Alice
Alice
– Quieren tu pasaporte – dice Jessica, entrando apresuradamente en su celda – . Tienes que quedarte en tu domicilio y presentarte en esta comisaría una vez por semana. Si no lo haces, volverás a estar bajo custodia.
– ¿Dejan que me vaya a casa?
Alice casi se desploma del alivio al escuchar la noticia, y más aún al ver que es Jessica, y no el abogado con aliento a café, quien se la da.
– Por ahora.
Jessica le hace un gesto con la cabeza al guardia, que cierra la puerta de la celda tras él. Suena un zumbido cuando se cierra. Jessica se sienta a la mesita y gira el rostro hacia Alice, que está desplomada en un banco duro como una piedra.
– Escucha, Alice – dice con severidad – . Para serte totalmente sincera, estoy sorprendida. Teniendo en cuenta que has admitido haber violado las condiciones de tu fianza, pensé que tenían más que suficiente para encarcelarte. Pero supongo que el fiscal debe de necesitar un cadáver.
– ¿Un cadáver?
Jessica se coloca las gafas y le dedica una mirada condescendiente a Alice.
– La policía cree que Jade Jones está muerta, y sospechan que tu marido o tú la matasteis, o incluso los dos juntos. Están buscando su cadáver mientras mantenemos esta conversación.
Jessica hace una pausa y desvía la mirada hacia la puerta. Oye las voces de unos agentes hablando fuera, luego a otro recluso gritando.
– Alice, si quieres que te represente, tienes que ser sincera. Tengo que saber todo lo que la policía descubrirá sobre tu marido y tú.
– Estoy siendo sincera. ¡Les he contado todo!
– Genial. – Coloca una mano sobre la otra en su regazo – . ¿Cuánto sabes acerca de las circunstancias de la salida de Jamie de su trabajo?
Alice se siente cada vez más indefensa.
– Nada – responde – . Me enteré ayer de que lleva meses sin ir a la oficina. Debe de haber… Debe de haber estado fingiendo.
La cabeza de Alice da vueltas cuando piensa en la magnitud del engaño de Jamie. Piensa en la reunión por Zoom en su despacho, cuando solo alcanzaba a oír su voz. La policía dice que lleva suspendido desde mediados de junio. Se ha pasado cinco meses fingiendo que iba a trabajar.
Alice quiere creer que estaba buscando la forma de decírselo desesperadamente, y que siempre perdía el valor en el último momento.
Y entonces sucedió todo lo del allanamiento, y decidió que era el peor momento posible, que tenía que protegerla de aquello.
Pero Alice sigue sin entender cómo pudo haber perdido su trabajo.
Jamie era muy bueno en lo que hacía. ¿Qué demonios podría haber hecho para que lo despidieran?
– ¿De verdad no te has puesto en contacto con él? – pregunta Jessica con severidad una vez más – . ¿No has sabido nada de él desde que se marchó? ¿Nada de nada?
– Lo juro.
– ¿Y no se te ocurre dónde puede estar?
– Como ya he dicho, me dijo que se iba a una conferencia.
Jessica inclina la cabeza hacia un lado.
– ¿Por qué crees que mintió sobre eso?
– ¡No lo sé! ¿No te parece que quiero saber la respuesta a esas preguntas? ¡Joder!
– Vale, cálmate.
Jessica abre el inmenso bolso Mulberry Bayswater, mete dentro los papeles y luego se pone en pie, ajustándose el cinturón de su impecable abrigo color camel. Todo en Jessica parece pertenecer a un mundo del que Alice ya no forma parte.
– Ya te llamaré – dice Jessica. Mira a Alice por encima de sus gafas – . ¿Tienes forma de volver a casa?
– Pediré un Uber.
La policía le ha devuelto el móvil a Alice tras una larga discusión con Jessica, aunque la abogada afirma que han hecho una copia y que lo revisarán a fondo: cada mensaje, cada fotografía.
– Genial. – Jessica le dedica una última mirada dura – . Y, Alice, una cosa más. Si tu marido se pone en contacto contigo, tienes que llamar a la policía o a mí de inmediato. Sin excepciones. A partir de ahora no puede haber ningún desliz. ¿Queda claro?
