Alice
Alice
Alice guía a Martha hacia una mesa en la parte trasera del Farm to Fork.
Murmura su pedido rápidamente, mirando al suelo para evitar conversar con Sam, el dueño.
Sam le cae bien, pero no tiene fuerzas para interactuar con él…
ni con nadie. Solo quiere que alguien le traiga un té caliente y algo que Martha pueda cenar.
Últimamente, hasta alimentarla le resulta agotador.
No puede evitar pensar que Jamie no ha comprendido la magnitud de lo que le ha pasado.
«Al menos te han suspendido del trabajo cobrando el sueldo íntegro», dijo.
Casi sonó contento, como si lo único importante fuera el dinero.
También había comentado, más de una vez, que su suspensión resolvería temporalmente sus problemas para cuidar a Martha de forma gratuita.
Sin importar que la carrera de Alice estuviera prácticamente hecha trizas…
Que una obra de arte invaluable estuviera hecha pedazos.
Y lo peor: que todo el mundo pensara que había sido culpa suya.
– Revisaremos las grabaciones de las cámaras de seguridad – había dicho Rollo, frotándose la parte posterior de la cabeza, después de que Alice saliera de una dura reunión con varias personas del equipo de Recursos Humanos del Instituto, y su abogado serio y sin sentido del humor, Julian, con gafas de montura de acero y el porte de un guardia de prisión – .
Todo quedará mucho más claro después de eso.
Pero, hasta entonces…, bueno, seguro que lo entenderás.
Es cuestión de nuestra relación con los holandeses.
Tenemos que aparentar que hemos tomado medidas al respecto.
– Pero, ¿el personal de seguridad no vio que entró alguien?
Rollo puso una mueca.
– Parece ser que no había nadie en recepción. Y, según el sistema informático, la única acreditación que se utilizó esa noche fue la tuya.
– ¿Te refieres a mi tarjeta de acceso temporal?
– No, a la habitual.
– Pero si la he perdido. No la tengo. Te lo juro.
«Jade», pensó en ese momento. Tuvo que haber sido ella. ¿Cómo y cuándo se había hecho con la tarjeta de acceso de Alice?
Rollo se levantó e intentó darle un torpe apretón en el brazo.
– Quizá te venga bien, Alice… Ya sabes, pasar algo más de tiempo en casa – dijo – . Después de todo lo ocurrido durante el verano, sé que no querías retrasar más la fecha de incorporación, pero tal vez…
Rollo dejó la frase en el aire, con la mirada clavada en sus botines Chelsea de ante y color tostado.
Y entonces Alice entendió, con una claridad devastadora, hasta qué punto debía de lamentar haber contratado a aquella mujer desequilibrada; a aquel imán para el drama.
Cómo ahora estarían preparando los argumentos más sólidos posibles para deshacerse de ella.
¿Cuántos expertos en restauración superarían el período de prueba después de haber supervisado la destrucción de un Vermeer?
– Te lo juro, Rollo – volvió a decir ella – . Yo no he sido. Aquella noche había alguien más aquí. Tenía que haber otra persona.
Pero incluso mientras lo decía, ella misma podía oír lo ridícula e histérica que sonaba.
¿Qué era más probable? ¿Que un intruso hubiera conseguido hacerse con su tarjeta de acceso personal y la hubiera utilizado para entrar en mitad de la noche en el ala de restauración de un instituto artístico de alta seguridad y prestigio internacional, justo cuando ella era la única persona allí, y que, al encontrarse con una obra valiosa, hubiera decidido sabotearla para desvanecerse sin dejar rastro?
¿O era más probable que una empleada relativamente nueva, a la que esa misma semana habían tenido que recordarle las normas sobre sostener bebidas calientes cerca de las pinturas, hubiera decidido arriesgarse y tomarse un café, aprovechando que no había nadie más en el estudio…
, y luego hubiera tropezado y lo hubiera derramado, con consecuencias desastrosas?
Su única esperanza era que las cámaras de seguridad, u otra cosa, demostraran que había sido Jade; que Jade iba a por ella, y que eso hiciera que la policía actuara.
Sus sentimientos hacia Jade – antes enturbiados por la culpa en relación con Ezra – se habían reducido ahora al terror puro y duro.
Jade había estado en casa de Alice, en su estudio, la había seguido durante sus vacaciones familiares…
Tenía fotografías de su marido y de su hija.
¿Qué sería lo siguiente? ¿La oficina de Jamie?
¿El colegio de Martha? Alice se aferra al borde de la mesa hasta que la piel alrededor de las uñas se le vuelve blanca.
Sam se acerca con una caja de lápices de colores.
– Para la artista – dice.
Martha sonríe, tímida. Alice le da las gracias. Es muy amable por su parte que recuerde que a su hija le gusta pintar. ¿Martha pintó algo la última vez que estuvieron aquí? No lo recuerda. Quizá fue cuando Martha estaba con Becca.
Alice observa a su hija mientras colorea absorta en la tarea, con ese rostro precioso, liso y perfecto, atrapado en su expresión ya tan familiar de concentración; el pelo revuelto, el cuello del polo del colegio completamente torcido.
Alice alarga la mano para colocárselo bien, y Martha se estremece.
– Mamá… – dice, alejando a su madre.
