Alice
Alice
Alice tenía razón respecto a la pintura que tiene entre manos. Las pruebas han revelado que la parte de la ventana fue alterada tras la muerte del artista. Hay algo debajo.
Alice trabaja sin descanso con el escalpelo y el microscopio.
No podrá hacerlo oficial hasta dentro de unas semanas, pero ya ha visto suficiente como para tener una opinión: está casi segura de que hay el rostro de un hombre tras el cristal.
La chica del cuadro no mira, aburrida, hacia una ventana; mira hacia arriba porque hay alguien ahí.
Un rostro que lleva trescientos años oculto.
Si Alice está en lo cierto, esta obra nunca pretendió representar una escena tranquila de la vida doméstica y la rutina. Es algo mucho más oscuro, mucho más perturbador. Incluso siniestro. De estar en lo cierto, podría convertirse en una de las restauraciones más importantes de los últimos años.
Alice se sumerge en los diminutos píxeles de color, resolviendo los problemas uno por uno: retira la suciedad con un bastoncillo humedecido en saliva – un método que siempre sorprende a quienes se lo cuenta, pero que resulta increíblemente eficaz gracias a las enzimas naturales de la saliva humana – y luego rellena las zonas donde la pintura se ha desprendido con trazos pequeños de pigmento.
Cuando está tan cerca de una obra, tan concentrada, consigue dejar de pensar en Jade, en dónde podría estar o qué podría estar tramando.
Desde que habló con Stella, se siente agradecida por la nueva obsesión de Jamie con la seguridad.
Al menos eso significa que Martha está a salvo en casa.
Incluso ha empezado a plantearse si Jamie podría tener razón y mudarse fuera de Londres sería la mejor opción.
De repente, la posibilidad de llevarse a su hija a algún lugar lejos de Jade le resulta increíblemente atractiva.
Durante el confinamiento, varias familias que conocían se habían marchado de Londres – de manera completamente repentina, sin previo aviso – con todos sus familiares.
Incluidos sus vecinos de al lado, que acababan de renovar la casa por completo.
Alice no podía creerlo cuando vio el cartel de «Se vende».
Al parecer, simplemente habían decidido que les apetecía comenzar una vida diferente.
Alice nunca volvió a verlos, y nadie en la calle parecía saber qué había sido de ellos.
Tal vez podían hacer lo mismo. Jade no tendría forma de saber adónde se habían ido.
Y quizá lo ocurrido también se sentiría más insignificante, más lejano.
Quizá Martha estaría mejor en general, aprendiendo a construir casitas para pájaros y cañas de pescar improvisadas.
Una encantadora escuela primaria en un pueblo entre colinas.
Alice podría ir y volver al trabajo, y Jamie trabajar desde casa.
Los fines de semana podrían construir fuertes en el bosque y disfrutar de comidas caseras en cafeterías acogedoras con chimenea y menús escritos en pizarra.
La fantasía de Alice se desvanece al darse cuenta de que tiene agujetas y siente un hormigueo en las piernas por haber estado sentada mucho tiempo en la misma posición, con el cuello inclinado sobre la pintura.
Está rígida y le dan escalofríos. Se levanta, se quita los auriculares y recoge su tarjeta de acceso temporal.
El estudio de restauración se ha quedado vacío.
Nadie le ha dicho adiós, pero no le sorprende lo más mínimo.
Aquí se habla muy poco. En el estudio de Stanley, se turnaban para ir a comprar el almuerzo, escuchaban juntos Radio 4 y se enfadaban con los políticos durante el programa World at One .
Alice se prepara una taza de café instantáneo en la pequeña y extrañamente limpia cocina.
Aún tiembla, pues, aunque todavía es octubre y no hace tanto frío, Rollo mantiene la temperatura baja para proteger las pinturas.
Obviamente no se atrevería a tomarse un café cerca del Vermeer, pero terminar la sección que ha empezado le llevará el resto de la tarde, y Alice lleva varios días sin dormir bien. Necesita algo que la despierte un poco.
Cuando deja el café a una distancia prudente de la pintura, Alice oye un ruido que proviene del estudio de la planta de abajo, como si alguien estuviera moviendo unos lienzos grandes.
Decide bajar, con la excusa de necesitar algunos químicos, para ver quién está allí.
