Alice
Alice
Más tarde esa noche, Jamie está preparando curri. El arroz burbujea en la olla, y lleva un paño de cocina colgado del hombro. Martha está a su lado, subida a un taburete.
– Así, cariño – dice Jamie – . Solo queremos las hojas. Puedes quitarlas por mí. Así.
Jamie le muestra a Martha cómo separar las hojas del cilantro y ponerlas en un cuenquito. Ella empieza a hacerlo, dejando caer algunos tallos al suelo.
– Muy bien, Martha – dice Alice, de manera poco convincente.
Se dirige a la nevera, se sirve una copa de vino y se sienta a la mesa de la cocina, donde Jamie ha extendido muchos más folletos de seguridad.
– ¿Y todo esto? Jamie…, ¿más?
– Sí. Ahora hay una cámara en la parte de atrás, además de la del frente – dice Jamie mientras mira a su alrededor – . Esta semana me voy a esa conferencia en Escocia, así que quería dejarlas instaladas antes de irme.
Alice hace una mueca.
– ¿Es esta semana?
Jamie había mencionado que tenía que irse a una conferencia, pero no le había prestado demasiada atención.
Martha enseguida se cansa de la tarea del cilantro y se va a su habitación.
Alice ocupa su lugar y se apoya en la encimera.
Jamie enciende el fuego bajo una sartén con aceite de sésamo y añade cebollas y pimientos picados.
Una columna de vapor se eleva bajo los focos.
– ¿Puedo preguntarte algo? – dice Alice.
– Claro.
Alice respira hondo.
– ¿Te acuerdas de la chica que desapareció en África?
A Alice le parece que las manos de Jamie se quedan inmóviles sobre la sartén, luego continúa removiendo las verduras sin levantar la vista.
– Clara – dice.
– Creo que nunca me habías dicho su nombre.
Jamie ahora alza la mirada, sintiendo su tono acusatorio.
– ¿Por qué me preguntas por ella?
– Por nada. Alguien me preguntó sobre tu trabajo y…
– ¿Quién te preguntó eso?
A Alice le pilla de improvisto la amargura que desprende su voz.
– Una madre del cole – responde.
– ¿Quién?
– ¿Qué importa eso?
Jamie introduce la pasta de curri en la sartén. Chisporrotea y salpica. Su marido baja el fuego.
– Esa conversación me hizo pensar – dice Alice – , y me di cuenta de que nunca te he preguntado nada sobre ella. ¿Erais amigos?
– No especialmente – responde con ligereza – . Yo estaba destinado en Arusha y ella estaba más al norte, en un pueblo llamado Ngaramtoni, donde estuvimos una vez instalando un pozo. Solo la veía de vez en cuando, cuando bajaba a la ciudad.
– Pero subisteis juntos al Kilimanjaro, ¿no?
Él se detiene un segundo, luego sigue removiendo.
– Sí, pero como parte de un grupo grande – dice.
– ¿Y también estuviste en la acampada de Año Nuevo donde desapareció?
Jamie se gira hacia ella. Suspira y baja el fuego para poder concentrarse en su mujer. Se cruza de brazos.
– ¿Qué quieres saber, Alice?
– Solo me preguntaba cuán cercanos erais.
– No teníamos una relación cercana.
– Entonces… ¿nunca pasó nada entre vosotros?
El rostro de Jamie se contorsiona.
– ¿Qué? ¡No! Para empezar, era muchísimo más joven que yo…
– Yo soy más joven que tú – dice Alice, tranquila.
– Vale, sí, pero… No, Alice. No pasó nada entre nosotros.
Hicimos la ascensión al Kilimanjaro como parte de un grupo…
Todo el mundo lo hacía así porque salía más barato.
Clara no era mi amiga. Solo era una chica pija, que estaba de año sabático y decidió vivir la experiencia de voluntariado.
Incluso para su edad, era muy joven, ¿sabes?
Muy ingenua. Lo cierto es que era demasiado joven para estar haciendo lo que hacía.
Ese era el problema: los jóvenes que venían de año sabático eran un completo desastre, sin excepción.
No estaban a la altura. Después de lo que ocurrió con ella, dejaron de destinar a cualquiera menor de veintiún años a Tanzania. La situación los sobrepasaba.
Alice se muerde el labio.
– Escribiste unas palabras muy bonitas sobre ella para su homenaje.
Jamie levanta la vista.
– ¿Cómo lo sabes?
– Se publicó un artículo en el periódico sobre la ceremonia conmemorativa. Está en internet. Dijiste que había sido una inspiración para todos.
Jamie suspira.
– Eso era para la familia, Alice – murmura – . Tenía que decir algo. Era lo que se esperaba de mí. Le pedí a sus amigos que me ayudaran a escribir algo bonito. ¿Es tan terrible? – Se frota un ojo – . ¿De verdad tenemos que hablar de esto?
– ¿Por qué no quieres?
Se encoge de hombros.
