Alice
Alice
Alice permanece detenida durante muchas horas, o al menos eso le parece.
Le toman las huellas dactilares y le hacen fotografías.
Le pasan varios bastoncillos por la boca para sacarle muestras y le arrancan pelos del cuero cabelludo.
La dejan encerrada en una habitación con una taza de té frío durante muchísimo tiempo.
De repente, la puerta emite un zumbido fuerte y, cuando Alice alza la vista, ve a Barnes en el umbral.
– Hola, Alice.
Barnes se sube la pernera de los pantalones y se sienta frente a ella. Lo acompaña una mujer que Alice no había visto nunca. Tiene el cabello rubio peinado hacia atrás y recogido en un moño tirante, y las pestañas y las cejas de color claro.
La agente se presenta como la inspectora Clarke.
Prepara la grabadora y le murmura algo a Barnes, sobre si cree que está encendida o no.
Barnes no aparta la mirada de Alice. A su lado se sienta el abogado que se le ha asignado: un hombre de traje arrugado y aliento a café, que parece todavía más perdido que la propia Alice.
Espera que aparezca Jessica, su abogada de siempre.
Barnes toma la palabra.
– ¿Podrías decir tu nombre para la grabación, por favor?
– Alice Rathbone.
Barnes asiente levemente, como si estuviera orgulloso de ella.
– Muy bien, Alice – dice Barnes – , tú y yo ya nos conocemos un poco, ¿no?
– Sí – consigue decir Alice.
– Y sé que eres una mujer extremadamente inteligente, así que estoy seguro de que vas a entender lo que te voy a decir. Podrías meterte en serios problemas, ¿vale, Alice? Lo que tienes que hacer es contármelo todo, ¿sí? Porque, de lo contrario, esos problemas van a empeorar todavía más.
A Alice se le revuelven las entrañas. Mira al abogado, que le hace un sutil gesto afirmativo. Ella asiente también.
– En voz alta. Para la grabación.
– Perdón. Sí. Lo entiendo.
– Bien. – Hace una pausa – . ¿Dónde está Jade Jones, Alice?
– No lo sé.
Esa no es la respuesta que Barnes esperaba. Le late un músculo en el cuello, pero consigue mantener el tono de voz amable.
– ¿Cuándo fue la última vez que viste a Jade Jones?
– No la vi. Cuando llegué a su casa, ya no estaba allí. No había nadie.
– ¿No viste a Jade anoche?
– No.
– ¿No discutisteis?
– No, lo juro. Llegué a su piso y la puerta estaba abierta. No había nadie. Y vi que había sangre. En la puerta. Y en el suelo de la cocina.
Barnes mira a la inspectora Clarke. Ella saca una bolsa de plástico etiquetada, con el cuchillo de cocina de Alice dentro. Alice cierra los ojos.
– Para que conste en la grabación, la inspectora Clarke está mostrando a la testigo la prueba PDM292-A, un cuchillo de cocina – explica Barnes, alzando la vista hacia ella – . ¿Reconoces que este cuchillo es tuyo, Alice?
Alice asiente, despacio.
– ¿Puedes responder en voz alta para la grabación, por favor?
– Sí.
– ¿De dónde cogiste este cuchillo, Alice?
– De la cocina de mi casa.
Barnes hace una pausa.
– ¿Por qué llevabas este cuchillo en el bolso anoche, Alice?
Alice duda.
– Había quedado con Jade, pero me preocupaba que quisiera hacerme daño. El cuchillo era solo por si acaso… Por si tenía que defenderme.
Barnes suspira con pesadez.
– Alice, necesito que me ayudes a entenderlo. Si creías que Jade Jones iba a hacerte daño, ¿por qué fuiste a su casa?
– Porque quería saber qué estaba pasando. Solo quiero saber qué ocurrió.
Alice empieza a perder la compostura. Está tan confundida, tan agotada, tan asustada… La inspectora Clarke saca un Kleenex pequeño y doblado de un paquete que lleva en el bolsillo del pantalón, y se lo tiende a Alice sin mediar palabra.
– Creo que hay algún motivo oculto tras el allanamiento – balbucea Alice, recuperándose un poco – . El hurto. Recibí una llamada anónima que decía que había una razón por la que Ezra estuvo en mi casa aquel día…
– ¿Cuándo fue eso?
– Hace unos meses.
– ¿Y no informaste a la policía?
– Debería haberlo hecho – responde Alice, la voz temblorosa – . Creí que podía… Quería averiguarlo por mi cuenta.
– Entiendo – dice Barnes con calma – . ¿Y cómo te pusiste a «averiguarlo por tu cuenta» exactamente?
Alice no está segura de si se está burlando de ella.
– Fui a casa de Ezra.
– ¿Y cuándo fue eso?
Alice no dice nada.
– Supongo que eres consciente de que las condiciones de tu libertad bajo fianza te prohibían explícitamente ponerte en contacto con la familia de Ezra.
Alice duda un instante, luego asiente.
– En voz alta, por favor, Alice. Para que conste en la grabación.
– Perdón. Sí, soy consciente. Lo siento mucho. No tenía intención de llamar a la puerta. Solo iba a… a mirar. Cosa bastante estúpida, lo sé. Pero entonces Linda me vio y me invitó a entrar. Hacía… hacía mucho calor.
Alice sabe lo patético que suena todo. Ni siquiera es capaz de mirar al abogado. Barnes la observa con una expresión de decepción en el rostro.
– Y una vez dentro del domicilio, ¿te identificaste ante Linda Jones?
