El extraño Alice #2
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Alice #2

– Para un momento, Alice – dice – . ¿Me estás diciendo que no sabías que habían suspendido a tu marido de su trabajo hasta ayer?

Alice niega con la cabeza, sollozando. Barnes y su compañero intercambian una mirada.

– ¿Y qué te dijo tu marido, Jamie, al respecto?

Alice agacha la cabeza.

– No consigo ponerme en contacto con él.

– ¿No consigues ponerte en contacto con tu marido?

Alice se frota los ojos.

– Se dejó el móvil en casa, así que no puedo llamarlo. Estaba… Se le cayó por detrás del sofá.

– Vale.

Barnes mira a la inspectora Clarke, luego se inclina hacia ella para decirle algo al oído. Sale de la sala. Barnes vuelve a dirigir su atención hacia Alice.

– ¿Cuándo dices que se fue tu marido a esa… esa conferencia?

– El martes por la mañana.

– ¿Dónde te dijo que se celebraba la conferencia?

– En Escocia. Voló hasta allí.

– ¿En Escocia…? – Barnes mira a Alice como si esperara algo más.

– Sí – dice Alice – . En Escocia.

Barnes suspira.

– ¿Algo más específico?

Alice se sonroja.

– Ah. Perdón. Yo…, no. Di por hecho que iría a Edimburgo, o… ¿a Glasgow? La verdad es que no le pregunté…

– ¿Es habitual que desaparezca durante días y que no coja el teléfono?

Alice se revuelve en el asiento.

– No – responde.

La inspectora Clarke vuelve, le susurra algo al oído a Barnes.

– ¿Cuándo fue la última vez que se ausentó para acudir a una conferencia por trabajo antes de esta?

Alice medita unos segundos.

– No…, no lo recuerdo.

Alice siente como si el suelo se hundiera bajo sus pies.

– ¿Cuánto contacto ha tenido tu marido con Jade Jones, Alice?

– Disculpen, agentes – interviene el abogado, enderezándose al fin – . Pero esa es una pregunta que deberían hacerle al señor Rathbone. Mi clienta no puede hablar sobre…

– Ninguno – interrumpe Alice, levantando la mano para callar a su abogado – . Ningún contacto. Eso fue solo cosa mía.

El abogado frunce el ceño y se inclina hacia ella, pero Alice lo ignora, manteniendo la mirada clavada en Barnes.

– ¿Estás segura? – pregunta Barnes.

– Sí. Al ciento por ciento.

«Me dijo que nunca volviera a hablar con ella cuando se enteró», está a punto de decir. Y entonces se da cuenta de que, si dice eso, quedará claro que Jamie sabía que había ido a ver a Jade. No quiere meter a su marido en problemas, pues ella solita se lo ha buscado.

Barnes y su compañera vuelven a intercambiar una mirada.

– Vale – dice Barnes – . Tu marido se deja el móvil en casa, te dice que va a una conferencia, y luego no vuelves a tener noticias sobre él.

Ninguna. Y hoy es jueves. – Barnes hace una pausa – .

¿No te parece extraño, Alice? – pregunta – .

¿No habrías llamado a sus amigos, a algún familiar o incluso a la policía, si realmente no hubieras sabido nada de él en todo este tiempo?

– ¡Lo hice! – responde Alice – . Por eso fui a su trabajo. Supuse que allí podrían decirme dónde estaba. Yo… creía que estaba en una conferencia. No tenía motivos para pensar lo contrario.

– ¿Y no se te ocurrió avisar de que está desaparecido?

– Pues no, porque al principio lo llamaba una y otra vez pensando que quizá simplemente no había mirado el móvil.

No fue hasta ayer cuando me di cuenta de que se lo había dejado en casa.

Entonces pensé: claro, por eso no consigo localizarlo.

Cuando intenté enviarle un correo y tampoco funcionó fue cuando pensé que estaba pasando algo extraño.

Fui directamente a su oficina y alguien me dijo que estaba de permiso, y pensé que eso no podía ser cierto, a no ser que le hubiera pasado algo…

, a no ser que Jade hubiera hecho algo… Como lo que me pasó a mí con el cuadro, y que él no hubiera tenido valor para decírmelo.

Y por eso al final fui anoche al piso de Jade, porque no podía ponerme en contacto con Jamie, así que…

quería enfrentarme a ella por todo esto tan raro que ha estado pasando.

Porque estoy segura de que tiene algo que ver.

Se hace el silencio. Alice se siente exhausta por el esfuerzo de hablar tanto. El abogado está hundido en la silla, como si hubiera tirado la toalla. Barnes la observa durante un momento.

– Parece que estabas muy enfadada con Jade, Alice.

– Pues claro que estaba enfadada, pero…

– Entonces admites que estabas enfadada.

Admites que la considerabas responsable del incidente en tu trabajo, en el que se destruyó un cuadro que estaba a tu cargo.

Y dices que crees que te había robado cosas, incluso que te estaba acosando.

Solo uso tus propias palabras. También afirmas que sospechabas que había hecho algo para perjudicar la carrera de tu marido.

Admites que anoche, después de enterarte de que habían suspendido de su trabajo a tu marido, fuiste a su domicilio para confrontarla por todo.

Y admites que primero pasaste por casa para coger un cuchillo y llevártelo.

He aquí de nuevo esa sensación de hundimiento.

– Pero a pesar de eso… A pesar de todo eso, ¿dices que no tenías intención de hacerle daño a Jade Jones?

