El extraño Alice
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Alice

Alice

Alice sale de la estación de metro más cercana a la oficina de Jamie.

Camina a través del jardín cuadrado con su antiguo templete de hierro forjado, lleno de oficinistas comiendo sándwiches en su almuerzo tardío, y luego sube junto a las filas de casas adosadas de estilo georgiano.

Al llegar al edificio de ventanas relucientes, evita mirar su propio reflejo.

La última vez que estuvo aquí había venido a encontrarse con Jamie en la fiesta por el aniversario de la organización benéfica. Llevaba el cabello bien peinado, tacones y un mono nuevo, al que Isobel, compañera de Jamie, le había hecho un cumplido.

Ahora, Alice es capaz de imaginarse las pintas que debe de llevar: las mallas dadas de sí, las deportivas que ya debería jubilar, las uñas mordisqueadas, las ojeras, el pelo encrespado por la lluvia.

Le da vueltas la cabeza por todo lo que ha pasado en las últimas veinticuatro horas desde que Jamie se fue a la conferencia.

La policía poniéndose en contacto con ella por las amenazas y llevándose su ordenador.

Las fotos de Becca y la confirmación por su parte de que le prohíben hablar con ella.

Y ahora Jade queriendo desembuchar. Alice necesita hablar con Jamie desesperadamente, oírle decir que se equivoca, que hay una explicación lógica que ella ha pasado por alto.

Las puertas giratorias se detienen cuando Alice entra.

No recuerda haber empujado el cristal, pero obviamente ha hecho algo mal, pues se queda atrapada, y el guardia de seguridad con rastas tiene que venir a rescatarla.

Alice está de los nervios. Se disculpa. En el mostrador de recepción, la mujer parece sorprendida de que la molesten.

Es la típica hora en la que la mayoría de la gente ya se está yendo a casa.

– Hola. Vengo porque necesito ponerme en contacto con Jamie Rathbone. Soy su mujer. ¿Podrías confirmarme el nombre del hotel en el que se está hospedando, por favor?

La recepcionista parpadea. Lleva un extraño fular anudado a un lado del cuello, como si fuera una azafata de vuelo.

– Ayer por la mañana se fue a una conferencia – le explica Alice – . La organización debe de estar al tanto… Pero se dejó el móvil en casa, y parece que también ha tenido algún problema con el correo del trabajo.

– Entiendo – dice la recepcionista con un tono que sugiere justo lo contrario. Sus ojos se desvían hacia un lado, como si buscara a alguien que pueda decirle qué hacer con esta mujer tan rara.

– ¿El correo electrónico de la empresa funciona correctamente? – le pregunta Alice – . Pensé que quizá había algún problema informático o…

– Que yo sepa, no.

– Vale. Bueno, ¿alguien podría facilitarme los datos de contacto de donde se está alojando, por favor? De su hotel o del centro de conferencias… De cualquier sitio.

– ¿No sabe el nombre del sitio donde se está alojando?

– No – responde Alice con sequedad. «No soy ese tipo de mujer», le gustaría decirle a la recepcionista. «No le pregunto dónde se queda cuando se va por trabajo. No necesito saberlo porque confío en él».

La recepcionista duda un momento y luego parece llegar a la conclusión de que enviar un correo es la mejor solución.

– Un segundito.

Teclea algo, luego otra cosa. Las comisuras de sus labios pintados se curvan hacia abajo, como la cara de un dibujo animado.

– Ha dicho Jamie Rathbone, ¿verdad?

– Sí. Puede que figure como James.

– ¿Podría deletrearme el apellido, por favor?

Alice lo deletrea, reprimiendo un espasmo de impaciencia. Jamie es un alto directivo. El jefe de campañas, joder.

El pequeño surco de concentración entre las cejas de la recepcionista se acentúa.

– Voy a llamar a la oficina central – dice despacio – . ¿Podría sentarse un momento, por favor?

Alice se sienta en uno de los dos sofás de colores al otro lado de la recepción.

Cruza y descruza las piernas, mira por la ventana hacia la plaza de enfrente, los abedules plateados contra el cielo grisáceo.

Coge un ejemplar de la revista Third Sector , pero lo deja casi al instante.

