El extraño Alice
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Alice

Alice

Alice sale de la oficina a las seis en punto, colgándose el bolso del hombro.

Baja corriendo los escalones sucios hacia el metro, pone el móvil sobre el lector de la tarjeta Oyster y se dirige hacia las señales azul pálido de la línea Victoria.

Escribe un mensaje para confirmar que ya está en camino.

Jade responde con un emoji del pulgar arriba, justo antes de que se corte la señal.

Ha pasado una semana desde que Jade dio a luz, y ahora está de vuelta en su piso. Cuando Alice le propuso pasarse a hacerle una visita, ella respondió de inmediato.

Sí, ¡claro! Si pasas antes por un súper, ¿podrías comprar pañales y algo de comida?

Alice casi se echa a reír por lo descarado que es su mensaje. Luego le envía uno a Jamie:

Estoy muy ocupada con el Vermeer. ¿Te importa si me quedo hasta tarde?

Los puntitos azules aparecieron prácticamente al instante.

Sin problema. Martha ha pasado un día maravilloso. Te ha hecho un dibujo. Está en la isla de la cocina. Espero que todo vaya genial, superestrella.

Alice detesta tener que mentirle a Jamie, pero está enfadadísima por los pendientes de su madre. Va a recuperarlos, además de cualquier otra cosa que esa lunática le haya robado. Después piensa dar carpetazo a todo esto y no volver jamás.

Cuando Alice llega al piso, se queda sorprendida al ver a Jade. La chica tiene un aspecto fantasmagórico y parece agotada, con unas profundas ojeras marcadas bajo los ojos. Tiene el pelo completamente apelmazado y sucio.

La bebé está recostada contra el hombro de Jade, floja como una muñeca, y viste un pijama manchado, demasiado grande para ella, con las mangas enrolladas.

Cuando Jade se aparta para dejar pasar a Alice, hace un gesto de dolor, como si le molestara algo.

La cabeza de la bebé se cae hacia un lado, y tiene que resistir el impulso de acercarse y sostenerla con cuidado. Jade no parece darse cuenta.

– ¿Qué tal?

– Bien, Jade. ¿Y tú?

– Bien, también – Jade habla en voz baja – . Un poco cansada.

Alice entra en el salón y tiene que contener una mueca.

El piso de Linda, antes ordenado y limpio, ahora parece una pocilga.

De los respaldos del sofá y las sillas cuelgan unos paños de muselina usados y ropa de bebé sin lavar.

El suelo está lleno de tazas de café usadas, platos y bolsas de pañales que apestan y que tienen que tirarse a la basura con urgencia.

A Alice le va a costar encontrar los pendientes.

– ¿Está tu madre? – pregunta.

– Está en la cama.

– Ah.

Alice baja la voz. Echa un vistazo por el pasillo y ve que la puerta del dormitorio de Linda está entreabierta. Puede oír el leve silbido de sus ronquidos, y a duras penas percibir el tenue resplandor de la lámpara de noche y la presencia de su cuerpo bajo las mantas.

– ¿Cómo está?

Jade se encoge de hombros.

– Los médicos dicen que tiene cáncer de la sangre. Ella insiste en que no quiere recibir tratamiento, así que dejaron que volviera a casa. Es cabezota de narices.

Alice asiente.

– Lo siento.

– Qué se le va a hacer.

Alice deja su bolso con cuidado en el sofá, fingiendo que no es consciente del desastre.

– ¿Cómo lo estáis llevando tu bebé y tú?

– Bien – dice Jade – . Se llama Taylor.

– Qué nombre tan bonito. – Alice sonríe, pues es muy fan… tanto de la cantante como del nombre.

– A su padre no le gusta – murmura Jade.

Alice creyó detectar un tufillo a Ryan: un par de zapatillas junto a la puerta y el olor dulzón del vapeador de arándanos.

– Me alegro de que al menos se haya pasado a verla – dice Alice, casi sin prestar atención. Necesita una excusa para ponerse a buscar los pendientes. Escucha el pitido de la secadora – : ¿Quieres que saque la ropa de la secadora?

Jade se encoge de hombros.

– Como quieras.

Alice se dirige a la cocina, donde hace un esfuerzo por sacar la ropa, meterla en la cesta de plástico y doblarla, haciendo bolitas con los pequeños pares de calcetines.

Mientras lo hace, mira alrededor de la cocina, intentando decidir por dónde empezar.

Quizá un cajón de la encimera, para poder decir que buscaba un bolígrafo.

O esperar a que Jade vaya al baño para revisar la mesita de noche.

Alice vuelve a echar un vistazo rápido en el salón.

Jade está sentada en el sofá, mirando a la nada.

Parece que podría quedarse dormida en cualquier momento.

– Te voy a preparar una taza de té, Jade.

Alice enciende el hervidor para que el ruido oculte el sonido de su búsqueda en los cajones de la cocina. Revisa uno por uno tanto los cajones como los armarios, pero el hervidor se apaga: el agua ya está hirviendo y no ha encontrado nada. Tiene que probar suerte en otra habitación.

