Alice
Alice
Alice está sentada en la cocina del personal del Instituto Cunliffe, intentando ponerse en contacto con el inspector Barnes por tercera vez en lo que va de día.
Mientras espera, intenta limpiar una marca que la taza de café ha dejado sobre la inmaculada encimera blanca.
Hace una semana que Alice empezó en su nuevo puesto de trabajo y todavía le cuesta adaptarse a su nuevo entorno.
La cocina es enorme y no se parece en nada a la del estudio de Stanley.
Parece completamente nueva. Alice ha empezado a sospechar que es la única persona que la utiliza.
La mancha no sale. Se pregunta si podría colar algo de aguarrás.
– Ay, hola. Hola. ¿Inspector Barnes? Soy Alice. Alice Rathbone.
Deja de frotar. Se da cuenta de que a Barnes le lleva unos segundos recordar quién es.
– Ah, Alice. ¿En qué te puedo ayudar?
Su tono de voz es amable, pero Alice siente que no debería quitarle demasiado tiempo.
– Siento molestarte – se enrolla – . Solo quería volver a comentarte el tema de los comentarios en internet.
Alice intenta explicarle los últimos que se han publicado. Le lee alguno de ellos.
– Vuelve a ser la misma cuenta, hatchetjob – dice – . Ahora publica mensajes cada dos por tres. Es que a ver… «Voy a por ti» y «No puedes esconderte de mí»… ¿No cuenta como amenaza?
– Hmm. Vale.
Barnes toma nota de los enlaces de los artículos donde se han publicado los comentarios.
– Le echo un vistazo, ¿vale? Pero no puedo prometerte nada.
– Gracias. Muchísimas gracias.
La línea se corta antes de que Alice termine de hablar. Mira el móvil. Tiene otra llamada perdida. De Jade. ¿Por qué narices la llama Jade?
Alice levanta la vista y ve a su nuevo jefe, Rollo, de pie en el umbral de la puerta.
Tiene las manos apoyadas en la cadera, el pecho un poco levantado, de modo que sus anchos hombros tensan la carísima tela de su camisa rosa de chico elegante.
El inicio de una barriguita de mediana edad se asoma sobre sus chinos con cinturón.
Alice sospecha que Rollo jugaba al rugby en la escuela privada en la que estudió y que luego engordó alrededor de la cintura en la universidad cuando cambió el balón por la cerveza.
– Hola, holita – dice con voz falsa – . ¿Va todo bien?
Alice se mete el móvil en el bolsillo. Ya pensará en la llamada de Jade más tarde. Mientras tanto, intentará deshacerse del nudo en la garganta y la sensación de presión en el pecho.
– Sí, claro. Buenos días, Rollo. – Esboza una sonrisa – . ¿Tú qué tal?
– Superbién, gracias.
Rollo es el tipo de hombre con el que Alice está acostumbrada a encontrarse en el mundo de la restauración.
Adinerado y privilegiado, pero afable y, en resumen, inofensivo.
Tiene más o menos su edad, quizá incluso sea algo más joven.
Al parecer, es el ahijado del conservador al mando, lo que probablemente explique su antigüedad en plantilla.
Alice ya ha entendido por qué Rollo la buscó para que trabajara para él.
A pesar de sus contactos y su apariencia social, sabe que no tiene el mismo ojo y no es capaz de restaurar una pintura como ella.
– Me estaba preparando un café – le dice – . ¿Te apetece uno?
Él sonríe con amabilidad.
– No, gracias. Siempre me tomo uno antes de venir.
Hace una pausa un tanto incómoda.
– Por las pinturas – explica con calma, como si se estuviera dirigiendo a una niña – . Supongo que en el estudio de Stanley también tenían la norma de no tomar bebidas calientes, ¿verdad?
Alice se queda paralizada, avergonzada. No es imbécil.
Sabe que no debería llevar un café caliente en la mano tan cerca de un lienzo, ya que las bebidas calientes son de lo peor que se puede derramar sobre una pintura, especialmente cualquier obra moderna que no haya sido protegida con un barniz grueso.
Pero Stanley siempre decía que el café era un derecho humano básico, que todos eran adultos y que confiaba en que tuvieran cuidado.
No está al tanto de que hubiera habido algún derrame durante el tiempo que trabajó para Stanley.
Rollo se echa a reír, divertido.