Alice solo alcanza a ver la parte superior de la cabeza de la recepcionista, pero la oye hablar en voz baja con alguien por teléfono.

Luego hay una larga pausa, como si la otra persona estuviera hablando.

– Disculpe.

La recepcionista la llama. Alice se acerca.

– Lo siento, pero no hay ningún correo activo en nuestro sistema que corresponda con Jamie Rathbone – dice. Pronuncia despacio cada palabra de forma deliberada.

– Vale – dice Alice – . Eso… Eso es muy raro porque es el jefe de campaña de la organización benéfica. Es un puesto ejecutivo.

Alice intenta que la frustración no se le note en la voz, pero, teniendo en cuenta el silencio de la recepcionista, ella es la que suena completamente irracional.

– Vale, a ver, una cosa. ¿Podría hablar con alguno de sus compañeros de los altos cargos, por favor? ¿Con Richard, quizá? ¿Richard Jenning?

A Jamie no le cae bien Richard Jenning, el subdirector, pero cree que al menos podría explicarle lo que está pasando.

– Me temo que Richard Jenning tiene varias reuniones durante toda la tarde – responde la recepcionista sin perder el ritmo.

«Ah, claro – piensa Alice – . Así que Richard Jenning sí que sabes quién es».

Un chisporroteo de interferencias surge de la radio sujeta a la solapa del guardia de seguridad con rastas, haciendo que Alice dé un respingo.

– Pues con otra persona, entonces – dice Alice.

Se inclina por encima del escritorio de recepción y los ojos de la recepcionista se abren de par en par, alerta.

– ¿Tim Lockwood? ¿O qué me dices de la secretaria? ¿Belinda…? Belinda, eh… – Alice hace chirriar los dientes de frustración – . ¡Bright! Belinda Bright. ¿Podría…?

– A Tim le toca teletrabajo – dice la recepcionista – . Y parece que Belinda se ha cogido el día libre.

– Vale, ¿sabes de alguien que esté disponible?

– De nuevo, no tengo información al respecto – dice ella. Los ojos de la mujer se alzan fugazmente hacia el guardia, y Alice lo ve dar un pasito hacia ellas – . Siento no poder ayudarla, señora Rathbone – dice con suavidad – . Espero que consiga ponerse en contacto con su marido.

Alice capta el destello en su mirada de algo que está a medio camino entre la lástima y el desagrado.

«Esto es ridículo», piensa Alice. Seguro que se trata solo de un enorme malentendido o de un extraño error informático.

Y, sin embargo, hay algo en el ambiente entre ella, la recepcionista y el guardia de seguridad que no encaja.

Un chasquido procedente de más allá de los controles de seguridad hace que los tres desvíen la mirada hacia allí.

Aparece una mujer pelirroja con un vestido azul marino y deportivas, hurgando en su bolso, en busca de una tarjeta de acceso.

Alice se siente aliviada al instante: es Isobel…

¡La pobre Isobel! Isobel, que trabaja con Jamie, que esperó demasiado para empezar a intentar tener un bebé y sufrió un montón de abortos.

Alice coincidió con ella en algunos eventos de la organización.

Isobel lleva ahora el pelo distinto, mucho más corto, pero sin duda es ella.

Alguien a quien Alice conoce. Isobel es una balsa a la que puede aferrarse.

Alice levanta la mano a modo de saludo, intenta captar la mirada de Isobel. Pero ella pasa la tarjeta y atraviesa las barreras de cristal en un movimiento rápido, sin levantar la vista. Alice se fija en que lleva los auriculares puestos. Agita la mano con más énfasis.

Isobel alza la mirada.

– ¡Oh! ¡Alice! – Se quita un auricular, luego el otro – . Me alegro de verte – dice al cabo de un segundo.

– ¡Y yo a ti! – Y lo dice de todo corazón.

– Bueno, eh… ¿Qué te trae por aquí?

– Ay, nada, es una tontería. – Alice intenta quitarle hierro al asunto – .

Estoy intentando ponerme en contacto con Jamie.

