El extraño Alice
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Alice

Alice

Le cuesta un poco encontrar la cafetería en la que han quedado por petición de Isobel. Está cerca de la estación de Liverpool Street, a una buena caminata de las oficinas de Handhold.

– Sería mejor si pudiéramos mantener esto en secreto – le había dicho.

Alice se abre paso entre los altos edificios acristalados que rodean la zona, cada entrada vigilada por alguien con un auricular conectado a un cable que se oculta bajo la ropa. Se topa con su reflejo atormentado en cada superficie pulida.

Por fin se siente algo más aliviada cuando llega a la cafetería, un lugar minimalista de estilo escandinavo, orientado hacia una plaza de granito, decorada con una fuente minimalista irregular que recorre la parte trasera de un banco de formas geométricas.

Alice se pide un café, se sienta en una de las mesas libres y alza la vista para ver al limpiacristales que cuelga de una de las torres.

En el patio, un grupo de palomas picotea un cruasán abandonado.

Isobel aparece diez minutos después.

– Te he pedido un capuchino – dice Alice – . Supuse que tendrías prisa.

– He dejado el café – responde Isobel con frialdad – . ¿Podemos sentarnos al fondo?

Señala la mesa más alejada de las ventanas.

– Ah. – Alice se levanta con torpeza – . Claro.

La sigue, sintiéndose reprendida.

– ¿Te pido otra cosa? ¿Qué te parece un…?

– No, ya voy yo.

Isobel regresa unos minutos más tarde. Viste un jersey negro de cuello alto, metido por dentro de una larga falda de satén, y botas de ante.

Su cuerpo esbelto parece una franja lisa, tapizada de tela cara.

Su cabello, más corto que la última vez que la vio, se balancea hacia delante cuando se sienta.

Alice también ha cuidado su vestimenta para esta reunión, decidida a no parecer la misma desequilibrada que en su último encuentro. Se alegra de haberse puesto sus botas caras, haberse lavado el pelo y haberse puesto un poco de rímel.

Isobel deja una taza de té de hierbas sobre la mesa.

– No pretendía ser tan borde – dice Isobel – . Lo siento. Estoy embarazada de tres meses y el olor a café me da náuseas.

Alice esboza una sonrisa radiante.

– Ay, Isobel. Qué buena noticia. Me alegro de que al final lo hayas conseguido.

Isobel la mira fijamente.

– ¿Qué?

Alice se arrepiente de su torpe elección de palabras.

– Perdón – dice enseguida – . Nada.

– No – suelta Isobel – . ¿A qué te referías con «al final»? ¿De qué hablas?

Alice suspira.

– Jamie me comentó lo mucho que habías intentado tener un bebé, y que no había sido fácil. Lo siento. Quizá no debería haberlo compartido conmigo.

Isobel se ríe y aparta la mirada.

– Ay la hostia – dice – . Qué tío. Miente en todo lo que dice, ¿lo sabías, Alice?

– Chasquea la lengua y vuelve a apartar la mirada de Alice – .

Aunque me pregunto por qué mentiría sobre eso.

No, no me ha costado quedarme embarazada.

Me he quedado a la primera… De hecho, si te soy sincera, ha sido más bien un accidente.

Alice se queda descolocada. No sabe qué decir.

Tres o cuatro abortos… Estaba convencida de que Jamie le había dicho eso.

¿Por qué iba a mentir sobre algo así? Entonces, con una punzada de dolor, recuerda de qué estaban hablando: de tener otro bebé.

¿Por qué no se había limitado a decir que no quería otro hijo?

¿Por qué inventarse una mentira espantosa sobre otra persona?

– Bueno. – Isobel vuelve a centrar su atención en Alice, luego le da un sorbo a su bebida – . Jamie te dijo que está en una conferencia por trabajo, ¿no?

– Sí. – Alice se aclara la garganta – . Evidentemente, ahora sé que no es verdad.

– E imagino que la policía te habrá hecho las mismas preguntas que a nosotros. Sobre dónde podría estar.

Alice asiente.

– Yo no tengo ni idea, de verdad – dice con tristeza.

– Bueno – Isobel da un golpecito con la cuchara en el borde de la taza, luego la deja sobre el platillo y se reclina en la silla – , al menos ya te has dado cuenta de que estás casada con un mentiroso compulsivo. Por algo hay que empezar.

Alice parpadea.

– Si te soy sincera…, no sé qué pensar. – Intenta no ponerse a la defensiva – . Jamie ha… sufrido mucho estrés. Por motivos que no ha compartido conmigo.

– Vale, vamos a ver. ¿De verdad no sabías nada? ¿Sobre la suspensión? ¿Sobre la investigación?

Alice niega con la cabeza. Isobel pone los ojos en blanco, incrédula.

– Es alucinante – exclama – . Han conseguido que no llegara a manos de la prensa.

A ver, ¡que es un alto directivo, me cago en la leche!

– Niega con la cabeza – . En fin. Desde luego, han logrado amedrentar a todo el mundo en la oficina para que nadie se vaya de la lengua.

Nos lo han vuelto a advertir después de tu visita el otro día.

Saben que hablé contigo. Me doy cuenta de que me están vigilando, de ahí la necesidad de quedar aquí. De ser prudentes.

