Alice #2
– Como Jamie lo negó todo, los abogados llegaron a la conclusión de que se trataba de un intento de la periodista para sonsacar información.
Por lo visto, por la forma en que hacía las preguntas, se notaba que no tenía suficientes pruebas como para publicar un artículo difamatorio.
Nuestros abogados consideraron que no podría llegar a sacar nada si nos negábamos a responder.
Eso hicimos, y el artículo nunca llegó a materializarse, así que supongo que los abogados tenían razón.
Después de eso, nadie volvió a sacar el tema.
– ¿Cuándo ocurrió todo eso?
– Pues hace ya unos años. A principios de 2019, creo. Fue antes de que Jamie ascendiera a jefe de campañas a finales de ese año.
Alice intenta pensar rápido. Stella y ella llevan siendo amigas…
¿cuánto? ¿Un año? Menos. Solo desde que Martha y Frankie empezaron a ir al colegio juntas.
Sabía que Stella se había mudado a la zona poco antes de eso.
¿Por eso Stella quería pasar tanto tiempo con ella?
¿No por su amistad, sino por hurgar en el pasado de su marido?
¿Por eso se había mudado aquí? ¿Para estar cerca de Alice y Jamie?
– Así que, a pesar de todo ese lío con la periodista, le dieron el puesto de jefe de campañas.
– Isobel pone una mueca – . Jamie sabía cómo escalar posiciones; cómo caerle bien a los donantes y a la junta directiva.
Supongo que ser joven, guapo y carismático también ayudó.
Del mismo modo, consiguió algunos contactos en el Parlamento. De eso imagino que te acordarás.
Sí, Alice lo recuerda. Alguna vez incluso se había llegado a preguntar si realmente eran necesarias tantas cenas en Westminster, mientras ella estaba en casa con un bebé recién nacido, arrancándose los pocos pelos que le quedaban.
Pero Jamie le había dicho que todo eso lo hacía por ellas y por su carrera. Alice confiaba en él.
– En cuanto consiguió el puesto, anunció un gran cambio en la dirección de nuestras campañas.
Decía que teníamos una oportunidad enorme con las elecciones a la vuelta de la esquina.
Consideraba que debíamos empezar a apoyar sus mensajes, para caerle bien a los conservadores, con la esperanza de llegar a algún acuerdo.
Decía que así todos saldríamos ganando. El gobierno podría limpiar su imagen, apropiarse un poco de las ideas de la izquierda y parecer que se preocupaba por la gente pobre.
Y, a cambio, nosotros conseguiríamos un montón de dinero público cuando ellos llegaran al poder. Cientos de millones de libras.
Alice guarda silencio. También recuerda cómo su marido ensayaba esos argumentos con ella.
– Por supuesto, Handhold siempre había sido una organización centrada en la comunidad, hecha por y para la gente del pueblo – dice, esbozando una sonrisa resignada – .
Siempre se había mostrado apartidista y se enorgullecía de no ser nada glamurosa.
Se notaba que eso a Jamie no le gustaba.
Siempre hablaba de la ambición global, cosa que aumentaba el nerviosismo de la gente.
El objetivo de Handhold era ocuparse de los problemas sociales del Reino Unido, de aquí, de lo que la gente necesita.
Pero saltaba a la vista que a Jamie no le interesaba nada de eso.
En la radio decía todo lo correcto, pero en la oficina era otra historia: parecía que creía que éramos una empresa.
– Lo pones como si tuviera más poder del que realmente tenía – dice Alice, negando con la cabeza – . No habría podido cambiar la dirección estratégica de la organización por sí solo.
– No, por sí solo no. Pero sí logró imponer su estrategia, a pesar de toda la oposición.
Y, en sus propios términos, hay que admitirlo, funcionó de maravilla.
Handhold empezó a recibir cantidades enormes de financiación pública: dinero de Comic Relief, de Save the Children, de la lotería…
, de todas partes. Y recibió aún más en la época de la pandemia.
Se volvió intocable. Nos salía el dinero por las orejas.
Teníamos la oportunidad de llevar a cabo todos los proyectos que siempre habíamos querido, ampliar los servicios que funcionaban, contratar a más trabajadores…
Pero Jamie tenía otras ideas en mente. Empezó a vengarse de cualquiera que se hubiera opuesto a sus planes.
Se fue a por todos los que habían dudado, decía que sus opiniones sobre el alcance de la organización y sus limitaciones eran estrechas, anticuadas.
Malgastó una fortuna deshaciéndose de los que se oponían a sus ideas, pagándoles indemnizaciones con acuerdos de confidencialidad.
Alice traga saliva.
– ¿Acuerdos de confidencialidad?
– Sip. A Jamie le pirraban. Eran su especialidad. Los buenos trabajadores desaparecían de la organización benéfica de un día para otro, y en su lugar aparecían otras personas que le bailaban las aguas y hacían exactamente lo que él decía.