Prepara dos tazas de té y las lleva al salón.

– Te he doblado la ropa – dice Alice – . ¿La pongo en la habitación de la bebé?

Jade levanta la vista hacia Alice como si acabara de despertarse. Duda.

– No, ya me encargaré yo.

– Vale, sin problema.

Alice decide sentarse un momento y conversar un poco mientras idea su próximo movimiento. Jade ha colocado a Taylor en una hamaquita, que mece suavemente con el pie cubierto por un calcetín, mientras sorbe el té y ojea el móvil, distraída.

– ¿Has recibido muchas visitas? – pregunta Alice, en un intento superficial de entablar una conversación.

No parece haber prueba de ello. A pesar del tiempo que Jade se pasa con su móvil – Alice supone que debe de enviar mensajes todo el tiempo – , parece una persona muy aislada.

Cuando nació Martha, a Alice le abrumó la cantidad de visitas que había recibido.

Todas las superficies de la casa estaban cubiertas de tarjetas rosas, y todos los jarrones, llenos de flores.

– No, no muchas – murmura Jade sin despegar la vista de la pantalla – . No me gustan los gérmenes de la gente cerca de ella.

«Qué irónico», piensa Alice al ver el estado del piso. Intenta pensar cómo redirigir la conversación hacia aguas más tranquilas.

– ¿Ryan se alegra de ser papá?

Jade le dedica una mirada extraña, pero enseguida la desvía. Sostiene la taza y se bebe el té dando grandes sorbos. La bebé Taylor ahora está dormida en la hamaca, con la cabeza caída hacia un lado. Jade se termina la bebida, deja la taza sobre la mesa y vuelve a coger su teléfono.

Alice recoge los platos y los lleva a la cocina.

Observa la encimera manchada, el suelo pegajoso, el tirador del horno cubierto de grasa…

Está en peor estado que en visitas anteriores.

Alice se pregunta si Handhold, la organización benéfica en la que trabaja Jamie, consideraría que Jade es capaz de gestionar la situación.

«No es tu problema», se tiene que recordar con severidad.

«Busca los pendientes y lárgate de aquí».

Alice piensa dónde podría ponerse a buscar ahora. Ya ha revisado casi toda la cocina. Enciende el hervidor para disimular el ruido, luego arrastra una silla hasta la encimera y se sube encima para revisar la parte superior de los armarios, llena de mugre, y el espacio sobre la nevera.

– ¿Buscas algo?

Jade está en el umbral de la puerta, mirando fijamente a Alice. Desliza la vista hacia la silla sobre la que se ha subido, luego la vuelve a subir.

– Sí, los productos de limpieza. ¿Están por aquí?

Alice se baja de la silla e intenta mantener un tono de voz animado.

– ¿Por qué estarían ahí arriba? – susurra Jade – . Están debajo del fregadero.

– Ah, claro. Tiene sentido.

Imposible pasar por alto la hostilidad que desprende la voz de Jade. Alice se acuclilla, saca un espray para limpiar superficies y una esponja, con el corazón acelerado.

– Si no te conociera – dice Jade, con las manos en la cadera – , pensaría que estás husmeando en mi cocina.

– ¿Qué? ¡Ja, ja!

Fuerza la risa, pero se arrepiente de inmediato.

– Como he dicho – dice Jade – , solo lo pensaría si no te conociera.

Vuelve a mirar a Alice, luego regresa al salón.

Alice siente el frío recorriéndole todo el cuerpo. El hervidor se apaga y una nube de vapor se condensa en la ventana. «Cálmate», se dice a sí misma. En su desesperación por encontrar los pendientes, está yendo demasiado lejos. Asumiendo demasiados riesgos.

Prepara otro té y se lo lleva a Jade.

– Gracias – dice.

– No hay de qué.

– Gracias por venir, quiero decir – añade Jade, vacilante, sin mirar a Alice a los ojos.

Vuelve a mecer a Taylor con el pie, demasiado fuerte para su gusto, teniendo en cuenta que todavía es una bebé muy pequeñita – .

Me alegro de que hayas venido – murmura sin levantar la vista – . Aunque sea una puta malhumorada.

Alice se ríe, incómoda.

– No lo eres.

– Sí que lo soy. Lo sé. Yo solo… Me cuesta confiar en las personas, ¿sabes?

Alice siente cómo se le eriza el vello en la nuca.

– A veces tengo la sensación de que la gente quiere algo de mí – explica Jade, mirándola fijamente – . ¿Sabes? Como si no fueran quienes dicen ser. ¿Entiendes a lo que me refiero, Alice?

Alice siente un impulso abrumador de irse. De marcharse y no volver jamás.

– Tengo que ir al baño – dice Alice, a duras penas.

Sale del salón, tambaleándose, recorre el pasillo hasta el baño y cierra la puerta con pestillo tras ella. Se sienta en el inodoro, jadeando.

Se repite una y otra vez que tiene que tranquilizarse. «Esto ha sido un error», piensa. Debería olvidarse de los pendientes, poner una excusa y marcharse echando leches.

