Alice
Alice
Alice nunca había ido al piso compartido donde vive Becca.
¿Por qué iría a casa de su niñera? La verdad es que nunca se había molestado en imaginar cómo sería.
Ahora, mientras recorre de un lado a otro las calles desconocidas de Archway, siente la cabeza embotada y pesada, mientras se maldice por haber sido tan estúpida y haberse pasado con el sauvignon blanc la noche anterior.
Cuando Martha se acostó, Alice se quedó sentada en la cocina con la botella de vino y llamó a Jamie por centésima vez. No dejó de saltar el buzón de voz.
– Llámame de una puta vez – fue todo lo que logró decir, prácticamente escupiendo las palabras.
Se limpió la boca con el dorso de la mano, dejó el tmóvil sobre la mesa de la cocina y volvió a llenarse la copa hasta que se acabó la botella. Jamie no le devolvió la llamada.
Ahora Alice tiene un dolor de cabeza insoportable. Necesita agua y un ibuprofeno. Y también tener la cabeza despejada, claro. Pero, lo más importante de todo: necesita encontrar a Becca.
Acelera el paso y sube por la empinada avenida que pasa junto a la estación.
Cruza por debajo del alto puente victoriano.
Las calles están inundadas de charcos por la lluvia que cayó anoche: una llovizna fina, casi como niebla.
Cada vez que uno de los autobuses rojos pasa rugiendo, una ola de agua gris invade la acera y amenaza con empaparla.
El móvil de Alice la guía hasta la dirección que busca. Es una casa adosada dividida en varios pisos. Ninguno de los timbres arañados tiene nombre, así que empieza por el de abajo y va subiendo. En el tercero, oye un chisporroteo y luego la voz de Becca.
– ¿Sí?
La familiaridad en todo aquello la descoloca por completo. Ha venido a preguntar por algo que todavía le cuesta creer que Becca haya podido hacer.
– Soy Alice.
– Oh.
– ¿Puedo entrar?
– Eh…, sí. Vale. Claro.
Alice empuja la puerta tras un zumbido, se limpia los zapatos en el felpudo mugriento y avanza por el pasillo estrecho y poco iluminado. Becca le abre la puerta.
– Pasa. ¿Nos sentamos?
Becca evita mirarla a los ojos. Le hace un gesto para que pase a un salón acogedor.
Hay dos sofás pequeños y disparejos, cubiertos por un revoltijo de cojines de colores, un par de mesitas auxiliares con lámparas y montoncitos de libros.
Detrás del televisor hay una planta de interior mustia, y en un hueco con estanterías pintadas se apilan unas velas perfumadas y varios libros de bolsillo con las páginas onduladas.
– ¿Te apetece tomar un té?
Parece que Becca prefiere dirigir la mirada hacia cualquier cosa menos hacia Alice.
– No, gracias.
Por fin Becca parece darse cuenta de la furia que desprende su voz. Se sienta frente a ella.
– ¿Va todo bien?
Alice sabe que, en cuanto lo diga, ya no habrá vuelta atrás. Las cosas entre Becca y ella jamás volverán a ser como antes. Sin embargo, se recuerda a sí misma que aquello no fue más que una ilusión. Sí, tiene que haberlo sido.
– He visto las fotos – dice Alice, sin andarse con medias tintas – . En nuestro ordenador.
El color abandona el rostro de Becca.
– Ay, no – murmura. Se levanta, le da la espalda y sumerge la cara entre las manos – . No, no, no.
Alice vuelve a quedarse descolocada por un instante y, enseguida, siente cómo se le eriza el vello. ¿Ni siquiera se digna a disculparse? ¿O a darle una explicación? ¿Por qué actúa como si fuera a ella a la que le ha sucedido algo horrible?
– ¿Cuánto tiempo lleva pasando?
– ¿Qué? – grazna Becca.
– ¡Que cuánto tiempo llevas acostándote con mi marido!
Las palabras de Alice salen cortantes, con una voz más dura y firme de lo que ella misma creía posible. A Becca se le queda la boca abierta.
– Alice, yo…
– ¡Dímelo! – Alice golpea con la palma la mesita auxiliar; la descarga de energía la recorre como una sacudida.
Becca se sobresalta y se echa hacia atrás.
– Alice – dice en voz baja – , no puedo hablar contigo sobre nada de esto.
Mueve los ojos de un lado a otro, como si buscara una vía de escape.
– ¿Qué? ¿Por qué no?
Becca aparta la mirada, con el rostro contraído por el dolor.
– Porque firmé algo. Un acuerdo.
– ¿Un acuerdo? ¿De qué narices estás hablando?
Becca se da la vuelta y se dirige hacia la cocina. Alice se fija en que le tiembla la mano cuando coge un vaso del escurridor y se pone a llenarlo en el fregadero.
– ¿Te refieres a algún tipo de acuerdo de confidencialidad?
Becca sorbe por la nariz.
– Ni siquiera sé si lo puedo decir – suelta de sopetón – . Se supone… Se supone que no podemos hablar. Tú y yo.
Alice la mira fijamente. Nada de lo que dice tiene sentido.
– ¿Qué quieres decir?
– No tenía otra opción – dice en voz baja – . Tuve que aceptarlo.
Alice aprieta los dientes. Oye la lluvia golpeando el tejado, cada vez con más fuerza.
– ¿Me estás diciendo que Jamie te hizo firmar un acuerdo de confidencialidad?
Becca guarda silencio. La ira estalla en el pecho de Alice. Está harta de que la mantengan al margen de todo.
– Entonces enséñamelo – espeta – . Ese acuerdo…, o lo que sea. Déjame verlo.
Becca hunde los hombros, abatida. Se gira hacia Alice, con los ojos anegados en lágrimas.
– No puedo enseñártelo – dice – . Y tampoco puedo hablar del tema. De hecho, no puedo hablar contigo y punto. Por favor, Alice… Tienes que irte.