Alice
Alice
– ¿Dónde está papi?
Martha tiene la boca llena de cereales, su expresión desprende más curiosidad que preocupación.
– Papá tiene que ir a una conferencia de trabajo esta semana – le dice Alice – . ¿te acuerdas?
Martha la mira.
– ¿Qué es una confianza?
– Conferencia. Es cuando las personas se reúnen y hablan sobre cosas relacionadas con el trabajo, intercambian ideas y cosas así.
– ¿Como cómo ayudar a las personas cuando están enfermas o no tienen suficiente dinero, como hace papá?
– Exacto. Justo eso.
Alice se inclina y limpia la leche alrededor de la boca de Martha, que hace una mueca.
– Tu papá es un buen hombre.
Alice no está segura de por qué añade esa última parte. Martha también parece insegura. La mira con curiosidad, de esa manera que hacen los niños cuando el mundo no tiene sentido.
A Alice le desagrada la sensación de haberse distanciado de Jamie.
Cuando repasa todo lo que dijo sobre las cerraduras de los cajones de su escritorio, la contraseña del ordenador y el contrato de Becca, debe admitir que todo suena bastante lógico.
Fue ella la que pareció una persona irrazonable, incluso paranoica.
Quizá Jamie tenga razón y no está viendo las cosas con claridad. Quizá sí necesita hablar con alguien.
Después de dejar a Martha en el colegio, regresa a su cocina.
Coloca las llaves en el gancho junto a la puerta, se prepara un café y se pone a cargar el lavavajillas, evitando, como siempre, el lugar donde cayó el cuerpo de Ezra.
El lugar donde la sangre se extendió desde su cabeza.
Cuando oye un ruido en el exterior, se sobresalta y se sujeta de la encimera, pero enseguida se da cuenta de que solo es la sirena de la policía.
Nada raro en esa zona. Alice se cabrea consigo misma por estar tan nerviosa.
Decide enviarle un mensaje a Jamie.
Que tengas un buen vuelo. Llámame por la noche. Te quiero.
Espera que suene lo suficientemente conciliatorio. En cuanto lo envía, se fija en que tiene una llamada perdida y un mensaje de voz de Barnes. Le devuelve la llamada inmediatamente.
– Ay, hola, Alice – dice – . Dame un segundo, deja que cierre la puerta.
Alice oye el sonido de la puerta cerrándose.
– Quería hablarte sobre los comentarios que me pediste que investigara.
Alice siente cómo se le revuelve el estómago.
– Voy a enviar a unos agentes a tu casa – dice Barnes – . Dentro de una hora, ¿vale? Tengo que echarle un vistazo a vuestro ordenador.
– ¿A nuestro ordenador? ¿Por qué?
Barnes duda.
– La dirección IP apunta a que los mensajes amenazantes fueron enviados desde el ordenador de vuestra casa.
– ¿El ordenador de nuestra casa? – Alice cree haber oído mal – . ¿Quieres decir que se publicaron desde nuestra casa?
– Eso es lo que sugiere la información a la que hemos tenido acceso.
– Pero eso no tiene sentido.
Barnes no dice nada. Se instala un silencio incómodo.
– Los chicos llegarán tan pronto como puedan – dice con amabilidad – . No te preocupes. Son agentes especializados en informática, así que están capacitados para llegar al fondo del asunto.
Alice traga saliva.
– Vale – dice – . Gracias.
Alice enciende el ordenador que tienen en el despacho de Jamie y espera a que cargue, tiempo que se le hace sorprendentemente largo. Se sienta para escribir la contraseña, pero recuerda que aún no sabe la nueva.
– Mierda.
Alice intenta llamar a Jamie por tercera, o puede que cuarta, vez.
Las llamadas van directas al buzón de voz.
Todavía debe de estar en el avión o de camino a algún lugar sin cobertura.
Le envía un mensaje por WhatsApp preguntando por la contraseña.
El mensaje se envía, pero los tics no se vuelven azules. No lo ha leído.
Mira la pantalla durante un rato, pero el color no cambia.
Los agentes llegan más o menos media hora después para llevarse el ordenador. Van vestidos de paisano y parecen más técnicos que policías. Uno de ellos se pone un par de guantes de polietileno azules, como si el despacho de casa fuera algún tipo de escena del crimen.
– Lo siento mucho – dice – , pero no me sé la contraseña.
El más joven la mira.
– ¿No te sabes la contraseña del ordenador de tu casa?
– Es que es de Jamie. Mi marido.
– ¿No puedes preguntarle a él?
– Me acabo de dar cuenta de que la ha cambiado – balbucea – . He intentado llamarlo, pero creo que está en el avión…
Se queda en silencio. El técnico ya se ha dado la vuelta, se ha sentado en la silla de Jamie y conecta una memoria USB al ordenador.
– No te preocupes. Tengo un software que puedo ejecutar.
Momentos después, la pantalla de inicio desaparece y el hombre empieza a trabajar en el ordenador, cosa que provoca que Alice se sienta incómoda.
