Alice
Alice
De camino a casa, Alice es consciente de que el simple hecho de poner un pie tras otro le supone un esfuerzo sobrehumano.
Las losas beige y mugrientas de la estación de metro están resbaladizas y plagadas de huellas de barro.
Los viajeros la empujan. Chasquea la lengua cuando no consigue que el torno gire, y se queda sin aliento cuando las barreras se cierran de golpe contra sus costillas.
En la escalera mecánica, se aferra con fuerza al pasamanos e intenta pensar qué hacer y qué significa todo aquello.
Estaba tan ofuscada con Jade que su primer pensamiento fue que quizá había sido ella la que envió las amenazas desde el ordenador de su casa.
Pero esas fotos de Becca… De eso sí que no puede culpar a Jade.
Y ahora le acababa de confirmar que la obligaron a firmar algún tipo de acuerdo de confidencialidad que le impedía siquiera hablar con ella sobre lo que había pasado.
Alice vuelve a pensar en las fotografías.
En los documentos del escritorio de Jamie y en los cajones cerrados con llave.
¿De verdad su marido podría haber tenido una aventura con la niñera y luego obligarla a firmar un acuerdo para mantenerlo en secreto?
Le cuesta imaginarse a Jamie tramando algo así.
¿No tendría que haber algún abogado de por medio?
Son los abogados los que se encargan de ese tipo de cosas, ¿no?
¿Y de verdad Jamie había sido capaz de orquestar todo aquello sin decirle nada a Alice?
Mientras ve cómo pasan las estaciones de la línea Northern, se le ocurre un escenario alternativo.
¿Y si fuera Becca quien está detrás de las amenazas?
¿Y si utilizó su ordenador para eso, además de para enviar o almacenar fotos privadas?
¿No era habitual en los troles de internet que resultaran ser personas aparentemente tímidas, anodinas y poco expresivas, como Becca?
Personas con poca vida social, que carecen de valor para expresar sus sentimientos de amargura o inseguridad.
Una parte de Alice se siente culpable por pensar esas cosas sobre Becca, pero luego las fotos le vienen a la mente y se recuerda a sí misma que la niñera tiene otra faceta. Tiene que tenerla.
Alice simplemente no puede creer que Jamie haya tenido una aventura con Becca. Siempre le ha parecido que su marido sentía, como mínimo, indiferencia hacia la niñera. Y Becca… Bueno, Becca es sencillamente tan amable, tan dulce y tan sencilla.
Pero claro, Alice quería creer eso, ¿no?
Todo el mundo quiere creer que su marido nunca le sería infiel.
Que su propio juicio no está tan defectuoso como para haberse casado con un hombre dispuesto a acostarse con la niñera y como para haber contratado a una niñera dispuesta a acostarse con su marido.
Y, para más inri, ahora Jamie ha desaparecido de la faz de la tierra y no contesta al teléfono.
Mientras camina a casa desde la estación de metro, Alice mira la hora. Es casi mediodía. En menos de tres horas tendrá que salir a recoger a su hija del colegio. Necesita algo más de tiempo.
Alice llama a Yas al trabajo. Contesta al instante.
– ¿Alice? ¿Va todo bien?
– La verdad es que no – responde Alice con voz ronca.
– ¿Qué pasa?
– No puedo explicártelo ahora, Yas… Ha pasado algo muy raro y Jamie ha tenido que irse a una conferencia… – se queda en silencio – . Me preguntaba si podrías llevarte a Martha con vosotros. Puedo avisar al colegio.
– Claro que sí. Se lo diré a Rosa. Pero, Alice, suenas muy alterada… ¿Ha pasado algo más…?
– Me resulta de muchísima ayuda que te lleves a Martha a casa. Gracias, Yas.
Alice cuelga con un gesto rápido y acelera el paso.
Cuando llega a casa, Alice se sirve un vaso de agua, se lo bebe de un trago y lo vuelve a llenar. Saca dos ibuprofenos del blíster que guarda en el armario, se los mete en la boca y los englute.
Está desesperada por hablar con Jamie. ¿Por qué no le devuelve las llamadas ni le contesta los mensajes? Vuelve a marcar su número, pero la llamada termina en el buzón de voz una vez más. Le deja otro mensaje.
Esta vez oye algo, como un temblor, que viene de algún lugar de la casa. Un zumbido breve y ahogado. Como si acabara de llegar un mensaje a un móvil. Parece provenir de arriba.
Cuelga y vuelve a marcar el número de su marido, sosteniendo el móvil alejado de su oreja. Lo oye otra vez.