– ¡Ay, de verdad! – Se ríe, sacudiendo la cabeza – . Stanley, vejestorio…, ¿qué clase de lugar diriges?
Alice intenta sonreír, aunque el comentario sobre su antiguo jefe la haya puesto a la defensiva. Stanley puede ser un poco anticuado y excéntrico, pero es mejor restaurador de lo que Rollo será jamás, y le molesta que alguien más joven que ella le cante las cuarenta, aunque sea de buen rollo.
– Mejor me sirvo un vaso de agua – dice Alice entre dientes.
– Genial. ¿Te parece buen momento para echarle un vistazo a la obra que nos ha llegado de La Haya?
Rollo da unas palmadas y se frota las manos con energía, levantando las cejas para mostrar su entusiasmo.
– ¿Ha llegado el Vermeer?
– El mismo. Acaban de traerlo a mi oficina. Esperaba que pudieras ponerte manos a la obra con él hoy mismo.
– ¿Quieres que me encargue yo?
Rollo enarca una ceja.
– Eres nuestra nueva jefa de restauración. ¿Quién sino?
Alice siente un escalofrío de emoción. Nunca había trabajado en un Vermeer antes, pues no hay muchos; juraría que solo treinta y seis.
Se levanta a toda prisa, se seca las manos con el delantal, y el café queda en el olvido.
Coge de la encimera la tarjeta de acceso temporal que le dio seguridad esa mañana – la habitual ha desaparecido, y Rollo tuvo que registrarla, solo para añadir una pizca más del caos y la incompetencia que teme haber empezado a proyectar.
La tarjeta temporal es tan grande que apenas le cabe en el bolsillo.
Alice sigue a Rollo hasta su oficina. Dos hombres con guantes blancos están desenvolviendo el lienzo y colocándolo con cuidado sobre un caballete. Rollo le señala una silla frente a su escritorio de caoba.
– Siéntate.
– Estoy bien así. Prefiero quedarme de pie.
Alice se coloca junto a la ventana alta, con una impresionante vista al río, y espera a que los hombres enguantados saquen la pintura. Rollo se mueve inquieto, desbordante de una emoción nerviosa, y pasea de un lado a otro para verla mejor a medida que va apareciendo.
– Magnífica. Absolutamente fabulosa. – Alza la vista hacia Alice con malicia – . Está sucia, ¿no?
Alice guarda silencio, con los ojos clavados en el lienzo. No es su mejor obra, y Rollo tiene razón: está muy sucia, pero sigue siendo un Vermeer…, y ese detalle te deja sin aliento.
Un grupo de tres chicas sirvientas, sentadas alrededor de una mesa de madera.
Dos están concentradas la una en la otra.
La tercera, sin embargo, mira hacia otro lado, como si le aburriera la conversación.
Clava la vista en una ventana iluminada por el sol, ubicada en la esquina trasera izquierda.
Y es el rostro de esta chica, la luminosidad que desprende, lo que le da a la pintura su calidad extraordinaria.
Como diría Stanley: es de primera categoría.
– ¿Dónde ha estado hasta ahora?
Rollo le hace un breve resumen de su historia: identificada por primera vez en 1880, perdida en el caos de la guerra, luego encontrada tras la caída del Muro de Berlín en la Unión Soviética, y ahora vendida por un coleccionista holandés al museo Old Masters Picture Gallery en Dresde, también conocido como Gemäldegalerie Alte Meister.
El museo quiere que se restaure antes de la gran exposición que repasará la obra del artista, planeada para el verano que viene en Ámsterdam.
Rollo se pone un par de guantes y saca una linterna de luz ultravioleta para que puedan examinar las marcas de restauraciones anteriores.
– Aquí hará falta bastante trabajo – dice, señalando la zona más dañada – . Y aquí también.
Alice asiente. Puede ver por sí misma exactamente qué hay que hacer. Puede que sea un Vermeer, pero es como cualquier otro lienzo. Se siente aliviada. Incluso emocionada. «Eres la persona adecuada para este trabajo», se recuerda a sí misma. «Puedes hacerlo».
– ¿Me dejas la linterna un momento?
Alice dirige la luz con lentitud hacia la esquina superior izquierda de la pintura, donde está la ventana. Hay algo extraño en esa esquina.
El barniz no es del todo igual y la pintura está demasiado fresca. Seguro que no es la primera en darse cuenta. A fin de cuentas, es un cuadro famoso. Alguien más debe de haberlo revisado.