Alice asiente. Lo único que quiere es tener a Martha entre sus brazos; debe de estar muy confundida, sin saber dónde está su madre ni por qué la tía Sarah se está haciendo cargo de ella sin previo aviso.
Alice ansía sentir el calor de su hija, la suavidad de su pelo y de su piel, y decirle que todo va a salir bien.
Aunque ni ella misma está convencida de que así sea.
Cuando Alice abre la puerta, huele a lasaña.
La tía Sarah está de rodillas frente a la ventana del horno, frunciendo el ceño mientras mira el termostato.
El temporizador está sonando. Martha lleva el uniforme del colegio y los calcetines puestos, el pelo recogido en dos coletas medio deshechas.
Cuando levanta la vista y ve a Alice, unas lágrimas de alivio empiezan a rodar por sus mejillitas.
– ¡Mami!
Alice la coge en brazos y la abraza con fuerza, luego se deja caer en el sofá sin quitarse el abrigo ni el bolso, y mantiene a Martha contra su pecho.
– Te he echado tanto de menos – le dice a su hija.
Mira a la tía Sarah, murmura un hola, intenta darle las gracias, pero siente cómo se le tensa el rostro. Alice sabe que en algún momento le debe a Sarah una explicación. Pero ahora mismo no se siente capaz de dársela.
– Se me ha caído un diente – dice Martha, abriendo la boca – . Lo puse debajo de la almohada, pero el hada de los dientes no ha venido.
– ¡Dios mío! Quizá no lo encontró. Seguro que esta noche sí que viene.
– ¿De verdad?
– Seguro. ¡Déjame verlo!
Alice mira dentro de la boca de su hija y se maravilla al ver el hueco. Martha le devuelve la mirada.
– ¿Te has metido en problemas, mami?
– Claro que no, cariño.
Alice se distrae volviéndole a hacer las coletas a Martha. Ella estudia el rostro de su madre, deseando creer en su palabra.
– ¿Cuándo vuelve papi?
Se le revuelve el estómago. Debería haber pensado mejor en todo esto. Se centró tanto en sus ganas de ver a Martha que no había pensado con claridad en las preguntas que podría hacer, ni en cómo diablos iba a responderlas.
– Papá volverá tan pronto como pueda – dice, acariciando la parte superior de los brazos de Martha – . ¿Qué te parece si comemos un poco de esa rica lasaña, luego te preparo un baño de burbujas, y después nos ponemos los pijamas y vemos Frozen ?
Normalmente, Martha aceptaría encantada la propuesta. Pero hoy solo presiona su rostro contra el pecho de Alice, sin querer soltarla.
Martha se queda dormida sobre Alice a mitad de la película, con una manta sobre el pecho.
Alice la lleva a su cama y apaga la luz.
En la habitación contigua, Sarah se ha encargado de preparar la habitación de invitados y ha encontrado toallas limpias.
Alice baja las escaleras despacio. Le gustaría darse un baño, servirse una copa de vino y darle vueltas a la cabeza en paz y tranquilidad, pero le debe una explicación a la tía Sarah.
– Deja que me encargue de los platos – dice débilmente, pero se da cuenta de que Sarah ya lo ha hecho todo: las sartenes están boca abajo en la escurridera, las burbujas se deslizan por los lados.
La cocina está como los chorros del oro, los libros de lectura y las tareas de Martha están apilados en la encimera de forma ordenada, su abrigo cuelga en el perchero y la lavadora zumba con la ropa de gimnasia.
– Creo que deberías echarle un vistazo a la presión del agua – dice la tía Sarah.
Alice asiente. Sabe que tiene razón, pero lleva un tiempo posponiéndolo, porque eso significa llamar a un fontanero, y no está segura de cuánto tiempo más podrá aguantar con el dinero que hay en su cuenta conjunta.
Antes le echó un ojo y, como era de esperar, el sueldo de Jamie de este mes no ha llegado.