En el salón, el ruido es más fuerte. Viene del sofá. Alice quita los cojines, primero los pequeños y luego los grandes, y los amontona en la alfombra. Y entonces lo ve: el móvil de Jamie. Lo coge, ardiendo de frustración y enfado.
Ha dejado el teléfono en casa.
Cuando la ira se apacigua, Alice se sienta y se pone a pensar.
Si no lleva el móvil encima, no puede saber que ha estado intentando ponerse en contacto con él.
Por lo que no tiene ni idea de que ha entrado en pánico.
Debe de habérsele caído el móvil del bolsillo sin que se diera cuenta.
Sin él, Jamie debe de estar desesperado, pues seguramente los billetes de avión digitales deben de estar en su teléfono.
¿Cómo ha podido embarcar o pasar por seguridad?
Alice piensa en enviarle un correo electrónico.
Sí, va enviarle un correo. Tal vez se haya llevado el portátil de trabajo y esté revisando sus correos, esperando que a su mujer se le ocurra hacer eso.
A pesar de todo lo que está pasando, siente un alivio abrumador ante este único pequeño avance.
Alice abre su portátil. No ha recibido ningún correo de Jamie… Quizá tampoco se haya llevado el portátil. Escribe un correo escueto a la profesora de Martha para avisarla de que la niña se irá a casa de Yas junto a sus hijos. Luego le escribe un correo a su marido.
Hola, Jamie. Te has dejado el móvil en casa, imagino que ya te habrás dado cuenta. Tengo que hablar contigo. Es urgente. Llámame.
Escribe su número de teléfono por si no se lo sabe de memoria, aunque le resulte algo extraño de hacer con su marido. Envía el correo y se siente mejor automáticamente, con más control de la situación.
Recibe una respuesta en su bandeja de entrada. Pero no es de Jamie. Es un mensaje automático de error.
La dirección de correo electrónico no existe.
Alice abre la carpeta de correos enviados. Debe de haber escrito mal su dirección. Pero la revisa una vez, luego otra, y no encuentra ningún error. Es el correo del trabajo de Jamie…, la dirección que ha usado incontables veces.
Alice se queda mirando la neutralidad blanca de la pantalla.
Decide comprobar la página web de la organización benéfica, para ver si su correo aparece allí. Quizá lo haya cambiado sin avisarla.
Abre la página web de Handhold, clica en «Quiénes somos», y luego en otra pestaña que dice «Equipo directivo». Después clica en el departamento que Jamie dirige: «Recaudación de fondos y campañas».
Otro mensaje de error.
No se puede conectar con el servidor.
Alice golpea el portátil con frustración. ¿Y ahora qué? ¿Debería ir a su oficina y preguntarles qué narices está pasando?
El teléfono de Alice suena dentro de su bolso. Se abalanza sobre él, por si es Jamie. Por un instante cree que sí lo es.
Pero parpadea y lo lee correctamente. Es Jade.
Alice deja que la llamada suene, pero Jade vuelve a llamar. Y otra vez.
Finalmente, Alice contesta.
No oye nada.
– ¿Estás ahí?
Nada. La llamada se corta. Pero unos momentos después ve que se está escribiendo un mensaje.
No puedo hablar. Solo mensajes. ¿Puedes venir a casa?
Alice deja escapar algo a medio camino entre una risa y un grito.
Tienes que estar de broma.
Jade está escribiendo.
Lo siento. Debería haberte dicho que sabía quién eras. Te juro que si vienes te contaré la verdad. Te lo contaré todo sobre Ezra. Sobre quién era. Todo lo que quieras.
Alice se queda helada. Jade ha descubierto lo que quiere, y lo está usando para atraerla… ¿Con qué intención?
Alice escribe:
Aléjate de mí, Jade. Sé que viniste a mi trabajo. Sé que me has estado amenazando. Solo dime qué quieres y déjame en paz de una vez.
Jade está escribiendo.
Lo siento por todo eso. Por favor, ven esta noche. Te juro que te contaré la verdad y luego te dejaré en paz. Sé que debería habértelo dicho antes.
Alice responde furiosa:
¡Dímelo ahora!
Jade está escribiendo.
No, tienes que venir. Tengo que enseñarte algunas cosas. Si no, no me creerás. Por favor. Si no vienes ahora, me temo que será demasiado tarde.
Alice estampa el móvil contra el suelo por la frustración. Ni de coña piensa acercarse a Jade. Tiene que encontrar a su marido.