El extraño Becca
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Becca

Becca

Tres semanas después del allanamiento

– He dicho que no – dice Becca – . Me niego a volver a hacerlo. No sé cuántas veces tengo que decir que no.

Becca juega con un mechón de pelo entre los dedos. Las puntas están abiertas. Cada vez se siente más como si los bordes de sí misma se estuvieran deshilachando.

Creía que había dejado claro que no quería seguir involucrada.

Pero ella parecía no querer aceptar un no por respuesta.

Era tan intensa con el tema…, como si hubiera sido la que había salido perjudicada o a quien le había pasado algo malo, en vez de a la propia Becca.

Y, sinceramente, ¿qué narices le importaba a ella, o a cualquier otra persona?

Había intentado escucharla, hacer lo que decía que era lo correcto…

Una única vez. Y mira adónde las había llevado a las dos.

– Entiendo tu reticencia – dice la voz al otro lado de la línea – . Pero tienes que entender que esto ya no solo te concierne a ti. Y, te guste o no, Becca, también estás involucrada. Lo sabes de sobra.

Becca oye un crujido arriba. Alice se mueve, quizá se dirija a la cocina. Tiene que ponerle punto y final a esta historia. Tiene que quitarse a esta persona de encima como sea. Camina hasta la ventana que da al sótano, el punto más alejado de las escaleras.

– No. Te he dicho que no.

Becca se vuelve a enrollar un mechón de pelo alrededor del dedo.

– Sé que ninguna de las dos pretendía que las cosas salieran como han salido, pero ya no hay vuelta atrás, Becca. Y ahora la única manera de terminar con esto es acabar lo que empezamos.

Becca siente cómo empieza a sudar.

– Mira, ni siquiera… No puedo hablar ahora.

Empieza a arrancarse una cutícula. Lo hace desde que era adolescente, cuando se siente estresada o nerviosa. Últimamente lo hace con más frecuencia. El pelo, las uñas, los puños de sus jerséis. Tira de partes de sí misma, hasta que se deshacen.

– ¿Por qué?

– ¡Porque estoy aquí ahora mismo! ¡Se supone que estoy trabajando!

– ¿Te refieres a que Alice está ahí contigo?

– Sí – responde Becca, bajando un poco la voz – . Claro que está aquí. Está en casa. Está arriba.

Becca oye un movimiento en las escaleras. No se atreve a mirar atrás, pero puede sentir que Alice se acerca, como un animal percibe un peligro conocido.

– Tengo que dejarte. Esto se ha acabado, ¿me oyes? No me vuelvas a llamar.

Becca cuelga, presionando la pantalla del móvil con el pulgar pegajoso. Respira hondo, guarda el teléfono en el bolsillo y se seca el sudor de las palmas. Detrás de ella, escucha a Alice aclarándose la garganta.

– Oye, Becs – dice – . ¿Va todo bien?