El extraño Alice
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Alice

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Alice está sentada en la biblioteca local con el termo de té sobre el escritorio, junto al enchufe ubicado al lado del radiador.

Ha venido prácticamente todos los días desde que la suspendieron, fingiendo que todavía tiene un propósito y una rutina más o menos en su vida.

Alice teme por su propia salud mental sin la distracción del trabajo, y está segura de que empezará a desmoronarse de un momento a otro.

Abre el navegador y busca en Google el nombre de su marido junto con «África».

La historia de Yas sobre Stella – y las preguntas que hizo sobre Jamie – la ha dejado con la mosca detrás de la oreja. Por primera vez se pregunta si hay algo que Stella le esté ocultando. Algo sobre su marido que hasta Alice desconoce.

Alice prueba con «Jamie Rathbone Tanzania». Combina el nombre de la organización benéfica con el de Jamie, luego con Tanzania y con Arusha, la ciudad donde estuvo la mayor parte del tiempo.

Hay un montón de información sobre el papel actual de Jamie en Handhold. Artículo tras artículo con Jamie posando junto a políticos, en centros infantiles, programas de tratamiento de adicciones y clínicas de salud mental por todo el Reino Unido. Pero nada sobre África.

Alice se esfuerza por recordar lo que Jamie le había contado sobre lo que pasó en Tanzania.

Se lo había narrado en una de sus primeras citas, en el local de Store Street, con las botellas de vino y los platillos para compartir, y el frío colándose desde la calle.

Recuerda lo afligido que parecía al relatar la historia mientras se bebían aquel vino de sabor extraño, aunque a Alice le había quedado clarísimo que nada de lo sucedido había sido culpa suya.

Básicamente, según recuerda Alice, uno de los voluntarios de la organización había desaparecido: una joven.

Jamie no la conocía bien, ni llevaba mucho tiempo tratando con ella, pero sus amigos le habían dicho que la chica tenía algún tipo de problema…

Alice se esfuerza por recordar los detalles exactos.

Su cuerpo nunca apareció, pero se dio por hecho que se trataba de un suicidio.

Y Jamie, como era el responsable de todos los voluntarios y de su bienestar, dijo que sintió que debía dimitir.

– De todos modos, ya tenía ganas de empezar de cero – había dicho, con una sonrisa triste – . Fueron tiempos complicados.

Alice recuerda haber pensado en lo buena persona y lo decente que era Jamie al haber sentido algo tan profundo sobre una situación que estaba totalmente fuera de su control.

Y qué final tan triste y desafortunado tuvo su trabajo en África, teniendo en cuenta lo mucho que le gustaba estar allí y lo mucho que obviamente le importaba el trabajo que su organización benéfica había estado realizando.

Alice intenta recordar dónde podría tener Jamie fotografías de aquella época, o dónde guarda las cosas de ese estilo.

¿Acaso posee algo así? Fotos y recuerdos de su vida antes de conocerla.

Lo duda mucho. Por primera vez se pregunta si eso es extraño…

Jamie tenía cuarenta y tantos años cuando se conocieron.

Gran parte de su vida había transcurrido sin ella.

¿Por qué tenía tan poco que mostrar de todo ese tiempo?

Jamie había hablado mucho sobre Tanzania, de lo hermoso que era, de subir al Kilimanjaro, de su tiempo viviendo con los masáis en Longido…

, pero, ¿acaso Alice había visto muchas fotos de aquellos tiempos?

Recuerda que le había enseñado un par de ellas al principio: una de él en la cima del Kilimanjaro, otra rodeado de su equipo de jóvenes voluntarios, otra de él excavando un pozo o con un grupo de niños tanzanos sonrientes, saludando a la cámara con las palmas rosas, sujetando con orgullo las correas de las mochilas escolares.

Su imagen mental de Jamie en África es básicamente como un anuncio cómico de los años noventa, con su marido como el héroe blanco y famoso.

¿Se había presentado a sí mismo de esa forma o es cosa de su mente llenando los vacíos?

Alice prácticamente había desistido de la búsqueda en internet cuando, por fin, en la tercera o cuarta página, aparece algo: un artículo de un periódico local de 2015, ahora enterrado en lo más profundo del algoritmo.

Homenajes a la joven de Winchester desaparecida en África

Alice clica en el artículo. Trata sobre la voluntaria Clara Layward.