– ¿La han radiografiado?
– Se supone que sí – responde él – . ¿Por qué?
– Creo que hay algo debajo – explica Alice.
Rollo frunce el ceño.
– ¿Un dibujo subyacente?
– Puede ser.
Alice coge unos papeles del escritorio.
– Aquí no pone nada – dice – . Creo que deberíamos echarle otro vistazo.
Está siendo audaz. Hacerle una radiografía a un cuadro es caro, pero empieza a sentirse emocionada. Si Vermeer pintó esto de otra manera originalmente, si Alice lograra descubrir algún elemento nunca antes visto…, bueno, eso podría darle a la galería un titular jugoso para la exposición.
– Vale – dice Rollo tras un momento – . Tampoco hace daño examinarlo un poco más.
Alice está tan concentrada en el lienzo que no revisa su teléfono en todo el día. Cuando por fin lo mira, ve cuatro notificaciones apiladas, una sobre otra, en unos recuadritos amarillos y urgentes en la pantalla de inicio. Y solo entonces recuerda la llamada perdida de Jade.
Mensaje: Jade
Puedes llamarme porfa gracias
Llamadas perdidas: Jade
Alice inspira con fuerza, duda, y finalmente llama a Jade.
Coge la llamada al instante.
– ¿Hola? ¿Jade?
Se hace el silencio durante unos segundos, luego escucha la voz de Jade:
– Ya viene la bebé – dice con dificultad – . Dicen que algo va mal y que puede que no sobreviva.
Alice respira hondo.
– ¿Hay alguien contigo?
– No – jadea Jade – . ¿Puedes venir?
Alice llevaba semanas sin saber nada de ella.
Después de la fotografía desaparecida, de lo que pasó en Rye, y de esos extraños mensajes que aparecían por internet, había decidido mantenerse alejada de Jade para siempre.
También le había prometido a Jamie que no volvería a ponerse en contacto ni con ella ni con Linda.
– ¿Y Ryan? ¿Por qué no está contigo?
– No va a venir – murmura Jade – . No lo he visto en… ¡Ah!
– ¿Y tu madre?
Jade jadea, luego exhala con fuerza.
– Mamá está enferma – jadea – . Cáncer. Salió en unos análisis, cuando se cayó… Es grave. Dicen que necesita… ¡Oh, Dios! ¡Ay! ¡Ayúdame, por favor!
Alice solo puede sentarse en silencio, escuchando los alaridos de dolor de la chica por teléfono.
Parece un animal herido. No es capaz de imaginarse por qué la llamaría a ella de entre todas las personas que conoce.
Pero, a pesar de todo, Alice empieza a sentir un hilo de empatía.
Jade es una chica joven que está dando a luz completamente sola. Debe de estar aterrorizada.
– ¿Jade?
Ahora solo puede oír un gemido apagado. ¿La habrá dejado sola en la llamada? Piensa en colgar, pero entonces la oye de nuevo.
– Creo que a lo mejor se equivocaron cuando hicieron las pruebas – dice Jade; ahora suena como si estuviera hiperventilando.
– ¿Qué pruebas? – Alice está confundida.
– Las pruebas que le hicieron a la bebé. Dijeron que todo estaba normal. Dijeron que estaba bien. ¿Y si se equivocaron?
Jade dice cosas sin ninguna coherencia. Debe de estar hablando de las ecografías.
– Despacio, Jade – dice Alice – . Estoy segura de que todo irá bien. ¿Qué dijo exactamente el médico?
– No lo sé – gime – . Se ha ido… yo estaba… duele muchísimo. Siento que me estoy muriendo.
Alice se siente sudorosa y devorada por la ansiedad.
No quiere volver a ver a Jade. Pero, pese a todo, no deja de ser una chica sola y asustada, que suena completamente desesperada.
Alice oye su respiración y cómo jadea de dolor.
No parece una chica propensa al dramatismo; quizá de verdad haya algo que no va bien con su bebé.
Alice duda que su vida corra peligro, pero recuerda haber pensado lo mismo durante la agonía absoluta y desgarradora del parto.
Además, Jade está completamente sola. Le resulta inconcebible.
– ¿De verdad no hay nadie contigo?
– Nadie. – Hace una pausa y suelta un sollozo que se funde en un aullido de dolor – . Ay, ay – jadea – . ¿Pue… puedes venir? ¿Por favor?