Alice #2
Jade tarda un momento en darse cuenta de que la matrona le está hablando a ella, y que ella es la mamá.
– Estoy bien – grazna.
Se incorpora un poco más, hasta sentarse, haciendo una leve mueca.
– Genial – dice la matrona mientras tira de la banda de Velcro del tensiómetro. El sonido del desgarro asusta a la bebé en los brazos de Alice, y hace ese reflejo de recién nacido que había olvidado por completo: dedos extendidos y brazos abiertos. Necesita devolverle la bebé a su madre.
– ¿Cuándo revisaréis a la bebé? – pregunta Jade.
– ¿Eh?
La matrona ajusta la banda, levantando el delgado brazo de Jade de manera torpe, como si fuera parte del mobiliario del hospital.
– Me dijeron que un pediatra le haría una revisión a la bebé para ver si todo estaba normal – explica Jade – . Quiero que la vea un médico. ¿Cuándo puede verla?
– Le harán la revisión completa a la pequeña cuando estés lista para que te den el alta – responde la matrona de forma distraída – .
Y ya te adelanto que no será hoy. Necesitamos que te quedes una noche más.
Ahora, hablemos de ti, mamá. ¿Sientes alguna molestia?
Vamos a echarle un vistazo a los puntos.
La matrona le pide a Jade que baje la sábana para poder revisarle el abdomen. Alice decide que es el momento de irse. Vuelve a dejar a la bebé, ahora somnolienta, en la cuna, le hace un rápido gesto de despedida a Jade, coge el móvil y el bolso, y se escabulle antes de que le dé tiempo a protestar.
Al salir del ala de maternidad y cruzarse con las parejas sentadas en el vestíbulo con bebés diminutos en enormes sillas de coche, globos rosas y azules flotando en cordeles, Alice se siente aliviada y más liviana. Esta será la última vez que vea a Jade. Eso espera.
Alice trabajó en el Vermeer durante la hora de comer y ahora tiene muchísima hambre. Ve una cafetería con una agradable pintura verde salvia y una fila ordenada de muffins envueltos en papel en la vitrina, y decide entrar.
Contempla los productos tras el mostrador de vidrio mientras espera en la fila. Al final, ve una bandeja de macarons de coco enormes: son los que le encantan de la panadería ubicada en el barrio de Haggerston, y que Jamie buscó durante horas y le llevó al hospital el día que nació Martha.
Eso fue lo que dijo, ¿no? Por eso se ausentó todo ese tiempo durante las horas posteriores al nacimiento de Martha.
Buscaba los macarons para ella. Está segura de que eso fue lo que le había dicho.
Solo que debió de haber comprado los macarons aquí, en esta cafetería.
Ubicada a menos de un minuto a pie de las puertas del hospital.
Alice ha llegado al inicio de la fila. Una chica de aspecto joven, piel aceitunada y pelo rizado esboza una sonrisa angelical.
– ¿Qué te pongo?
– ¿Sabes desde cuándo vendéis estos macarons ?
La chica frunce el ceño mientras los señala.
– ¿Estos? Son de hoy, están recientes. Los traemos todas las mañanas de la panadería en Hackney. Son enormes. ¿Quieres uno?
– No. – Alice carraspea – . Lo que quería decir es, ¿sabes desde cuándo los tenéis en stock ?
– Ah. – La chica parece confundida – . Lo… Lo siento, la verdad es que no lo sé. Empecé a trabajar aquí hace un mes. – Echa un vistazo a la gente que se acumula detrás de Alice, esperando a ser atendida – . Podría… ¿tratar de averiguarlo?
– Sí. Por favor. Es importante.
Alice no está segura de si es cierto, pero le parece importante.
Se ha convertido en parte de su historia que Jamie recorriera las calles de Londres durante dos horas después de que Alice diera a luz solo para encontrar sus macarons de coco favoritos.
Le ha contado esa historia a todo el mundo. Literalmente a todo el mundo.
Repasa la anécdota en su mente y ahora se da cuenta de que no tiene mucho sentido.
¿Por qué habría caminado por las calles sin rumbo durante dos horas, mirando en todas las tiendas con la remota posibilidad de que tuvieran esos macarons en específico?
Si sabía lo que buscaba, tendría que haber ido hasta la panadería en Haggerston, donde sabía que los encontraría, y luego regresar al hospital con ellas.
De ese modo, se habría ausentado menos de dos horas.
¿Cuánto tiempo había estado Jamie fuera ese día realmente?
Todo era un borrón durante el tiempo que pasó en la sala posparto.
Alice se había pasado más de dos días de parto y había perdido mucha sangre.
No le sorprendería saber que se desmayó, exhausta, un par de horas después del parto.
Jamie también debía de estar agotado y hecho polvo.
Por supuesto, tenía más sentido que simplemente hubiera salido a esta pequeña panadería, encontrado los macarons y regresado.
Pero, ¿por qué había mentido? ¿Cuál sería el motivo?
Alice se mantiene firme, sujeta al mostrador. La chica se gira hacia un chico alto detrás de ella, con un delantal, que trabaja en la máquina de café, y le dice algo al oído.
El chico alto se acerca con pesadez.
– ¿Querías saber algo sobre los macarons de coco? ¿Los de la panadería Violet?
– Sí – responde Alice, ignorando los chasquidos de lengua que oye a su espalda – . Perdón si es una pregunta rara. Solo quería saber desde cuándo vendéis estos en concreto. – Traga saliva – . ¿Los teníais hace cinco o seis años?
– Llevo ocho años trabajando aquí – dice él – . Y siempre los hemos tenido a la venta. Llegan recién hechos todas las mañanas. Además, son sin gluten. – Hace una pausa – . ¿Quieres uno?
Alice sale de la cafetería, con el asa de la bolsa de papel clavándosele en la piel; el café derramándose y quemándole los dedos a través de la tapa que le queda grande al vaso de papel.
«Solo son unos macarons – se dice a sí misma – .
Solo son unos macarons ». Al llegar a la estación del metro, pasa su tarjeta por las barreras y Alice trata de tomárselo con humor, intenta bromear consigo misma.
Primero el llavero, luego el pájaro muerto, ahora repostería.
«No puedes perder la cabeza por unos macarons , Alice.
Contrólate». Así que Jamie exageró cuando dijo que caminó durante horas.
¿Y qué? Quizá lo dijo en broma, y Alice, en su agotamiento hormonal posparto, se lo tomó al pie de la letra y lo guardó en su memoria como una especie de demostración épica de amor en el momento que más lo necesitaba…
, y Jamie nunca se atrevió a llevarle la contraria.
Intenta deshacerse de la sensación de malestar que lleva clavada en su interior.
Intenta olvidar las palabras que le dijo Stella: «Si mienten sobre cosas insignificantes, también mienten sobre cosas más graves».
En el metro, Alice empieza a desplazarse por su móvil.
Clica en sus fotografías y se sobresalta al ver que la cara de Jade llena la pantalla.
Claro, son las fotos que acaba de hacer, de Jade con su bebé recién nacida.
Alice debería enviarle un par de ellas a Jade y luego borrarlas.
Dejar a la chica y sus tonterías atrás, para siempre.
Sin embargo, cuando apoya el dedo sobre el botón de borrar, Alice se fija en algo que la hace detenerse. En lugar de borrar la foto, se incorpora y la amplía. Hace zoom en el rostro de Jade.
No hay duda. Los pendientes de oro de Jade, los que llevaba en el hospital… son de Alice. Los que pertenecían a su madre. Y que desaparecieron de su casa.