El artículo no deja claro lo que ocurrió. Dice que «desapareció sin dejar rastro» tras «una acampada de Año Nuevo con amigos en el Parque Nacional de Arusha». Pero, aunque usa la palabra «desaparecida», está redactado como si Clara estuviera muerta.

La mayor parte del artículo habla de una ceremonia conmemorativa celebrada en el aniversario de su desaparición.

Recoge los homenajes de amigos, profesores y personas de la ONG.

Era «una persona increíble» que «haría cualquier cosa por ayudar a los demás».

Había obtenido las mejores notas en un colegio femenino de Winchester, pero pospuso su ingreso en la universidad para viajar a África y «ayudar a la gente», dijo una amiga.

«Sentía verdadera pasión por la pobreza, la justicia social y el desarrollo».

Alice desciende la mirada, en busca del nombre de Jamie.

Jamie Rathbone, el responsable de país de la ONG, envió un mensaje que leyó un representante de la organización durante la ceremonia conmemorativa.

En él, decía que Clara había sido «una voluntaria muy trabajadora» cuya «pasión era una inspiración para todos en la ONG».

Añadió que los pensamientos y oraciones de todos sus compañeros estaban con su familia.

Alice se da cuenta, incómoda, de que hasta ahora solo había procesado la desaparición – y probable muerte – de esta chica a través del prisma de su temprana fascinación por Jamie.

Como si fuera algo terrible que le había sucedido a él.

Una desgracia que pesaba sobre Jamie, porque era un hombre muy decente y honrado; una culpabilidad sinsentido que le había llevado a dejar un trabajo que amaba.

Ahora, siente vergüenza del poco espacio mental que había dedicado a la vida y a la muerte de la pobre chica.

Ni siquiera se había molestado en memorizar su nombre.

En cambio, había pasado por alto ese capítulo del pasado de Jamie, porque era lo más cómodo para ella.

En el periódico hay una foto de Clara en la cima del Kilimanjaro.

Alice supone que debe de ser una costumbre de muchos de los voluntarios, pues recuerda a Jamie hablando de lo increíble que había sido.

En la foto, Clara sonríe ampliamente, con un puñado de pecas pálidas sobre el puente de la nariz y las mejillas, una mano sosteniendo el borde de su gorro amarillo, el pelo largo suelto por debajo.

«No parece muy deprimida. O, al menos, no en esta foto». Pero Alice se deshace de ese pensamiento. Claro, no se puede saber cómo está alguien solo por una foto. Ella lo sabe de primera mano.

Sigue bajando hasta que llega a otra fotografía de Clara, de pie frente a un árbol de Navidad junto a su madre.

Su madre, su familia…, otra cosa en la que nunca había pensado.

Alice contempla la foto de la madre de Clara.

Trata de imaginársela despidiéndose de una Martha adolescente en el aeropuerto de Heathrow, con la mochila echada al hombro.

Para que al final regresara a casa en un ataúd.

Alice mira el rostro de la chica y el de la madre, las similitudes entre ellas: la curva de sendas sonrisas, el relieve de sus mejillas.

Por un segundo está segura de que algo le resulta familiar en sus caras, pero al cabo de un momento lo descarta.

Nunca ha conocido a ninguna Clara, ni a ninguna Layward.

El nombre de la madre, Carol Layward, tampoco le dice nada.

Alice sigue bajando, esperando encontrar alguna otra foto que pueda despertar algún recuerdo.

Alguna pista de por qué Clara y su madre le resultan tan familiares.

Pero solo hay una imagen más. No de muy buena calidad, probablemente por eso la han dejado para el final.

Es otra fotografía de Clara durante la ascensión al Kilimanjaro, esta vez en grupo, con los brazos entrelazados.

Parece que están en una especie de campamento base en las faldas de la montaña, a punto de empezar la ascensión: el paisaje es verde, visten ropa ligera y van cargados de equipo.

Y Jamie aparece en la foto. La imagen está un poco desenfocada, pero no hay duda: es él.

Está justo ahí, a su lado, con los brazos alrededor del cuerpo de Clara…

y la mano apoyada en su cintura. Alice puede apreciar cómo sus dedos tocan el trozo de piel descubierta donde el forro polar y la camiseta de Clara se han levantado.

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