– En absoluto.

Pero se da cuenta de que es incapaz de sostenerle la mirada.

Barnes hace una pausa y, por un instante, Alice piensa que quizá la cree. Pero entonces se inclina sobre la mesa, apoyándose en los codos, como si necesitara darle una mala noticia y no le apeteciera hacerlo.

– Ese es nuestro principal problema, Alice – dice Barnes – . Jade Jones está en paradero desconocido. Su sangre está por toda la casa donde te encontramos anoche, blandiendo un cuchillo, con las manos y la ropa pringadas de esa misma sangre.

Barnes deja que sus palabras calen en Alice. Ella suda tanto que la ropa se le pega a la piel de la espalda y en las axilas.

– El segundo problema, Alice, es que tu marido no está en una conferencia en Escocia, porque no hay ninguna conferencia.

Ningún Jamie, ni James Rathbone, ha salido en ningún vuelo de ninguno de los aeropuertos de Londres en la última semana.

Y además de eso, Jamie ya no está autorizado a viajar ni a asistir a conferencias en representación de Handhold.

Lleva bastante tiempo suspendido de sus funciones.

No se le ha permitido entrar en las oficinas de la organización.

Hace semanas que no tienen noticias suyas.

Alice se agarra a la mesa, sintiendo que podría vomitar en cualquier momento.

Piensa en él en casa, en las llamadas por Zoom…

¿Había sido todo falso? Todos los días que ha llegado a casa antes de tiempo últimamente.

Todas las veces que ha podido librarse de sus asuntos para llevar a Martha al colegio o recogerla, cuando nunca antes había podido.

¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo no había entendido lo que estaba pasando?

– Cuando estuvimos en contacto durante el verano, Alice, tu abogada y tú me asegurasteis que estabas cumpliendo plenamente las condiciones de tu libertad bajo fianza. Pero eso era mentira, ¿no es así, Alice?

– No, no lo era. No… la mayoría de las veces que lo dije…

– ¡Alice! ¡Fuiste a ver a la familia del hombre al que mataste mientras tenías cargos pendientes!

Alice abre la boca para hablar, pero no le sale nada. Barnes la mira fijamente, con una especie de decepción contenida.

– Ponte en mi lugar, Alice. Todo apunta a que Jade Jones ha sido gravemente herida.

Admites que fuiste allí, que estabas enfadada, que te armaste con un cuchillo.

Una vecina nos llama y denuncia que Jade no ha vuelto para recoger a su hija.

Y luego llegamos al piso y allí estás tú, cubierta de su sangre.

Y la sangre de Jade Jones está por toda la casa.

– Pero…

– Nadie ha visto a Jade Jones desde que dejó a su bebé en casa de una vecina ayer por la tarde.

Cuando Jade no regresó a recoger a su hija, como estaba previsto, su amiga avisó a la policía.

Y cuando los agentes acudieron al domicilio, allí estabas tú, Alice.

La única persona que se sabe que estuvo en su casa durante ese tiempo eres tú.

– Pero la puerta estaba abierta – dice Alice, sin muchas ganas de seguir discutiendo – . Lo juro. Y no había nadie.

– ¿Entiendes cuál es nuestro problema, Alice? – Barnes se inclina hacia delante – . ¿Estás totalmente segura, Alice, de que no sabes dónde está Jade?

– Lo juro – responde en un susurro.

– Déjame contarte lo que creo que ha pasado – continúa Barnes – . Creo que sabías que tu marido no fue a ninguna conferencia. Creo que él ha estado en casa todo este tiempo, con su teléfono móvil.

Alice lo mira.

– ¿Qué? ¡No! Por Dios, ¡ojalá! Yo…

– Creo que te has obsesionado, ¿no, Alice? – Barnes continúa, interrumpiéndola – . Con Jade Jones y su bebé.

– No, eso no es…

– ¿Has oído hablar de la proyección, Alice?

Alice se queda mirando a Barnes, boquiabierta.

– No soy ningún experto en psicología – hace una pausa, con una sonrisa tensa – . Pero me parece interesante que afirmes que es ella la que te acosaba a ti.

– ¡Eso es lo que hacía, acosarme!

– Porque la verdad, Alice, es que has estado yendo al piso de Jade y haciéndote pasar por otra persona, ¿no es así?

Alice se queda sin palabras.

– Incluso la seguiste hasta el hospital, ¿verdad? ¿Horas después de que diera a luz?

– E-ella… Ella me lo pidió…

– Según el hospital – estalla Barnes – , te hiciste pasar por la madre de Jade. Dicen que te vieron coger a la recién nacida de Jade, aunque apenas tenía unas horas de vida. Se te ve en las cámaras de seguridad del hospital, Alice. Cogiendo al bebé de Jade de la cuna.

Alice se queda atónita.

– Eso no es…

– Creo que al principio probablemente solo sentías curiosidad, ¿no? Quizá empezó así. Y culpa, por lo de su hermano. ¿Fue eso, Alice? Tal vez al principio querías ayudarlas, a ella y a su bebé. Para sentirte mejor por lo que hiciste.

Barnes hace una pausa.

– Pero creo que al final salió mal, ¿verdad, Alice? Perdiste el control de la situación. Las cosas se pusieron tensas entre vosotras, ¿no es así?

– Eso… No, no fue así. – Alice niega con la cabeza con tanta fuerza que empieza a dolerle – . Yo no…