El extraño Alice
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Alice

Alice

Cuando regresa de recoger a Martha del colegio, Jamie ya está en casa.

– Hola – dice desde lo alto de las escaleras – . Estoy preparando las cosas para el viaje.

– Vale – responde Alice.

Siente un nudo de ansiedad porque Jamie se va y la deja sola. Vuelve a pensar en el anuncio de la bolsa de viaje de Becca. En las extrañas cerraduras que ha puesto en el despacho. En la foto de él con Clara, la chica que desapareció.

En cuanto acuesta a Martha, Alice espera a Jamie en la cocina. Cuando baja de puntillas por las escaleras, le llama la atención la mala cara que tiene. Además, tiene los ojos hinchados. ¿Habrá estado llorando?

– ¿Estás bien? No tienes buena cara.

– Voy a echar de menos a Martha – murmura con pesadez – . Eso es todo. Os voy a echar de menos a las dos.

Su voz está cargada de tristeza. Alice observa a su marido de una forma que no había hecho desde hacía tiempo. Las sombras bajo sus ojos, el patrón desigual de barba que se extiende por su barbilla. No es propio de él haber ido al trabajo tan desaliñado.

– Nosotros no tenemos secretos, Jamie – dice Alice finalmente – , ¿verdad?

– Por supuesto que no – responde, con los ojos abiertos como platos – . ¿Por qué…?

Alice lo interrumpe.

– Sé que no ha sido fácil tratar conmigo desde el allanamiento – dice, levantando la mano hacia él para pedirle que la deje terminar – . Pero, Jamie, si estuviera pasando algo malo en nuestra vida, me lo dirías, ¿no?

Jamie mueve una silla con cuidado usando ambas manos, y luego se sienta a la mesa con lentitud, frente a Alice, sin apartar la mirada de ella.

– Jamás tendría secretos contigo – dice con calma – . Lo sabes de sobra.

– ¿Ah, sí?

Jamie abre los ojos de par en par.

– ¿Qué insinúas?

– Has cambiado la contraseña del ordenador de la casa sin consultármelo. ¿Por qué?

Jamie parpadea.

– ¿Qué? – dice, echándose a reír – . ¿Eso es lo que te preocupa? La contraseña había caducado y me pedía que pusiera una nueva, eso es todo. La escribí en algún sitio… Luego te la doy. Lo siento, no le di más vueltas porque pensé que siempre utilizabas tu portátil. ¿Eso es lo único que…?

– No – suelta Alice – . No es lo único. – Siente cómo empieza a tambalearse, la convicción esfumándose de su voz – . ¿Qué me dices del contrato de Becca? ¿Por qué estaba encima de tu escritorio?

– ¿El contrato de Becca? – Jamie frunce el ceño – . Fue ella la que me pidió que lo imprimiera… Creí que quería enseñarlo en alguna entrevista, si es que está buscando un trabajo parecido.

Alice se queda en silencio, pues tiene todo el sentido del mundo.

– Vale. – Alice se muerde el labio – . Pero ¿por qué de repente hay cerraduras por todas partes, Jamie?

– ¿A qué te refieres con «por todas partes»?

– En todos los cajones de tu escritorio, por ejemplo.

– Solo estoy andándome con ojo en lo que respecta a la seguridad – dice, su voz desprende una pizca de exasperación – .

Te conté todo esto el otro día… Me queda claro que no me estabas escuchando.

Las llaves de los cajones están en mi llavero.

Puedes abrirlos siempre que quieras… Solo hay cosas relacionadas con mi trabajo.

Alice duda.

– Entonces… ¿no tiene nada que ver con… con aquella chica que desapareció en África? ¿No me estás…? – Alice inhala con fuerza – . ¿No me estás… ocultando algo sobre eso?

Jamie la mira, con una expresión perpleja en el rostro.

– ¿Qué? ¡No! Ya te lo he dicho… Eso pasó hace años.

– Sacude la cabeza con incredulidad – . Las cerraduras…

, solo me pareció sensato instalarlas. Después del robo, me necesitabas en casa, así que me traje muchos documentos del trabajo.

Y ya sabes, Martha entra en el estudio a veces, Becca siempre andaba por ahí para cargar su teléfono…

– Hace una pausa – . Simplemente pensé que debía ser un poco más cuidadoso con los documentos confidenciales…

Ya sabes, usuarios vulnerables, la protección de datos y todo eso.

Así que sí, guardo bajo llave los documentos relacionados con mi trabajo.

Se queda en silencio unos segundos, luego añade:

– Eso es lo único que hago en mi despacho, por cierto. ¡Es lo único que he hecho siempre: trabajar!

– Vale, vale – susurra Alice. Aún no ha terminado.

Saca la imagen que encontró en el equipaje de Becca – .

Cuando estaba limpiando la habitación de invitados, encontré esto entre el equipaje de Becca.

– Gira el papel y se lo acerca arrastrándolo por la mesa – .

Me pareció raro. ¿Alguna idea de por qué podría tenerlo?

Jamie mira la imagen, luego la agarra de golpe y empieza a agitarla en el aire, alterado.

