Alice #3
– Solo te pido que valores otras opciones – dice – . Alguna de estas casas… El tamaño te hará cambiar de opinión. Mira esta. ¡Es más grande que la casa de Arlo!
Alice frunce el ceño.
– ¿A quién le importa que sea más grande que la casa de Arlo?
– Solo digo que es inmensa. – Jamie cambia de táctica – .
Podrías utilizar una de las habitaciones como estudio.
Y tiene un buen colegio de primaria en el pueblo, y varios institutos de secundaria cercanos.
Y una charcutería y un bar. Parece que también hay una librería y una galería de arte independiente.
Es consciente de que la mención del estudio – algo que siempre le ha apetecido tener – y la galería es para llevársela a su terreno.
– Vale, vamos a echar un vistazo – dice, más calmada.
– Genial – dije Jamie – . Venga. Mira esta… Esta es más de tu estilo.
Le pasa el teléfono y ojea las fotos. La casa es más bonita que la anterior. Una cocina enorme, dormitorios grandes con doble orientación, un jardín con árboles y rosales. El precio de venta es menor que el dinero que conseguirían por su casa actual.
– Luego miro alguna más – dice ella.
Alice le devuelve el teléfono y coge la copa de vino para sentarse en el sofá frente a Jamie.
Mira alrededor de la habitación, volviendo a fijarse en lo sombría y aburrida que es y en lo rayada que está la pintura de las paredes.
Se imagina que está en Graznido de Gaviota en vez de aquí, junto a la estufa de leña, contemplando el mar desde las ventanas de doble altura.
O sentada en el balcón por la noche, como lo hizo ese primer verano, con la pequeña Martha quedándose dormida en sus brazos, cálida y relajada.
La suave música de los cubitos de hielo chocando en su copa de vino rosado, el canto de las gaviotas…
El sofá hundido es cómodo, el sonido de la lluvia golpeando las ventanas es relajante. Alice cierra los ojos y apoya la cabeza en un cojín.
La despierta el ruido de un golpe.
Alice da un brinco y derrama la copa de vino.
Está oscuro afuera. La lluvia cae con fuerza ahora.
Se siente desorientada. En su sueño, estaba en Graznido de Gaviota, o al principio lo estaba, pero luego había cambiado a una casa nueva, una que a Alice no le resultaba familiar, con una cocina blanca y brillante.
Jamie estaba sentado junto a la isla, sobre un taburete rojo sangre, sonriendo.
Ahora ve que no se encuentra en ninguno de esos lugares, sino aquí, en la casita vacacional en Rye. Y está oscuro. Y es tarde. ¿Se ha quedado dormida?
– ¿Qué ha sido eso?
Busca a Jamie con la mirada. Ya no está en el sofá frente a ella. Un par de segundos después, oye cómo se cierra la puerta trasera. Jamie cruza la cocina y regresa al salón.
– ¿Qué ha sido ese ruido? – le pregunta Alice.
Jamie se encoge de hombros.
– Ni idea. He salido a sacar la basura al cubo que hay en la parte de atrás.
– Parecía alguien llamando a la puerta principal, Jamie. – Alice sabe que suena como una histérica, pero no puede evitar que una nota creciente de pánico se cuele en su voz – . Me he asustado.
– Vale, tranquila – dice, luego suspira – . Voy a comprobarlo.
Jamie abre la puerta, hace una pausa, y la vuelve a cerrar. Regresa al salón, luego se dirige a la cocina. Alice lo oye rebuscar en los armarios.
– ¿Qué? ¿Qué ha sido?
– Nada. Yo me encargo.
– ¿Te encargas de qué?
Jamie emerge de la cocina con un recogedor y una escoba en las manos.
– Ha sido una gaviota.
– ¿Qué?
– El golpe ha debido de ser cuando se ha estampado contra la ventana de la puerta.
– ¿Quieres decir que está muerta?
– Eso parece. No tiene buena pinta. Voy a limpiarlo antes de que vuelva Becca.
¿Becca sigue por ahí? Alice busca el móvil para comprobar la hora, pero no lo encuentra. ¿Cuánto tiempo ha estado dormida?
– No pasa nada, Alice. Solo que quizá no sea algo muy agradable de ver para una vegetariana.
Jamie intenta quitarle hierro al asunto, pero Alice se siente incómoda. Su marido actúa de manera sospechosa, y parece que no quiere que ella lo vea.
– Quiero verlo.
Jamie pone una mueca, pero no le impide que se acerque a la puerta principal y la abra.
Salta a la vista que el ave está muerta.
Al principio, Alice piensa que le falta la cabeza, ya que todo lo que alcanza a ver son sus dos alas esqueléticas, extendidas, como un ángel caído.
Pero luego ve que la cabeza ensangrentada cuelga detrás de una de las alas, una masa pegajosa de sangre y cartílago donde, en algún momento, estuvo unida al resto del cuerpo.
– ¿Tendría…? ¿Tendría ese aspecto si acabara de chocarse contra la puerta?
– No soy experto en gaviotas muertas.
Pero Jamie parece incómodo, y Alice está bastante segura de que incluso él es consciente de que una gaviota no se estampa contra una puerta así, por pura casualidad.
Al igual que un chico no termina en una casa al azar y tira abajo una puerta.
O el llavero hecho a mano por su hija termina dentro de un apartamento en el que Alice no ha estado en su vida.