Y ahora que está en casa, Alice se da cuenta de que la pila de cartas en la encimera se ha ido incrementando durante su ausencia…
, y al menos una de ellas sabe que será sobre el pago del impuesto municipal que no se ha realizado porque no hay suficiente dinero en la cuenta.
Además, el pago de la hipoteca vence pronto, y Alice no deja de recibir correos sobre el dinero de las actividades extraescolares de Martha, que aún no se han pagado, junto con otros pagos que ha dejado de hacer: su suscripción a la caja de productos frescos y a Amazon Prime.
Unos lujos que, a día de hoy, ya no se puede permitir.
– ¿Qué te parece si nos tomamos una copa? – dice Sarah, suspirando.
La sugerencia es tan bien recibida, y tan distinta a lo que Alice esperaba de Sarah, que casi se permite sonreír.
La tía Sarah se sirve una copa de vino y le da un gran sorbo antes de llenar otra copa para Alice.
Alice intenta pensar en cómo podría empezar a expresar su gratitud hacia la tía Sarah, y también su vergüenza, por el caos que ha arrasado con su vida tan metódicamente ordenada.
– ¿Quién se ha quedado a cargo de tu tienda? – pregunta Alice.
– Tengo un buen equipo – responde Sarah rápidamente – . Se las apañarán.
– No sé cómo darte las gracias.
Sarah le da otro sorbo al vino.
– Ha sido un placer, de verdad – dice, en un tono de sorpresa – . Martha es una niña muy dulce.
Alice se pregunta si ella fue una niña dulce cuando apareció en la puerta de Sarah en plena adolescencia. Si no le causaba problemas. Lo duda. Se le ocurren mínimo dos veces en que la tía Sarah tuvo que intervenir para recoger los pedazos del caos en la vida de Alice.
– ¿Cómo está Martha? Quiero decir, ¿cómo ha estado?
Alice se siente desesperada por saber cómo su hija está lidiando con la situación emocionalmente, pero este tipo de conversación no es el punto fuerte de la tía Sarah.
– Oh, no está tan mal. Tiene subidas y bajadas – responde Sarah, mirando hacia otro lado.
Alice suspira.
– ¿Qué cosas te ha dicho?
La voz de la tía Sarah se tensa.
– Exactamente lo que cualquiera esperaría en esta situación, Alice. Ha preguntado dónde están su madre y su padre. Ha preguntado una y otra vez. Y yo no he sabido qué decir.
Alice siente que un sollozo se le atasca en la garganta.
– Lo siento.
Ninguna de las dos dice nada durante un instante.
– Puedo quedarme todo el tiempo que necesites – dice Sarah en un tono áspero, quitándose una pelusa imaginaria de sus pantalones a medida.
La verdad es que Alice preferiría quedarse a solas con su hija. Pero no sabe qué va a pasar. O si Jamie volverá algún día.
– Te estoy muy agradecida – dice.
– Bueno – dice la tía Sarah, sentándose de golpe – . ¿Quieres contarme qué está pasando?
– Te prometo que hablaremos del tema – dice Alice lentamente – . Por la mañana. Es solo que… necesito dormir.
La tía Sarah guarda silencio, la boca apretada en una línea recta.
– Vale – dice – . Pero, por favor… Martha no ha dejado de preguntármelo una y otra vez. ¿Dónde está Jamie, Alice?
– No lo sé – admite Alice – . Ojalá lo supiera.
Sarah se alisa de nuevo la tela de los pantalones, evitando el contacto visual.
– Entonces te mintió, supongo. Sobre la conferencia.
– Sí.
– ¿Y sobre su trabajo también? Debe de haber estado mintiendo durante meses…
– Sí. Lo sé, lo sé – dice Alice – . Pero lo conozco, Sarah. Si lo hizo, estaría pensando en protegernos a Martha y a mí.
– ¿Protegeros? ¿De qué?
Alice desvía la mirada hacia las puertas correderas de cristal. Oye cómo el tren suburbano pasa a toda velocidad, y consigue apreciar su silueta borrosa, azul y naranja, tras los esqueletos negros de los árboles al fondo de su jardín.
– No lo sé – confiesa.
Pero va a averiguarlo.