El extraño Linda
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Linda

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Se está mucho mejor fuera del hospital, aunque Jade no sea la enfermera más comprensiva del mundo. Le envié un mensaje para decirle que volvía a casa, pero ni siquiera respondió. Tuve que pedirle al taxista que cargara con mis cosas y me ayudara a subir los escalones.

– ¿Qué les dijiste? – me espetó Jade en cuanto entré por la puerta y el taxista se marchó.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Sabes de sobra a lo que me refiero.

Suspiré y me apoyé en el respaldo del sillón.

– Nada – murmuré – . Solo les dije que no recordaba cómo pasó.

Jade asintió.

– Muy bien – dijo.

– Tampoco hacía falta que les dijeras que soy alcohólica.

– Lo que tú digas – refunfuñó Jade.

– Mis llaves de casa – le dije – . Han desaparecido. Creo que se me cayeron del bolso cuando me caí.

Jade frunció el ceño.

– No las he visto por ningún sitio.

– Tendré que hacer otra copia.

Jade se encogió de hombros. Yo suspiré.

– Ay, Jade… ¿Me ayudas a meterme en la cama, por favor?

La verdad es que todo ocurrió tan rápido que no lo recuerdo bien. Al menos, no con claridad. Solo recuerdo su rostro en los escalones de fuera, cómo cambió cuando vio lo que llevaba en las manos. La forma en que levantó la mano.

Y luego la sensación de caer, mi cabeza golpeando el cemento.

En cuanto me acomodé en la cama, Jade entró con una taza de té. «Tiene remordimientos», pensé, pero no dije nada.

– Gracias.

Jade resopló, levantó la bolsita transparente que contenía los medicamentos con los que los médicos me habían enviado a casa y la sostuvo a contraluz.

– ¿Qué te dijeron los médicos que pasaría? – preguntó Jade; luego añadió – : ¿Si sigues negándote al tratamiento?

No respondí.

La bebé comenzó a gimotear en la habitación de al lado. Jade la llama la «habitación de la bebé», como si viviéramos en un puto palacio. La cosa es que no es la habitación de la bebé, ¿a qué no? Es la habitación de Ezra.

– Tráemela aquí, Jade, ¿vale? Yo me encargo de ella mientras te lavas el pelo. Estás hecha un cuadro.

Jade puso los ojos en blanco, pero hizo lo que le pedí.

En cuanto se fue, sostuve a la bebé en brazos, la calmé hasta que sus ojitos vigilantes se cerraron y se quedó dormida.

Su cabello es igualito al de Ezra cuando nació.

Me permití imaginarme que éramos nosotros hace dieciocho años; mi pequeño Ezra entre mis brazos.

Antes de darme cuenta, las lágrimas me rodaban por las mejillas.

Ahora, Jade ha salido con Taylor en el cochecito, así que tengo un poco de paz para seguir con la escritura. Cada vez se vuelve más complicado. El dolor está empeorando, como me advirtieron que pasaría. Pero tengo que escribir, ya no me queda demasiado tiempo.

No debería haberme enfadado tanto con Jade el día de la caída. Sé que lo que le pasó a Ezra no fue culpa suya. De verdad que lo sé. Pero la manera en que trasladó todas sus cosas a casa, así sin más, y se apoderó de su habitación, como si él nunca hubiera existido… fue demasiado para mí.

Quizá debería haber sido más comprensiva. La muy tonta creía que el ayuntamiento le daría un piso propio de la noche a la mañana solo porque iba a tener un bebé. No parecía darse cuenta de que había listas de espera, plagadas de idiotas embobados como Ryan y ella.

– Bueno, pues viviré aquí, entonces – dijo con un resoplido.

– La habitación no está disponible – exclamé – . Era de Ezra. Y tú tienes la culpa. De todo.

Jade se cabreó.

– No soy una asesina – me gritó a la cara – . Esa es tu especialidad.

A veces me pregunto si es culpa mía que Jade sea así. Es lo que piensa todo el mundo, ¿no? Siempre es la madre la culpable de todo. La verdad es que John siempre fue el único que podía hacerla entrar en razón. Cuando lo perdimos, también la perdí a ella. Perdí el control sobre ella.

No creo que Jade haya superado haber visto morir a su padre. Ojalá no lo hubiera visto. Solo tenía catorce años, y eso provocó que algo cambiara en ella. Nunca volvió a ser ella misma después de aquello.

En el colegio fueron comprensivos después de la muerte de John.

O, al menos, lo fueron durante un tiempo.

Cuando empezó a meterse en problemas, al principio hicieron la vista gorda.

Intenté castigarla, quitarle la paga, quitarle el móvil, ese tipo de cosas.

Pero nada funcionó. Empezó a escaparse de casa, a volver borracha, o peor aún: a volver con novios. Y solo Dios sabe qué más.

Hasta que un día, Jade agredió a un profesor y le rompió la nariz. En el colegio ya no fueron tan comprensivos. Decían que tenían que pensar en los demás alumnos, y que ella ya había tenido suficientes oportunidades.

Hicieron que Jade fuera a una escuela alternativa con un horario reducido, pero ni eso fue capaz de seguir. Entonces volvió a escaparse de casa. Esa vez llamé a la policía. Y, por supuesto, los servicios sociales se involucraron.

La encontraron en algún piso okupado, borracha o quién sabe cómo. Después tuvimos una reunión importante: los servicios sociales, los profesores, Jade y yo. Y en ese entonces, fue tajante. Dijo que ya no quería vivir conmigo, y que, si la obligábamos, se pasaría la vida escapando.

La gente me juzga por dejarla marchar, pero por aquel entonces ya casi tenía dieciséis años.

Pronto podría hacer lo que quisiera. No tenía sentido luchar.

Y sé cómo suena esto, pero cuando la pusieron bajo tutela…

fue todo un alivio. Con la casa más tranquila, pude vivir mi propio duelo. Y ser una madre más presente para Ezra.

Claro que, ahora que podía volcarme en Ezra, lo vi con claridad: algo no andaba bien con él. Lo cierto es que algo andaba muy, pero que muy mal.