– Si no es mucha molestia… – dice – , antes de que te lo lleves, ¿puedo hacer una copia de las fotos de mi hija?
Todas las fotos que Alice tiene de Martha están en este ordenador. Absolutamente todas las fotos de cuando era bebé. El hombre se queda estático, luego desvía la mirada hacia su superior.
– No me importa nada más de lo que pueda haber ahí – añade – . No borraré nada. Solo quiero copiar las carpetas de fotos a una memoria USB. – Mira al hombre, luego a su superior, y de nuevo al hombre – . Puedes ver cómo lo hago – insiste – . O… ¿hacerlo tú por mí?
– Vale – dice el técnico – . Yo lo haré. Dime qué carpetas son y haré una copia. Solo dame tu USB.
– Gracias – dice Alice.
El hombre vuelve a centrarse en su tarea y Alice se queda detrás de él. Saca una memoria USB de su bolso de trabajo.
– Si abres la carpeta de imágenes, verás que solo son fotos de mi hija.
El hombre clica en «Imágenes» y Alice descubre que Jamie las ha categorizado con sumo cuidado: primero por cada año de la vida de Martha, y luego en subcategorías. «Rye 2019». «Navidad 2020». «Empieza el cole».
– ¿Esta también la quieres?
El agente señala una carpeta que se llama «BC» y que está separada de las demás.
– No lo sé – dice ella – . ¿Puedes abrirla?
– Claro.
Clica y la pantalla se llena de imágenes.
El cuerpo de Alice reacciona antes que su cerebro: la respiración se le entrecorta, gira el rostro, incluso antes de entender por qué se está apartando o por qué se le ha ido todo el aire de los pulmones.
Parpadea una vez, luego otra, como si tuviera que adaptar la vista.
Sin embargo, las fotografías siguen así.
Unas imágenes que no deberían estar entre las cuatro paredes seguras de su casa, donde duerme su hija.
Unas imágenes que no pueden estar de verdad en el ordenador que Martha usa para sus deberes.
Un tipo de imágenes que Alice nunca enviaría ni recibiría, y que no puede creer que su marido, su Jamie, haya solicitado o mirado jamás.
– ¿Estás bien?
A Alice le da demasiada vergüenza mirar a los agentes a la cara, comprobar sus reacciones.
¿Están horrorizados? ¿Avergonzados? ¿Les hace gracia?
¿Sonríen con suficiencia? No lo sabe y no soporta la idea de averiguarlo.
Se acurruca en un rincón de la habitación.
Le preguntan si necesita algo, y ella solo niega con la cabeza.
Así que, al final, simplemente continúan con su trabajo: guardan el ordenador y el teclado en unas cajas.
Cuando terminan, se despiden y se van. Dejan la memoria USB con las fotos de Martha sobre el escritorio.
Más tarde ese mismo día, de algún modo Alice consigue cumplir con la rutina de recoger a Martha del colegio y preguntarle cómo le ha ido el día y qué ha comido.
Prepara la cena más sencilla que se le ocurre y deja que una encantada Martha se la coma frente a la tele, mientras ella aprovecha para tomarse tres ibuprofenos con una copa inmensa de sauvignon blanc .
Consigue comportarse con normalidad durante todo el baño de Martha, el cepillado de dientes y la lectura de cuentos antes de dormir, aunque las imágenes sigan parpadeando en ciertas partes de su conciencia.
No hay nada que Alice pueda hacer respecto a que la policía haya visto las fotos.
Sabe que revisarán esa carpeta, como revisarán todo lo demás.
¿Les preocupará ese material? Después de todo, no es ilegal tener una aventura, ¿no?
No son el tipo de fechorías de las que se hace cargo la policía.
Son problemas de los que se tiene que encargar la mujer a la que han hecho daño.
En cuanto Martha ya está en la cama, Alice sabe que debería ponerse a recoger los juguetes, limpiar la cocina y prepararse algo para cenar.
No obstante, se da cuenta de que no es capaz.
Así pues, se dirige al despacho de Jamie y, antes de darse cuenta, vuelca su estúpido escritorio con los cajones cerrados a cal y canto, rompiendo la lámpara y volcando una mesita auxiliar en el proceso.
Y luego se sienta en el sofá, llorando desconsoladamente.
Porque se siente estúpida… y porque no la ha ayudado a sentirse mejor.
Si acaso, se siente peor todavía. Nada puede detener los detalles repugnantes que siguen surgiendo en su mente sin permiso.
La tira del sujetador deslizándose por el hombro; el pezón color arcilla, atrapado entre el índice y el pulgar; la mano colándose bajo la ropa interior; la boca húmeda, los labios brillantes entreabiertos.
Los ojos que conoce casi tan bien como los de una hermana. Porque sí, Becca es casi como una hermana pequeña para ella.
O al menos, lo era. Ahora, Alice ya no sabe qué es Becca.