Está en Escocia, en una conferencia, imagino que ya lo sabrás, pero se ha dejado el móvil en casa y ahora parece que tampoco le funciona el correo, y yo, que soy idiota, no le pedí que me apuntara los datos de su hotel ni nada, así que…

Isobel gira un auricular entre los dedos. Mira de reojo a la recepcionista. Alice se pone tensa.

– ¿Jamie?

– Sí – Alice esboza una sonrisa forzada – . Te acuerdas de mi marido, ¿no?

«Es tu puto jefe», le dan ganas de gritar. «¿Qué coño está pasando?».

Isobel vuelve a mirar a Alice, luego al guardia de seguridad y de nuevo a Alice.

– De verdad me alegro mucho de volverte a ver, Alice – murmura Isobel. Y, luego, sin mirarla a los ojos, se vuelve a colocar el auricular en la oreja y pasa junto a Alice, saliendo por las puertas giratorias.

Alice sigue a Isobel sin mirar atrás hacia la recepcionista. En el exterior vuelve a chispear, el cielo está plateado y el viento arrecia. Los jóvenes abedules tiemblan en sus pequeñas jaulas sobre la acera frente a la oficina.

Isobel no parece oír a Alice llamarla por su nombre. Desesperada, se apresura a alcanzarla y le toca el brazo. Isobel da un salto y se gira de golpe, como si se hubiera quemado.

– ¡Joder, Alice!

– ¡Perdón, perdón!

Alice levanta las palmas mientras Isobel se quita los auriculares y los guarda con cuidado en el bolsillo. La mira con recelo, como si fuera un animal salvaje.

– Lo siento – se disculpa de nuevo, sin aliento – . Solo… ¿Podrías decirme dónde está Jamie? Pasa algo raro con su correo, y con la página web, y la recepcionista se ha comportado de una forma muy extraña, y yo solo… – Siente que se le quiebra la voz – . Solo quiero saber dónde está.

– Deberías tener una conversación seria con Jamie, Alice – Isobel cambia el peso de un pie a otro, con los ojos suplicantes.

– Te he dicho que no consigo… Espera, ¿qué quieres decir? ¿Qué conversación, Isobel? ¿Qué está pasando?

– Dios mío – murmura entre dientes. Introduce las manos en los bolsillos del abrigo, mira hacia la acera y luego vuelve a levantar la vista hacia Alice, entrecerrando los ojos, como si la estuvieran obligando a mirar directamente al sol – . ¿De verdad no lo sabes?

Alice niega con la cabeza, al borde de las lágrimas.

– De verdad no lo sé – murmura – . Por favor, te lo ruego, Isobel. Cuéntame qué pasa.

Isobel mira detrás de Alice, hacia las puertas del edificio, y luego vuelve a clavar la vista en su rostro.

– Alice – dice – . Jamie no trabaja en Handhold desde… hace bastante tiempo.

– Claro que sí que trabaja en Handhold.

– No – replica Isobel – . Él ha estado… bueno, ha estado… de permiso. Desde hace bastante tiempo – Isobel habla despacio, con cuidado – . Entiendo que va a dejar la organización. O ya la ha dejado. Desconozco los detalles exactos.

– Eso es imposible – dice Alice. Pero el rostro de Isobel se ve tan afligido que sabe que está diciendo la verdad.

– ¿Qué…? ¿Qué pasó? – pregunta Alice, con la voz entrecortada.

Los ojos de Isobel se deslizan detrás de Alice, hacia las puertas otra vez.

– No puedo hablar del tema – murmura – . Ninguno puede. Por motivos legales. Nos han dicho a todos que no lo comentemos. Con nadie.

– Pero, seguro que…

– No, Alice – dice Isobel con firmeza – . Ya te he contado demasiado… Te he contado demasiado. Busca a Jamie. Habla con él.

Y con eso, se da la vuelta y camina con paso rápido hacia el metro, dejando a Alice boquiabierta en medio de la plaza.

Alice comprueba su teléfono, deseando haber recibido algún mensaje de Jamie por fin. Un mensaje de voz. Un correo electrónico. Pero no hay nada. El último mensaje en su WhatsApp es de Jade.

No, tienes que venir. Tengo que enseñarte algunas cosas. Si no, no me creerás. Por favor. Si no vienes ahora, me temo que será demasiado tarde.