Alice se queda mirando las marcas de la mesa. Piensa en Becca, en lo que dijo sobre no poder hablar. Pero, ¿por qué querría silenciar a Becca? ¿Qué sabía que Alice ignoraba?
Isobel sigue hablando.
– Y luego, el año pasado, Jamie empezó a trabajar codo con codo con una agencia de publicidad. Gente al estilo Mad Men , con trajes impolutos, que nos ayudaron a crear una campaña enorme. Iba a costar una auténtica fortuna. Pero Jamie y todos sus nuevos fichajes la aprobaron sin más.
– ¿Te refieres a Una mano amiga, no una limosna ? ¿Esa campaña? – Alice se acuerda del cartel que Becca llevaba en su bolsa de viaje.
– Esa misma.
– Pero fue todo un éxito, ¿no?
Isobel suspira.
– Sí. Desde luego, así se vio en su momento.
Había salido en todas partes: autobuses, taxis, vallas publicitarias de Leicester Square…
El momento había sido perfecto: coincidió con un enorme enfrentamiento entre el gobierno y un futbolista famoso que había crecido en la pobreza, centrado en el hambre infantil durante las vacaciones.
De repente, Handhold se convirtió en «parte de la conversación», como le gustaba decir a Jamie.
Celebridades y futbolistas empezaron a promocionar la organización en redes sociales, haciendo el gesto del corazón con las manos, a modo de imitación de su logo, algo que, en secreto, le revolvía el estómago, incluso cuando lo hacía Martha.
Y fue entonces cuando Jamie empezó a aparecer en reportajes de prensa y en el programa Today .
– Por supuesto, Jamie siempre tenía que estar en el medio y delante en todas las fotografías – dice Isobel con sorna – . Eso lo recordarás.
– Qué va, eso no fue idea suya – le aclara Alice – . Jamie no quería ser la cara de los anuncios; le dijeron que era lo que mejor funcionaría.
Isobel se ríe.
– No, Alice. ¿Quién querría a un señor blanco y aburrido como cara de la campaña?
Alice nota cómo se sonroja. «Jamie no es eso», piensa. Isobel pone los ojos en blanco.
– Lo que querían los publicistas – continúa Isobel – era que fueran los usuarios del servicio.
Gente real, contando sus historias lacrimógenas, al más puro estilo Factor X .
Le dijeron a Jamie que, si iba a salir en el anuncio, solo podía hacerlo sentado, charlando con los usuarios, como un trabajador al pie del cañón.
A mí me sonaba ridículo, pero bueno… Jamie era el que pagaba, así que todos hacían lo que él quería.
Y lo que quería era que todo girara en torno a él.
Hasta se trajo a un asesor de vestuario con un montón de ropa. Fue todo un circo.
A pesar de todo lo que Alice ha descubierto en los últimos tres días, esta revelación en particular – que Jamie quisiera estar en primera línea de la campaña publicitaria de la que siempre había dicho que lo habían presionado para ser la cara – quizá no debería resultarle tan impactante.
Pero lo es. La disonancia entre la imagen que ella tiene de su marido y el retrato que Isobel hace de él, como un narcisista corporativo con un asesor de vestuario, es tan grande que siente como si se le estuviera haciendo añicos el cerebro.
– En fin – dice Isobel – . Los publicistas nos pidieron que reuniéramos a niños jóvenes y atractivos.
Les explicamos que no éramos una organización benéfica enfocada en niños – Isobel le lanza una mirada extraña – y que usar a menores de dieciséis años en circunstancias difíciles podría llegar a ser bastante problemático.
Así que nos pidieron a chicas adolescentes atractivas de entre dieciséis y dieciocho años.
– Ah – dice Alice, sonando la mar de estúpida.
– Sí. Básicamente, les pidieron a los trabajadores de la organización que seleccionaran a las usuarias más jóvenes y vulnerables, que eligieran cuáles eran las más atractivas y que las convencieran para salir en un anuncio. Esa fue la estrategia que Jamie aprobó.
– Vale. – Alice no puede negar que suena horrible – . Pero él solo seguía los consejos que se le daban, ¿no? No es culpa suya. Me imagino que la publicidad siempre funciona así.
Isobel fulmina a Alice con la mirada, pero sigue hablando.
– Así que el día de la sesión de fotos y del rodaje…
Imagino que recordarás que eran anuncios tanto para televisión como para vallas publicitarias…
El caso es que sacaron a estas chicas adolescentes atractivas y las hicieron sentarse con Jamie, hablando de sus problemas, llorando sobre su hombro de cachemir…
Alice empieza a impacientarse.
– No entiendo qué tiene que ver esto con nada – admite.
Isobel la mira fijamente, Alice se calla. Se ve que no tiene prisa.