El extraño Alice
36%

Alice

Alice

Después de un retraso en el metro, un ascensor que la deja en el piso equivocado y una búsqueda infructuosa de Jade en la sala de posparto, Alice finalmente la encuentra en un área llamada unidad de recuperación.

Aún no ha llegado a la sala principal, pero el ambiente parece tranquilo y silencioso.

La cortina de Jade está corrida, así que las ve de inmediato: a Jade y, para su sorpresa y alivio, a una recién nacida aparentemente perfecta, dormida, arropada en su cunita junto a ella.

– Estáis bien las dos – dice Alice con tacto.

– Sí.

Jade está desplomada sobre la cama, con unas barras de seguridad a cada lado, y vestida con una bata de hospital arrugada.

Cualquier urgencia que la haya llevado a llamar a Alice parece haberse disipado.

Se ve pálida y cansada, pero normal. Sus ojos están desprovistos de las pestañas postizas, y no deja de parpadear, como si se estuviera adaptando a la luz.

Alice se inclina para mirar a la bebé, que está en la misma cuna de plástico transparente que aún recuerda de cuando tuvo a Martha.

Está envuelta en una tela blanca de hospital, con un gorrito de algodón con un patrón de margaritas en la cabeza…

Alice se da cuenta, emocionada, de que también fue el primer gorro de Martha.

La bebé hace algunos ruiditos y resoplidos, como si estuviera roncando débilmente.

Una tarjeta en su cuna, con forma de osito, indica su peso (dos kilos setecientos) y su longitud (cuarenta y ocho centímetros), pero donde debería estar el nombre solo hay un espacio en blanco.

La fecha y la hora de su nacimiento están registradas como 14 de septiembre a las 16:16.

Dos meses exactos desde la muerte de Ezra, se da cuenta Alice en un sobresalto.

No quiere que Jade tenga que incorporarse para saludarla, y tampoco está segura de si abrazarla sería una buena idea, así que Alice se conforma con apoyar una mano en su brazo con torpeza. Jade apenas reacciona.

– Lo has conseguido, campeona – dice Alice con suavidad – . ¿Cómo te encuentras?

– Estoy bien.

Jade alza una botella de agua, da un sorbo y mira con cautela hacia la bebé.

– ¿Así que al final… ha ido todo bien?

Alice se pregunta qué provocó aquella llamada llena de pánico.

Si Jade tuvo una cesárea, o se desgarró, o la cortaron.

Pero no es pariente de Jade ni una amiga cercana – «Ni ninguna clase de amiga, para empezar», se recuerda a sí misma con crudeza – , y por lo tanto todas esas cuestiones le resultan demasiado íntimas como para preguntarlas.

Quizá Jade simplemente no estaba preparada para el dolor, lo cual es comprensible. La bebé parece una recién nacida normal, es decir, una pequeña alienígena…, pero nada extraño. Y Jade se ve bien, aunque un poco pálida.

– Ha sido… terrorífico – balbucea Jade. Las palabras brotan de ella de repente, de forma atropellada, como si se hubiera roto una presa – .

Su ritmo cardíaco no dejaba de bajar. Al principio dijeron que todo iba bien, pero yo sabía que no era verdad.

Luego se volvió una emergencia de repente y tenían que sacarla enseguida.

Entré en pánico. Estaba tan segura de que eso significaba que algo iba a salir mal, aunque ellos insistieran en que no.

Porque todo el tiempo…, todo el tiempo esperaba el momento en que me dijeran que le había pasado algo.

Alice quiere tranquilizarla, pero le cuesta seguir el hilo de lo que dice. Se limita a asentir, intentando parecer comprensiva.

– El último médico que se pasó por aquí me dijo que está bien – dice Jade con la voz ronca.

– ¡Qué bien! – responde Alice, intentando animarla.

Jade se arrastra un poco hacia arriba en la cama y lanza una mirada recelosa a la cuna, como si quisiera comprobar si el médico estaba mintiendo.

Alice siente una oleada de compasión por ella.

Jade es una persona difícil, pero, aun así…

ha debido de ser una situación aterradora como para pasarla ella sola.

– Lo has hecho genial – le dice Alice – . La situación es… abrumadora, ¿verdad?

Jade se encoge de hombros, gesto que decide interpretar como un asentimiento.

Alice mira su reloj. Si se marcha ahora, todavía le daría tiempo de ver a Martha antes de la hora de dormir. Siente cómo los hombros se le aflojan por el alivio de saber que ya puede irse de aquí.

Alice mira a su alrededor en la sala. Todas las demás madres tienen a sus bebés en brazos.

– ¿Te la pongo en brazos antes de irme, Jade? – pregunta, señalando la cuna con un gesto de la cabeza.

– No – dice Jade con sequedad – . ¿Puedes buscar mi móvil? No sé dónde está. Creo que la matrona lo metió en mi bolso, cuando me trajeron aquí en la camilla.

– Vale. Deja que mire.

Alice empieza a hurgar en la bolsa del hospital de Jade, llena de ropa de bebé cuidadosamente doblada, barritas de cereales y un neceser de maquillaje descolorido.

Cierra la mano alrededor de un móvil y lo saca.

Está a punto de dárselo, pero se frena en seco.