Creía que todos se habían ido a casa, pero la idea de que sea Rollo y vea que sigue trabajando hasta tarde no le parece mala.
Aunque quizá sea alguno de los demás restauradores haciendo horas extra, como ella.
A Alice no le vendría mal algo de compañía. El estudio está demasiado silencioso.
Se dirige al estudio de la planta baja. El ambiente es diferente: el olor a barniz y productos químicos es más fuerte, y las paredes están pintadas de un blanco intenso.
Mira alrededor en busca de la persona que hacía ruido.
Estaba convencida de que parecía un gran lienzo siendo movido.
Pero nada parece fuera de lugar. Alice echa un vistazo a la pila de lienzos, alineados en la zona de almacenamiento junto a la puerta.
Cientos de millones de libras en pinturas, ahí apoyadas como si nada.
Cuando Alice se gira hacia las escaleras, oye el crujido de unos pasos en el estudio de arriba.
El ruido no es fuerte, pero es inconfundible: el suelo está mal aislado y no es raro escuchar fragmentos de conversaciones entre un piso y otro.
Alice sigue el recorrido de las pisadas desde el extremo del estudio hasta justo sobre su cabeza.
Quienquiera que sea, debe de estar aproximadamente en el lugar donde se sienta frente a su caballete.
Entonces se oye otro ruido, como algo cayendo o esparciéndose.
Por primera vez, siente un leve temblor de inquietud. ¿Podría alguien del estudio de abajo haber subido hasta allí sin cruzarse con ella? Tendría que haber estado muy determinado a permanecer oculto.
Sube de nuevo por las escaleras, cerrando la pesada puerta a sus espaldas.
Las puertas están reforzadas, protegidas por unos códigos que se cambian de forma regular y que el personal mantiene en la más absoluta discreción.
A Alice le han insistido en que ha de memorizar los códigos y no apuntarlos jamás, pero ella se los ha guardado en secreto en el móvil, por si acaso.
Todo esto es muy distinto del estudio de Stanley, donde el código era su fecha de cumpleaños, no había cambiado en una década y la puerta de seguridad generalmente quedaba medio abierta con un viejo corcho.
Al llegar al descansillo del piso de arriba, Alice comprueba que las luces del estudio están apagadas.
Entonces eso es todo: debe de ser algún conserje amable que aún no conoce, que ha venido a apagarlo todo pensando que ya no queda nadie.
Pero cuando Alice pulsa el interruptor no ocurre nada.
Lo intenta de nuevo, y otra vez, pero el estudio sigue en la penumbra. Debe de haberse fundido un fusible.
– ¿Hay alguien ahí? – pregunta Alice.
Ningún sonido, ninguna respuesta.
De repente, oye un portazo en la planta baja del edificio.
Alice jadea, sobresaltada por el ruido. Avanza por el estudio a tientas, tocando las mesas, haciéndose un camino en medio de la oscuridad.
Mira hacia la calle por la ventana, intentando ver quién acaba de salir del edificio.
Pero no ve a nadie alejándose de allí. Solo a algunos turistas, a un anciano que cierra la biblioteca de enfrente y a un barrendero frente a la tienda de bocadillos.
Cuando llega a su propio espacio de restauración, apenas ve nada. Rebusca en la mesa hasta dar con su móvil. Al encontrarlo, enciende la linterna con la mano temblorosa.
Le lleva un momento procesar lo que ven sus ojos; comprender la magnitud de lo que tiene delante; dejar que el lento goteo del pánico llegue hasta su sangre y haga que sus manos comiencen a temblar.
Al principio no consigue aceptar que lo que ve es real.
Y luego, por un instante, es como si no pudiera ver, o al menos procesar, lo que hay ante sus ojos, sumida en el fulgor del terror que ciega su mente.
Es una escena sacada de los peores temores de Alice.
Rastros de café caliente cruzando la pintura, el rostro hermoso e iluminado de la campesina derritiéndose sobre el lienzo.
Una pesadilla hecha realidad. Alice trata de calmar el pánico, de respirar.
De buscar una solución. Siempre hay soluciones con las pinturas…
, tiene que haberlas, siempre las hay. Pero no. No hay solución para este desastre.
El Vermeer, su Vermeer, ha sido destruido.