– Porque fue hace muchísimo tiempo. Fue muy triste, y difícil y… porque estoy cansado. ¿Vale, Alice? Estoy muy muy cansado.
De hecho, sí que parece exhausto. Tiene el rostro pálido, casi grisáceo. Se ha dado cuenta de que últimamente Jamie no duerme mucho. Cuando ella se despierta por la noche – desde el allanamiento suele tener pesadillas – , a menudo tiene la sensación de que él también está despierto.
– Vale – dice Alice – . Lo siento.
Lo rodea con los brazos.
– Solo… ¿Va todo bien, maridito?
– Estoy bien, cielo. – Jamie la envuelve en un abrazo grande, apoyando la barbilla sobre la coronilla de su cabeza – . Solo estoy harto.
– ¿Del trabajo?
– Ajá.
– Eso no es bueno.
Alice se acurruca contra él.
– ¿Puedo hacer algo por ti?
– No. Estoy bien. Solo necesito dormir… – Jamie la aprieta un poco contra su cuerpo, le da un beso en el pelo y luego se aparta – . Vamos a cenar, ¿te apetece?
– Sí. – Alice alza la vista hacia su rostro – . Lo verás todo más claro por la mañana.
Esa es una frase que solía decirle la tía Sarah. No está segura de por qué lo ha dicho, pues sabe que eso no siempre se cumple.
Jamie no habla mucho durante la cena. Musita algo sobre estar cansado y se va a la cama temprano.
Mientras carga el lavavajillas, Alice oye unos pasos en el exterior.
Siempre se oyen pasos en la acera, pero estos son diferentes.
Suenan más cerca. Alza la vista con brusquedad hacia la ventana del sótano que da a Stonebridge Gardens, y está convencida de que ve el destello de un movimiento en el borde de la ventana.
El pulso de Alice se acelera.
– ¿Jamie? – grita.
Su marido baja de inmediato, vistiendo unos pantalones de chándal, una camiseta y unos calcetines. Se encuentra con él en el descansillo de la planta baja. Parece estar muy alerta.
– Me ha parecido oír a alguien afuera – jadea ella.
– Quédate aquí.
Jamie abre de golpe la puerta principal. Ahí no hay nada. Alice observa cómo suben y bajan los hombros de Jamie. Jadea, como si hubiera estado corriendo. Se siente culpable por haberlo asustado de ese modo. Por haberlos asustado a los dos.
– Lo siento – murmura Alice.
Debe de haber sido alguien que paseaba a su perro, o un par de personas tambaleándose al volver del pub . Y, sin embargo, su mente se dirige directamente a Jade. A la imagen de ella empujando a su propia madre frágil por los escalones de piedra de la urbanización.
Jamie la mira, preocupado.
– ¿Quieres que me quede aquí contigo hasta que subas?
Su pulso se ralentiza un poco y la adrenalina se transforma en inquietud. Antes se sentía tan segura en esta casa. Pero se da cuenta de que ahora no. Ya no.
Alice niega con la cabeza.
– No, no te preocupes.
Alice recuerda, con cierta inquietud, que pronto se irá a esa conferencia, por lo que tiene que acostumbrarse a estar aquí sola.
Jamie se va a la cama y Alice baja de nuevo, y se prepara una infusión de hierbas para calmar los nervios.
Mientras hierve el agua, deambula por la cocina, mirando las fotos en las paredes; esas a las que ha dejado de prestar atención, pues pasa muy a menudo por delante de ellas.
Antes tenían fotos de todos los lugares que habían visitado, pero ahora la mayoría han sido reemplazadas por imágenes de Martha: Martha con su primera puesta sobre la mantita de bebé con pompones; Martha en un triciclo en los jardines frente a su casa, con dos años; Martha en las dunas de Camber Sands, sus piernas gorditas asomando de los pantalones cortos acolchados, una inmensa sonrisa en el rostro y un cielo azul de fondo.
Becca fue la que hizo la mayoría de las mejores fotos de Martha, pues siempre ha sido mucho mejor fotógrafa que Alice.
La única que queda de antes de Martha es una foto en blanco y negro de su boda: Jamie y Alice bailando en la recepción en el Narrowboat, con guirnaldas y luces colgando sobre ellos.
Alice lleva el vestido de novia de seda blanca que había elegido en aquella tienda pija de Islington, junto a Yas y la tía Sarah.
En la foto, parece tan liso y brillante como el agua.
Alice tiene la cabeza echada hacia atrás mientras bailan, las mejillas arrugadas de tanto reír, y el rostro de Jamie enterrado en el hueco de su clavícula.
Alice eligió esta foto para enmarcarla principalmente por lo inusualmente preciosa y feliz que se la ve: nunca se ha planteado si es una foto en la que Jamie sale bien.
De hecho, no lo es. Su expresión parece de felicidad, pero realmente no se puede distinguir por la línea de su rostro.
Podría estar sonriendo, pero también podría estar haciendo una mueca.
La mayor parte de su cara está en la penumbra.
En esta foto, su marido podría ser cualquier persona.