– ¿Qué tal el cole, mi amor?
– Bien. – Martha habla entre dientes, sin querer que la interrumpan, absorta en su dibujo. Pese a todo, Alice sonríe. Hay tanto de ella en su hija…
Yas entra en la cafetería con Iris y Archie a cuestas. Alice la saluda con la mano. Para su alivio, Yas parece alegrarse de verla.
– ¡Hola, Alice! ¿Qué tal estás? Voy a pedir ahora mismo, me muero de hambre… ¿Te llega la comida o quieres algo más?
Alice está a punto de contestar cuando su teléfono empieza a sonar. Es un número desconocido, lo que significa que probablemente sea Barnes devolviéndole la llamada.
– Yas, ¿puedes vigilar a Martha un momento? Tengo que responder.
Alice sale a la calle, a pesar de no llevar abrigo. El aire es frío. Contesta la llamada.
– ¿Alice? Soy Barnes. Te llamo porque tenía una llamada perdida tuya.
– Hola. Gracias por llamar… Sé que debes de estar muy ocupado – dice Alice – . Solo quería… Quería saber si habéis avanzado algo en averiguar de dónde vienen las amenazas.
– Ah. Eso. – Barnes se aclara la garganta – . Pues… las redes sociales entran dentro de comunicaciones maliciosas, y de eso se encarga otro equipo. ¿Ha pasado algo más desde la última vez que hablamos?
– No… no es una amenaza a través de internet.
Alice traga saliva. En la voz de Barnes percibe que dispone de una cantidad limitada de tiempo y paciencia, y que tiene que asegurarse de no desperdiciarlos.
– Me ha pasado algo en el trabajo.
Alice se lo explica brevemente. Barnes escucha y anota el número de expediente del Vermeer dañado.
– Muy bien. ¿Tu jefe dice que van a facilitar las grabaciones de las cámaras de seguridad?
– Eso me dijo.
– Vale. Bueno, si se trata de un asunto penal, estoy seguro de que llegarán al fondo del asunto.
Alice se muerde el labio. Stella la ha animado a hablar con la policía sobre Jade.
Pero sigue sintiendo que no puede arriesgarse.
No cuando fue ella quien infringió la ley al iniciar el contacto con la familia de Ezra.
Pero quizá, al menos, pueda denunciar que la están acosando.
Quizá descubran por sí solos lo de Jade… , y puedan detenerla.
– La cosa es que – dice con cuidado – , incluso antes de lo que pasó con el cuadro, tenía la sensación de que alguien me estaba siguiendo. Y también han empezado a desaparecer cosas de mi casa.
– ¿Objetos de valor, quieres decir?
– No, solo cosas al azar. Un cuaderno, una… prenda de ropa. – A Alice le da vergüenza decirle un picardías a Barnes, por si le tiene que explicar lo que es – . Unas gafas de sol.
– Vale.
Barnes no añade nada más. Alice es capaz de discernir el escepticismo que desprende su voz.
– También está el pájaro muerto – balbucea Alice – , que nos dejaron en la puerta de la casa que alquilamos cuando estuvimos en Rye.
Se hace una pausa.
– ¿Un pájaro?
– Una gaviota. Una gaviota muerta.
– Vale – dice Barnes – . Pero eso no fue en tu domicilio habitual, ¿no?
– No…
– ¿Viste a alguien dejándolo allí de forma deliberada?
– No. Lo oí. Fue como un portazo, o un golpe. Estaba dormida… y me despertó. Y luego encontramos la gaviota.
Se hace otra pausa. Alice se encoge de la vergüenza, pues es consciente de lo desquiciada que suena.
– Sé que parece que simplemente se estampó contra la casa – dice – . Pero estaba… Llevaba muerta un buen rato. Alguien la dejó ahí.
– ¿Y lo denunciaste a la policía de allí en su momento?
Alice hace una pausa.
– No. Jamie creyó que no tenía importancia – dice en voz baja – . Probablemente tú también lo pienses.
– No digo eso – la voz de Barnes no es cruel, pero Alice puede sentir cómo pone a prueba su credibilidad – .
Es solo que podría deberse a muchas cosas.
Quiero decir, era la casa de otra persona que habíais alquilado, ¿no?
A los lugareños no les gustan los turistas, sobre todo en la costa de Kent.
Lo sé porque mi hermano vive allí. Para ser honesto, evitamos hablar del tema con él.
Alice intenta reírse.
– Lo que quiero decir es que, incluso si fue intencionado, puede que no fuera algo personal.
Alice no dice nada.
– Escucha. La última vez que hablé con tu marido, me dijo que habíais tomado varias medidas de seguridad en vuestra casa, así que creo que deberías estar tranquila, ¿vale?
Pero bueno, como te dije, echaré un vistazo a ver qué está pasando con esos mensajes en internet.
Siento que no hayamos sido más rápidos con eso.
Es que, ya sabes…, todos tenemos mucho que hacer.
– Lo sé, me lo imagino. Lo siento.
– Como te decía, me encargaré de ello. Tienes mi número por si pasa algo.
Alice percibe un leve tono de reproche en su última palabra y se estremece por segunda vez.
– Vale. Sí, claro. Gracias.
– Nos mantenemos en contacto.