Este teléfono es antiquísimo: un Nokia 5110.

Es el tipo de teléfono que Alice tenía de adolescente, cuando lo único que se podía hacer era mandar mensajes de texto y jugar al Snake.

El móvil de Jade no es así. Tiene un iPhone con una funda de cuadros, Alice se fijó en él. Este debe de pertenecer a otra persona.

– Ese no es. Dámelo.

Jade se inclina hacia delante, presa del pánico, haciendo gestos para que Alice le acerque la bolsa.

– Perdón – dice Alice, desconcertada por su tono.

Vuelve a meter el móvil en la bolsa y se la da a Jade.

– Es el teléfono de mi madre, una antigualla – murmura, mirando a Alice.

– Ah, vale – dice Alice. Aun así, le parece un móvil sorprendentemente anticuado. Linda no es tan mayor.

La bebé se remueve en la cuna, un abanico de diminutos dedos aparece justo por encima del borde de plástico transparente. Recoge las pequeñísimas rodillas contra el pecho, la manta se le despliega, y empieza a quejarse suavemente.

– ¿Te parece bien si la acerco un poco hacia ti?

Alice empieza a acercar lentamente la cuna hacia Jade. Ella, que ya ha sacado su móvil y dejado la bolsa en el suelo junto a su lado, levanta la vista hacia Alice.

– ¿Por qué no la coges tú? – le pregunta Jade.

Alice parpadea.

– Vale, así te la paso.

– No. – Jade mira la pantalla de su teléfono, lo apaga de un golpe, lo deja sobre la mesita de noche y vuelve la vista hacia Alice – . Creo que deberías cogerla tú.

La voz de Jade suena extrañamente firme. La bebé empieza a encoger las piernas y a llorar más fuerte, ese llanto horrible y desgarrador de recién nacido. Alice siente unas ganas urgentes de que alguien coja a la bebé, la consuele, pero Jade no muestra ninguna reacción.

– Vale – responde Alice.

Desliza las manos bajo el cuello y el culito de la bebé.

No recuerda la última vez que sostuvo a un recién nacido.

Se siente torpe, falta de práctica. Instintivamente, coloca a la bebé erguida, en el centro de su pecho, contra su corazón, donde a Martha le gustaba que la sostuvieran.

Deja de llorar al instante y se relaja. Una mejilla rechonchita se apoya contra la clavícula de Alice.

Esa sensación la deja petrificada por un segundo.

– ¿Le has puesto nombre?

– Todavía no. Se ve diferente de lo que esperaba.

La bebé empieza a moverse. Alice cambia de posición para acunarla, mirando su rostro.

Abre un poco los ojos, dos rendijas rosas e hinchadas.

Tiene mucho cabello oscuro que asoma por los lados del gorrito de margaritas, como Martha cuando nació.

El mismo pelo, el mismo gorro. Alice sabe que todos los recién nacidos se parecen bastante, pero la similitud le resulta inquietante.

– ¿Te recuerda… – dice Jade, como si le leyera la mente – a tu bebé?

Alice no sabe qué responder. Hay algo provocador, casi amargo, en la forma en que hace la pregunta. Alice no logra entender qué quiere Jade. Qué quiere de ella. Por qué le pidió que viniera.

– Toma – dice Alice, al tiempo que le pasa la bebé a Jade, queriendo deshacerse de ella de repente.

Jade duda antes de cogerla en brazos por fin.

Al instante, sostiene el móvil con la otra mano, por encima de su cabeza, para sacarse una selfie .

Frunce los labios, absorbe un poco las mejillas y abre los ojos como una muñeca.

La imagen le resulta ridícula, pero también trágica, y la tristeza de la escena golpea a Alice en el estómago.

Jade no tiene a nadie que le haga una foto con su bebé recién nacido.

– Oye – dice Alice – , ¿qué te parece si te saco un par de fotos y te las envío después?

Alice hace unas cuantas fotos rápidas, reprimiendo el impulso de decirle a Jade que sonría de manera natural, en lugar de poner esa expresión absurda, con los labios fruncidos, de puro postureo para Instagram.

En el mismo momento en que Alice baja el móvil, la sonrisa de Jade desaparece de su rostro, como si cayera un telón.

– Genial – dice Jade – . ¿Puedes cogerla un rato? Para que pueda decirte cuáles borrar.

Alice duda, pero acaba cogiendo a la bebé. Pero antes de que pueda darle el móvil, llega una matrona que empuja un carrito y, en un movimiento rápido, corre la cortina de poliéster púrpura.

– Hola, hola – saluda con alegría – . Solo vengo a revisar la tensión, ¿vale? Hola, abuela, felicidades.

Alice la mira fijamente. «Dios mío. Cree que soy la madre de Jade».

Alice se queda tan atónita que no es capaz de pronunciar palabra.

¿Dónde narices está la abuela de verdad?

¿Dónde está Linda? Jade le dijo algo por teléfono sobre que tenía cáncer.

No parece el momento adecuado para mencionarlo.

Además, Alice solo quiere salir de aquí, y no seguir involucrándose en los dramas de Jade.

– ¿Todo bien?

La matrona echa un vistazo rápido a la bebé en brazos de Alice, y luego clava la mirada en Jade.

– ¿Cómo se encuentra la mamá?