– Yo… No. Ojalá lo hubiera hecho.
Pero, como puede ver, Barnes no tiene tiempo para lo que Alice desearía haber hecho.
– ¿Cuándo fue esto, Alice?
– Fue… Fue en julio. Puedo comprobarlo…
– ¿Y de qué hablasteis?
– De nada. Hacía calor…
– Eso ya lo has dicho – replica la inspectora Clarke, sus palabras desprenden una hostilidad repentina e inesperada.
Alice siente cómo el calor le trepa por las mejillas.
– Ya. O sea, eh… hablamos sobre eso.
– ¿Hablasteis del tiempo?
– Sí, hablamos del tiempo. Sé que suena ridículo – suspira Alice – . Me dio un vaso de agua. Y luego acabó… no recuerdo cómo… acabó contándome que hacía poco había perdido a su hijo.
– ¿Y qué dijiste cuando te contó eso?
Alice siente cómo una lágrima le resbala por la mejilla. Cuando abre la boca para responder, descubre que le cuesta hacerlo.
– Le dije – dice con mucho esfuerzo – que lo sentía.
El aire en la sala se siente pesado. Barnes espera unos segundos antes de volver a hablar.
– ¿Fue en ese entonces cuando conociste a Jade Jones?
– No. No la vi esa primera vez. Solo a Linda.
– Entonces, ¿regresaste?
– Porque quería contarle la verdad y disculparme por mentir…, pero ella no estaba en casa. Solo Jade. Y me confundió con otra persona, y yo simplemente… no le llevé la contraria. Sé que estuvo mal…
La voz de Alice se apaga. Barnes suelta un silbidito y niega con la cabeza levemente.
– Necesito que me ayudes a entenderlo, Alice – dice.
Mientras Alice les cuenta toda la historia, intenta difuminar con la mirada sus rostros, para no tener que procesar sus reacciones a lo que está diciendo.
Les explica cómo mintió, primero a Linda y luego a Jade, y cómo después empezó a pensar que Jade sabía quién era, que lo había sabido desde el principio.
Y cómo luego empezaron a desaparecer cosas de su casa.
– ¿Dices que encontraste esos objetos en el piso de Jade?
– Sí – responde Alice – . En una caja, escondida en un falso techo del baño. Había recortes de periódico y fotografías mías, y cosas que me pertenecían… No sé cómo las consiguió. Pero creo que… quizá me acosaba. Creo que se había estado colando en mi casa…
Alice enumera todo lo que encontró: las gafas de sol, el cuaderno, el picardías.
Las plumas, apelmazadas con sangre (los detectives intercambian una mirada cuando menciona esa parte).
Por un instante, recuerda los pendientes de su madre.
Nunca los llegó a encontrar. Se pregunta qué habrá hecho Jade con ellos.
Aunque, pensándolo bien, ahora ya apenas le importa.
– Las plumas debían de ser de la gaviota muerta – dice Alice, lanzándole a Barnes una mirada suplicante – . Te mencioné lo de la gaviota, ¿te acuerdas?
La inspectora Clarke mira a Barnes de forma extraña. El abogado observa a Alice, confundido.
– Así que eso significaría que nos siguió hasta Rye – continúa Alice, sin apartar la mirada de Barnes – . Y que estuvo dentro de mi casa, que cogió cosas mías. También están las amenazas… Me dijiste que se enviaron desde el ordenador de mi casa. Pensé que probablemente también estaba detrás de eso.
Alice toma aliento. El esfuerzo de explicarlo le resulta agotador. Le encantaría hacerse un ovillo en el suelo.
– Hace unas semanas, alguien se coló en mi trabajo y destrozó un cuadro en el que estaba trabajando…
Tus compañeros tienen que saberlo. Tengo el número de la denuncia, puedo facilitártelo…
Estoy convencida de que también fue cosa de ella.
Creo que me robó la tarjeta de acceso. Ya me había cogido cosas del bolso antes.
La inspectora Clarke alza las cejas y niega levemente con la cabeza.
– Sigo sin entenderlo, Alice – dice Barnes – .
Si llegaste a creer que Jade te estaba acosando, robándote cosas, siguiéndote durante tus vacaciones, entrando en tu casa, en tu trabajo…
Si creías que quería hacerte daño… Si le tenías miedo, como dices…
Te juro que no entiendo por qué fuiste anoche al piso de Jade Jones, Alice.
Alice inhala con fuerza.
– Porque me dijo que por fin me contaría la verdad – explica – . Que me lo contaría todo sobre lo que había pasado.
Barnes se inclina hacia delante.
– ¿Podrías enseñarme el mensaje, Alice, por favor?
Alice mira a su abogado, quien duda un momento, luego asiente. Alice le entrega el teléfono y espera a que Barnes lo revise.
– Al principio no iba a ir – aclara Alice – . Pero luego descubrí que había pasado algo en el trabajo de mi marido… No era capaz de ponerme en contacto con él, así que fui a su oficina, y me dijeron que ya no trabajaba allí, que lo habían… que lo habían suspendido o algo así.
Alice niega con la cabeza, todavía incrédula.
– Cuando escuché eso, tuve la certeza de que tenía algo que ver con Jade.
Fue la gota que colmó el vaso. Me sentí desesperada – ahora solloza – .
No podía seguir esperando a ver cuál sería su siguiente movimiento; necesitaba averiguar lo que estaba pasando.
Pensé que quizá podría hacer que parara.
Que dejara de destruir nuestra vida, nuestras carreras…
Barnes frunce el ceño.