Alice lucha por seguir el hilo de lo que Isobel dice: ¿qué han conseguido evitar que llegara a manos de la prensa? ¿Sobre qué han guardado silencio?

– Solo es cuestión de tiempo antes de que se publique – continúa Isobel – . Pero, tal y como están las cosas, técnicamente solo lo han suspendido de su sueldo.

– Pero ¿por qué, Isobel? – pregunta Alice – . ¿Qué se supone que ha hecho?

Isobel suspira.

– Pues por un montón de cosas, Alice. A lo largo de los años – dice cortante – . Pero siempre ha conseguido salirse con la suya. Suelen hacerlo los hombres como él. La cosa es que, esta vez, no le ha salido tan bien la jugada…

– Perdona – tartamudea Alice – , pero ¿a qué te refieres con «los hombres como él»?

– Me refiero a que ya me he cruzado con hombres como él antes en el mundillo de las organizaciones benéficas – dice Isobel con aire pensativo, como si estuviera exponiendo una tesis académica en lugar de criticar directamente al marido de Alice – .

Aunque suelen actuar directamente en el terreno.

Se sienten atraídos por el sector de la caridad porque les encanta la idea de salvar el mundo.

Disfrutan del desequilibrio de poder entre las personas a las que ayudan y ellos.

La idea de verse a sí mismos como superhéroes.

La sensación de necesidad, de extremismo.

Sin embargo, nunca he conocido a nadie como Jamie.

– Sinceramente, Isobel, no estoy entendiendo nada – confiesa Alice con desgarbo – . Creía que Jamie y tú erais amigos.

– ¿Ah, sí? – Se inclina un poco sobre la mesa y le dedica una sonrisa extraña – .

Soy una de las compañeras más antiguas de Jamie, Alice…

Trabajamos juntos durante años. Y tú y yo tenemos la misma edad.

Vivimos bastante cerca. ¿Nunca te has preguntado por qué nunca, no sé, hemos quedado para cenar, o algo así?

Alice se muerde el labio.

– Jamie no tiene ningún amigo entre sus compañeros, esa es la verdad.

– Sí que tiene amigos – dice Alice, aunque no se le ocurre ningún ejemplo en este preciso momento.

Todo el mundo quiere a Jamie. En las fiestas habla con cualquiera.

Pero ahora Alice hace un esfuerzo por recordar a un único amigo de verdad.

¿Arlo, tal vez? ¿Arlo es amigo de Jamie?

En su boda, fue el padrino de Jamie. Pero entonces recuerda la boda de Arlo y Yas, unos años antes.

El padrino de Arlo fue su hermano, y sus testigos, sus amigos de la universidad. Jamie ni siquiera acudió.

– No tiene amigos, Alice. Por un buen motivo. – Isobel mueve los hombros y se vuelve a apoyar en el respaldo de la silla – . ¿Cuántos años es mayor que tú, Alice?

– ¿Qué? – Alice está confusa de verdad.

– ¿Diez años? ¿Más?

– No, no tanto. Tengo cuarenta y dos, así que seis años.

Isobel pone una mueca.

– Me sorprende. – Isobel le hace un repaso rápido de arriba abajo – . Pero pareces más joven, ¿verdad, Alice? Pequeñita. Atractiva. Parece que eso es lo que le gusta.

Alice se queda sin palabras.

– Cuando Jamie consiguió el puesto de jefe de campañas por primera vez, todo el mundo se sorprendió.

Todavía le faltaba ganar experiencia…, pero no solo era eso.

La gente estaba muy descontenta con su estilo de gestión.

Además, ciertas acusaciones pesaban sobre él.

De su época en la organización benéfica anterior.

– ¿Qué clase de acusaciones?

– Salió a la luz cuando ya llevaba un tiempo por aquí.

Se decía que había acosado a algunas voluntarias y que había tenido ciertos comportamientos inapropiados, que finalmente se habían encubierto.

Una voluntaria intentó denunciarlo todo, pero luego desapareció.

Se empezó a decir que se había suicidado.

Una chica joven… Solo tenía dieciocho años, creo.

También corrían rumores de que había tenido algún tipo de relación con Jamie.

– Eso es ridículo – dice Alice, pero nota cómo se le forma un nudo en la garganta al pensar en la foto de Clara, la mano de Jamie en su cintura desnuda – . ¿De dónde salieron esas acusaciones?

– Fue cosa de una periodista. Envió una lista de preguntas por medio de la oficina de prensa. Lo de siempre: conceder el derecho a réplica.

Alice piensa en Stella al instante.

– ¿Sabes cómo se llama la periodista? – pregunta Alice rápidamente – . ¿O dónde trabaja?

Isabel frunce el ceño.

– Ni idea. – Hace una pausa – . Solo sé eso, que era una mujer. Puede que trabajara para el Sunday Times , pero no estoy segura del todo.

Alice se da cuenta de que se aferra al borde de la mesa.

– Jamie juró y perjuró que todo eran calumnias – continúa Isobel – .

Dijo que nunca había acosado a esa voluntaria y que nunca había tenido ninguna relación con ella.

Que la chica tenía problemas de salud mental, y que se había encaprichado con él, o algo así.

Decía que era una tragedia, pero que no tenía nada que ver.

Alice asiente, pues eso mismo le había contado a ella.