Alice #3
– No le gustaba tu papel de salvadora, ¿verdad, Alice? ¿No estaba lo suficientemente agradecida? ¿O quizá hacía demasiadas preguntas sobre lo que realmente estabas haciendo allí?
– Inspector Barnes – interviene el abogado – , ¿podríamos, por favor, evitar este tipo de especulaciones…?
– ¡No fue así! – grita Alice, ignorando al abogado – . Estaba intentando destruir mi carrera, mi…
– Ah, sí, tu carrera – dice Barnes – . La inspectora Clarke ha hablado con tu empleador, Alice.
Barnes mueve los papeles frente a él.
– Le ha contado todo sobre por qué te suspendió. Sobre el hecho de que estás siendo investigada por haber dañado una obra de arte valiosa, ya sea deliberadamente o por una negligencia grave. Un Vermeer, nada menos. – Barnes alza las cejas – . Hasta yo he oído hablar de él.
La inspectora Clarke esboza una sonrisa. Alice sospecha que no tiene mucha idea de quién es Vermeer, pero ya no queda espacio para sentirse superior. No en esta sala.
Ahora habla la inspectora Clarke.
– Tu jefe me dijo que ya tenía ciertas preocupaciones sobre tu estado mental – dice – .
Que te ausentabas con frecuencia, que estabas distraída, desconcentrada…
, incluso desequilibrada. Me ha contado que, cuando te incorporaste a la empresa, te ofreció ayuda psicológica por el trauma del verano, pero que rechazaste esa asistencia.
– No la necesitaba – responde Alice con la voz ronca, obstinada.
– También me contó que, apenas unos días antes del incidente en el que afirmas que Jade Jones dañó el cuadro que estaba a tu cargo con una bebida caliente, te atrapó preparando una bebida caliente para consumir cerca de la obra, en contra de las normas básicas.
El abogado de Alice suspira suavemente. Alice clava la mirada en la mesa. «Gracias, Rollo».
– Que te suspendieran del trabajo no debió de sentarte bien, Alice – interviene Barnes – . A tu estado mental.
Alice no dice nada.
– Cuando pasan cosas así, a veces cuesta enfrentarse a lo que uno ha hecho – continúa Barnes – . A veces es más fácil culpar a los demás. Creer que alguien está en tu contra.
Alice se aferra a la mesa.
– Nada de eso es cierto – dice ahora, casi gritando – . No fue así. Jade me estaba acosando. Si registráis su piso, encontraréis mis cosas. Están en una caja, en un falso techo encima del retrete.
– ¿Te refieres a esta caja?
La inspectora Clarke saca unas fotografías de tamaño ocho por diez en las que se ve la caja, el lugar donde fue hallada y su contenido dispuesto sobre una mesa gris.
– ¡La encontrasteis! Sí – Alice asiente con entusiasmo – . Es esa.
La inspectora Clarke hace amago de guardar las fotos, pero Barnes deja la mano suspendida sobre ellas, como diciendo: espera.
– Si Jade robó estos objetos de tu casa – dice Barnes – , ¿puedes explicarnos por qué no encontramos en ellos ningún rastro de ADN, ni huellas dactilares que coincidan con las de Jade?
Alice se queda de piedra.
– Eso no lo puedo explicar – dice con total sinceridad.
– Sin embargo, encontramos muchas de tus huellas dactilares en estos objetos, Alice. Y alrededor de la abertura del falso techo, donde se habían escondido.
Alice lo mira fijamente.
– ¿Qué? ¡No! – Siente cómo se le acelera el pulso – . Quizá Jade… llevaba guantes, o…
Alice se queda sin palabras. Barnes suspira y niega con la cabeza.
– Tú dejaste esta caja en casa de Jade – dice en voz baja – . ¿Verdad, Alice?
Barnes suspira más fuerte y empieza a recoger las fotos.
– Creo que – dice, colocándolas en un montón ordenado y dándole un golpecito sobre la mesa – , desde que mataste a Ezra Jones, has estado luchando, ¿no es así, Alice?
– No…
– Tu trabajo – continúa Barnes – . El trabajo de tu marido. Tu matrimonio.
Le lanza una mirada que dice más de lo que quiere admitir. Así que ha visto las fotos de Becca en el ordenador de Jamie. Alice siente el aguijonazo de la humillación.
– Creo que querías a alguien a quien culpar, ¿no? Y Jade… Bueno, ella fue el objetivo fácil. La persona más cercana a Ezra. Creo que decidiste culparla de todo. De lo que pasó con Ezra, y de todas las pruebas que has tenido que sortear desde entonces, en tu vida, en tu trabajo, en tu matrimonio.
– No – Alice traga saliva – . Eso no es…
– Creo que anoche saliste impulsada por la rabia – continúa – . Creo que quisiste castigar a Jade porque tu vida se estaba desmoronando. Creo que por eso te llevaste el cuchillo.
– ¡No! Esto es absurdo. Jade me estaba acosando. Me amenazaba…
– ¿Por eso la mataste? – pregunta Barnes – . ¿Por eso mataste a Jade Jones?
– No. ¡No! No le he puesto un dedo encima. Ni siquiera la vi…
– ¿Dónde está tu marido, Alice?
– No lo sé.
– ¿Se llevó el cuerpo a algún sitio, Alice? ¿Eso fue lo que pasó, después de que las cosas se te fueran de las manos?
– ¡No!
– No creo que pretendieras que ocurriera, Alice. Simplemente perdiste los estribos.
– ¡No!
– ¿Jamie, entonces? ¿Fue él quien perdió el control? ¿Y luego ambos entrasteis en pánico? ¿Se llevó el cuerpo y tú accediste a quedarte atrás para encubrirlo?
– Eso no… ¡Nunca lo haría! – tartamudea Alice.
– Alice – dice Barnes, inclinándose de nuevo sobre los codos – . Tienes que empezar a ayudarte a ti misma. Se acabó todo, Alice. Tienes que decirnos adónde se llevó Jamie el cuerpo.
– Mi clienta se ha mostrado extremadamente colaboradora, inspector Barnes – interviene el abogado – .
Ha dejado claro que no tuvo implicación ninguna en el daño o la desaparición de la señora Jones.
Evidentemente, no puede hablar de las acciones de su marido.
No ha tenido comunicación alguna con él.
Alice mira al abogado, luego a Barnes.
– ¡Esto es una locura! – grita Alice – . Jamie nunca mataría a nadie, y yo tampoco.
– Tú mataste a Ezra Jones.
La voz de Barnes es gélida. Alice aprieta los dientes.
– Ezra era un desconocido que se coló en mi casa – dice con sumo esfuerzo.
Barnes inclina la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro, como si lo estuviera sopesando.
– Esa es la versión que nos diste en su momento, sí – dice despacio. Se reclina un poco en su silla – . Pero… bueno, Alice, no sé qué decir. Ahora todo parece un poco más enrevesado que eso, ¿no?