming .

Nunca llegué a preguntarle por el collar. Porque en cuanto empezó a comer, Jade no dejaba de mirar a Ezra, a la mano con la que sostenía el cuchillo. Intentaba cortar la comida… y no podía. Volvió a pasar, una y otra vez, hasta que al final tiró el plato, no sé muy bien cómo.

Todo salió disparado: la salchicha con la masa, la salsa, los guisantes y las zanahorias. El plato acabó en el suelo y la salsa salpicó la pared.

– ¿Qué te pasa? – preguntó Jade, mirando primero a su hermano y luego a mí, como si todo lo que pudiera pasarle fuera culpa mía – . ¿Qué demonios está pasando? – gritó.

Y entonces Ezra se echó a llorar.