– ¿Lo ves? – grita – . A esto me refería. No quiero que ella ni nadie hurgue entre mis documentos del trabajo. ¡No tenía ningún derecho a tener esto en su cuarto!

A Alice le pilla de improvisto su reacción.

– Bueno, tampoco es que sea nada confidencial, ¿no? Es solo aquella campaña publicitaria que hicisteis hace un par de años…

– Eso da igual. Este es precisamente el motivo por el que instalé las cerraduras. – Jamie se pone de pie y se dirige hacia la nevera, con el papel todavía entre las manos – . ¿Sabes qué? – dice, abriendo la puerta de la nevera – . En parte me alegro de que se haya ido.

Saca una lata de cerveza y tira de la anilla para abrirla con excesiva fuerza, todavía sosteniendo el papel en la otra mano.

– ¿Quién? ¿Becca?

– Sí, Becca. Es muy joven. Y muy inmadura, ya puestos. Llevo un tiempo bastante descontento con ella.

Alice nunca había oído a Jamie hablar de Becca de esta manera tan extraña, como si no fuera más que una gestión. Siente que debe recordarle que ha formado parte de su familia y que nunca fue solo una empleada.

– Sí, creo que estamos mejor así. Mucho mejor así. Solo los tres. – Es como si Jamie hablara consigo mismo ahora, en lugar de con Alice.

Alice se ha dado cuenta de que Jamie no deja de repetir ese mantra últimamente.

Sin embargo, ¿de verdad es eso cierto? La mayoría de las personas que conoce tienen hermanos, familiares que cuidan de ellos y que les echan un cable.

Viejos amigos que van a su casa y se quedan a pasar el fin de semana.

¿De verdad es algo positivo que Jamie y ella tengan tan pocas personas en su vida?

Aparte de la tía Sarah, con quien su relación es, en el mejor de los casos, tensa, ¿a quién más podría recurrir Alice si algo saliera mal?

Jamie está ahora junto a la encimera, vertiendo la cerveza en un vaso. Desde su posición no puede verle la cara.

– ¿Sabes qué? – dice de repente – . He estado pensando, Alice, que ahora que vas a pasar una temporada sin ir a trabajar, quizá deberías ver a alguien. Para hablar sobre cómo te sientes.

Alice se tensa.

– Esto no tiene nada que ver con lo que pasó – replica.

– Ah, vale. Vale. – Deja escapar un pequeño resoplido, como si se estuviera aguantando la risa.

– ¡Que no tiene nada que ver! – Alice siente un destello de ira.

Jamie da un sorbo, luego deja el vaso sobre la encimera y se da la vuelta para mirarla, secándose la boca con el dorso de la mano.

– Cariño – dice con delicadeza – . Sí que tiene que ver. Nunca has actuado de esta forma.

– ¿De qué forma?

– Bueno, lo siento si suena mal, pero… solías ser una persona racional, Alice.

– Jamie lucha por no dejar que la exasperación se note en su voz – .

Ahora es como si vieras conspiraciones por todas partes.

Es decir, ¿por qué creerías que está pasando algo terrible solo porque instalé una cerradura en el cajón o cambié una contraseña?

¿Por qué buscas artículos de noticias sobre lo que sucedió hace años en mi antiguo trabajo?

¡Por Dios, Alice! ¡Llevamos seis años casados! ¿Acaso no confías en mí?

– Claro que confío en ti. ¡No seas tan dramático, Jamie! Y lo siento, pero me parece raro… Todas esas cerraduras en tu despacho, que cambies la contraseña…

– Alice, si hay alguien que se comporta de forma extraña aquí, esa eres tú, no yo – estalla Jamie – .

Ir a ver a la familia de Ezra, mentir sobre tu identidad…

¿Eso sí que te parece un comportamiento normal?

– Jamie deja caer la cabeza entre las manos y se frota las cuencas de los ojos con las palmas – .

De verdad, me gustaría que fueses a ver a alguien.

– Por millonésima vez: no lo necesito – dice Alice, chirriando los dientes.

– Pues yo creo que sí – Jamie suspira – . Si no, siento que nunca va a terminar…

– ¿Qué no va a terminar?

Jamie abre los ojos de par en par por la incredulidad.

– ¿Hablas en serio? ¡El allanamiento! Estás obsesionada con eso, Alice. Obsesionada con la idea de que hay algún trasfondo loco e increíble que te hará sentir menos culpable. Que haya algo que, de alguna manera, le quite peso al hecho de que lo mataste.

Alice oye su propio respiro agudo. Se queda sin aliento. Deja la boca entreabierta, pero no tiene respuesta para Jamie.

– Pero ¿sabes qué, Alice? – insiste él, señalándola con el dedo, la furia hirviendo en su voz – . En algún momento tendrás que enfrentarte a ello. Nadie más tiene la culpa, Alice. Tú mataste a Ezra.

Jamie empuja la silla en la que estaba sentado de nuevo bajo la mesa.

El chirrido resuena con fuerza en el silencio de la cocina.

Coge el anuncio y lo hace una bola con las manos, luego lo tira al contenedor de reciclaje con una fuerza que hace que Alice se estremezca.

Después sube a la habitación sin añadir nada más.