Alice echa la cabeza hacia atrás. Intenta recordar los ejercicios de respiración de las clases de yoga a las que casi nunca consigue acudir.

Mira el techo del diminuto baño de Jade.

En las esquinas cuelgan varias telarañas, hay un extractor sucio y una mancha de humedad, indicio de que se filtra agua desde algún punto de arriba, con los bordes de un color amarillento que le revuelven las tripas.

Además, ve otra cosa: un falso techo. Alice tenía uno igual en la casa donde creció. Era un pequeño espacio de almacenamiento, su padre solía guardar allí los adornos de Navidad. La trampilla del falso techo está ligeramente entreabierta, como si la hubieran abierto hace poco.

Alice se quita los zapatos y se sube con cuidado sobre la tapa del inodoro para alcanzarla.

El techo es bajo, así que no le cuesta llegar.

Empuja la trampilla y al principio no ocurre nada.

Lo intenta otra vez, pero parece estar atascada.

A la tercera, le da un golpe fuerte con la palma de la mano extendida. La trampilla cede.

Es solo un trozo de madera contrachapada.

Alice la empuja hacia un lado y mete la mano en el espacio que hay dentro.

Está polvoriento, frío, húmedo. Palpa por tres de los lados y no encuentra nada más que polvo.

Pero en el extremo más alejado roza algo.

Una esquina de cartón, lisa, como la de una caja de regalo.

Alice la acerca con los dedos, poco a poco, y luego la baja. La sigue una nube de polvo, y no consigue evitar toser.

– ¿Va todo bien ahí dentro?

La voz de Jade es cortante, pero Alice sabe que tiene tiempo. La puerta está cerrada con pestillo.

– Todo bien – dice – . Gracias.

Alice se sienta en el borde de la bañera y apoya la caja sobre el regazo. La abre, con los dedos temblorosos. Siente que podría ponerse a vomitar en cualquier momento.

Las cosas que habían desaparecido de su casa…

están aquí. Su picardías de seda. Sus gafas de sol perdidas.

El cuaderno en el que ha ido anotando cosas sobre Martha desde que nació.

Y otras cosas de cuya ausencia aún no se había dado cuenta.

Un frasquito de perfume; un tubo viejo de crema de manos que había desaparecido de su bolso y que había dado por perdido, suponiendo que lo habría dejado en su antiguo escritorio de trabajo, y también algo que hace que se le corte la respiración: una foto de Jamie y Martha que Alice está segura de que, hasta hacía unos días, colgaba de la puerta de la nevera de su cocina.

Con el corazón desbocado, Alice pasa la mano por debajo de la foto, buscando a tientas los pendientes de oro, pero solo nota un montón de papeles.

Los saca: hay páginas y más páginas, desde la impresión del perfil profesional de Alice en el estudio de Stanley, con el rostro rodeado por un círculo, hasta artículos en los que aparece Jamie, hablando de la pobreza.

También hay copias de varios artículos sobre la muerte de Ezra, con el nombre de Alice subrayado.

Y después, en el fondo del todo, hay algo más. Algo que desprende un olor a carne.

Alice levanta los papeles y aparta la mano de inmediato. Es un manojo de plumas de pájaro, con los extremos ensangrentados y podridos.

Se lleva la mano a la boca, reprime la oleada de náuseas que le trepa por la garganta y cierra la tapa de la caja de golpe.

Vuelve a colocarla con cuidado, sin saber muy bien cómo lo consigue.

Tiene las manos llenas de suciedad y ahora le tiemblan tanto que teme no ser capaz de volver a colocar la plancha de contrachapado en su sitio.

Hay una fina capa de polvo en el suelo del baño.

Intenta limpiarla con un montón de trozos de papel higiénico, pero hay demasiado polvo; los dedos no le responden bien y solo consigue esparcirlo todo, empeorándolo aún más.

Al final, lo barre debajo de una alfombrilla de baño húmeda y luego se lava las manos temblorosas lo mejor que puede en el lavabo.

Alice tiene que recordarse a sí misma que ha de respirar.

No hay forma de fingir que ha estado en el baño un tiempo normal.

Lo más importante ahora mismo es salir de este apartamento y no volver jamás.

Puede que Alice haya estado mintiéndole a Jade, pero ella también le ha mentido todo este tiempo.

Jade sabe de sobra quién es. Y planea hacer que pague por lo que hizo.

Pega el oído a la puerta del baño, pero todo parece estar en calma. La abre con cuidado. Mira a través del pasillo. Su bolso y su abrigo están colgados junto a la puerta de entrada. Lo único que tiene que hacer es cogerlos y salir escopeteada.

Llega allí antes de que a Jade le dé tiempo a acercarse. Con las manos torpes, se le cae el abrigo al suelo. Lo recoge. Tiene la mano sobre el picaporte cuando escucha a Jade en el pasillo.

– ¡Eh! – oye cómo la llama – . ¿Alice? ¡Eh! ¡Eh!

Pero Alice ya se ha marchado, y corre por el canal a través de la oscuridad.