El extraño Alice
58%

Alice

Alice

Alice avanza todo lo rápido que le permiten las piernas por el sendero junto al canal.

La oscuridad que la rodea es densa, pues apenas se nota la presencia de la luna.

Más de una vez, las luces de las bicicletas parecen surgir de la nada, y los ciclistas casi la tiran al agua fétida.

El canal apesta a orina, cerveza y hojas en descomposición.

Martha pasará la noche en casa de Yas. «Estará encantada de pasar la noche con Iris», se autoconvence Alice. «Estará bien». Se guarda la culpa dentro del pecho. No puede pensar en Martha ahora.

Alice mete la mano en el bolso y la retira en cuanto siente el filo del cuchillo de cocina contra los dedos.

Posesión de arma blanca. Eso es un delito ya de por sí, ¿no?

Alice y Jamie habían reemplazado todos los cuchillos de la casa después de lo que pasó.

Evidentemente, ella no había participado en la compra de este nuevo juego.

El cuchillo se siente incómodo en su bolso, y probablemente sea demasiado grande como para ser útil.

Si la detuvieran y registraran en este oscuro sendero junto al canal, podrían…

¿multarla? Quizá. ¿Acabar en un juicio? Eso seguro.

Pero eso ahora no le preocupa. Alice es una mujer blanca, de clase media, madre, con botas Chelsea y un elegante abrigo de lana de Jigsaw.

Nadie sospecharía que lleva un cuchillo. Nadie la detendrá ni la registrará.

«La mayoría de los jóvenes que son detenidos por posesión de arma blanca dicen que lo hacen porque temen por su propia seguridad».

Recuerda la voz de Jamie en la radio, cuando le preguntaron sobre la delincuencia con arma blanca entre las personas vulnerables de Handhold.

A Alice siempre le había parecido una afirmación un tanto inverosímil.

No obstante, ahora esa es su excusa también, ¿no?

Solo ha cogido el cuchillo para defenderse de alguien que sabe que quiere hacerle daño.

«Si tanto te preocupabas por tu seguridad, ¿por qué fuiste a su casa?», se imagina que le pregunta el inspector Barnes.

Alice no tiene una respuesta convincente. Sabe que no deja de encadenar decisiones pésimas, una tras otra: ir a casa de Ezra, mentir sobre su identidad, volver y dejarse arrastrar a la vida de Jade.

Pero por fin Jade le ha prometido contarle la verdad, y Alice necesita saber qué está pasando desesperadamente. Quizá entonces pueda averiguar adónde ha ido Jamie.

La urbanización de Jade se ve diferente en medio de la oscuridad. Alice pasa junto a la escalera de ladrillo al lado de la fila de pisos que conduce a la casa de Jade. ¿Fue aquí donde empujó a Linda?

Avanza con cuidado por el jardín delantero.

Las plantas en las macetas están ahora completamente muertas, el tendedero volcado por el viento.

Se acerca para llamar a la puerta, pero esta cede antes de que la llegue a golpear.

No solo no está cerrada con llave, sino que ni siquiera está cerrada correctamente.

Y entonces Alice ve la huella amarronada en el borde de la puerta.

En un breve instante de incredulidad, extiende la mano para tocarla.

Entonces suceden dos cosas. La puerta se abre de golpe, como si hubiera presionado más de lo que en realidad hizo. Supone que era más endeble de lo que pensaba, o tal vez una ráfaga de viento la movió, pero resulta inquietante lo fácil que se desplaza con el más mínimo toque.

Y entonces Alice se da cuenta de que el color marrón de la huella que había visto en la puerta es en realidad de un color rojizo, en contraste con la palma de su mano.

Alice entra. Hay una energía temblorosa en el piso, un silencio terrible que parece gritar.

Las luces están encendidas, e iluminan los platos sucios apilados sobre la alfombra, la ropa colgando de los muebles.

Una lámpara está hecha pedazos en el suelo, y algo más también está roto: quizá sea una taza o un plato.

Hay bordes irregulares de porcelana blanca dispersos por todo el pasillo.

Un espectro marrón que gotea en una pared huele a café.

Y también a un olor metálico que Alice no consigue identificar.

– ¿Jade?

Pero incluso mientras dice su nombre, sabe que Jade no está aquí. Aquí no hay nadie más que ella.

Revisa la antigua habitación de Ezra para ver si la bebé Taylor está ahí. Pero no hay señales de ella en la cuna: solo un saco de dormir arrugado y un conejito de peluche cabeza abajo. Comprueba el dormitorio de Linda y el salón: ni rastro de Taylor. El piso está vacío.

Temblando, Alice se dirige hacia la cocina.

Tras dar un par de pasos, se da cuenta de que algo se le pega a los pies. Algo que arrastra por toda la cocina. Mira hacia abajo, y es el mismo rojo que vio en la puerta…, el rojo que le mancha los dedos. Alice jadea, horrorizada, y se agarra a la encimera de la cocina.

– ¿Jade? ¡Jade!

Ninguna respuesta. Alice oye unos pasos en el pasillo. Se gira rápidamente hacia la puerta abierta, con el miedo latiéndole por todo el cuerpo. Mete la mano en el bolso y sus dedos temblorosos se tropiezan con algo cuando intenta agarrar con torpeza el mango liso del cuchillo.

Entonces ve una figura en el pasillo, bloqueando la luz, y de repente respira con rapidez, y levanta las manos, porque eso es lo que él…

lo que todos ellos… le gritan que haga. Luego mira sus propias manos: una ensangrentada, la otra agarrando el cuchillo.

Se gira hacia la policía y se da cuenta de lo que están mirando.

Traga saliva, y su miedo se transforma en un terror completamente diferente.