El extraño Alice #2
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Alice #2

– Quizá se te cayó cuando estabas… haciendo lo que cojones fuera en su habitación. Que, por cierto, ¿qué era lo que estabas haciendo exactamente?

– No. – Alice niega con la cabeza – . Estoy segura de que no fue así como llegó allí. Y, Jamie, eso no es lo único. Linda me contó que antes de que muriera, Ezra se había visto involucrado en algo que no debería…

– Y tanto – suelta Jamie – . Y estoy convencido de que sé a qué se refería: una botella de vodka y un puñado de tranquilizantes.

– Y luego – continúa Alice, ignorándolo – , cuando volví a ver a Jade, desapareció una foto de mi cartera. Una foto de nosotros tres. Creo que Jade la cogió…

Al escuchar esto, Jamie explota.

– ¿Por qué coño volviste a ver a Jade? ¿Por qué? ¿Cuándo?

– Yo… Está embarazada. Yo solo… Solo le llevé un poco de ropita de bebé.

Jamie parece encontrarse mal.

– Ay, Dios mío – murmura – . Suficiente… ¡Ya he tenido suficiente! Joder, Alice.

Jamie se pone de pie. Alice nunca había visto a su marido tan enfadado.

– Esto se acaba ahora mismo – sisea – . ¿Queda claro? Tienes que mantenerte alejada de ellas.

Alice parpadea. Sabía que se molestaría, pero le sorprende la ferocidad de su voz. Nunca le había hablado así. De hecho, está sudando a mares.

– Ya lo sé – dice Alice – . Pero, Jamie, yo…

– ¡Nada de peros, Alice! ¿Y si…? – Baja la voz y añade – : ¿Y si la policía se entera de que rompiste las condiciones de la fianza?

– Jamie, no me estás escuchando – suplica Alice – .

No dejas de decirme que tengo que pasar página, pero no puedo.

No hasta que sepa qué ocurrió; qué lo llevó a escoger nuestra casa.

¡Tenía mi llavero! Eso significa que me seguía, o que ya había estado en nuestra casa, o algo, antes de que todo esto pasara.

No fue algo aleatorio, como dijo la policía. Había un motivo. Debía de haberlo.

– Ya sabemos el motivo, Alice – suelta Jamie – . Vivimos en una buena casa en una zona peligrosa de una ciudad grande. Cualquiera que quisiera conseguir algo de pasta podría tener un motivo para allanar nuestra casa. ¿Lo entiendes?

Jamie coge una cerveza de la neverita. La abre con una violencia que Alice no acostumbra a presenciar. Le tiemblan las manos.

– ¿Sabes qué? – pregunta Jamie – . Yas piensa lo mismo que yo.

Cree que te estás volviendo loca. Y que estás obsesionada con lo que pasó, con las noticias al respecto, sobre lo que la gente piensa, sobre toda la mierda que han escrito sobre ti en internet un puñado de gilipollas.

Cree que debes parar, seguir adelante. Todos tenemos que hacerlo.

Alice lo mira fijamente. Yas es su mejor amiga. ¿Cuándo habló Jamie con Yas sobre ella a sus espaldas?

Becca se acerca a ellos con el cubo, diciendo algo sobre una pala de plástico rosa de Martha que tenían ayer, pero que ya no encuentran. Alice no quiere que se entere de que están discutiendo.

– Ya hablaremos más tarde – le susurra a Jamie cuando el sol se oculta tras una nube.

Esa noche, cuando Martha ya está acostada, Becca dice que va a salir a comprar algo para cenar.

– ¿Necesitáis algo de la tienda?

Becca ya se ha puesto la chaqueta vaquera y tiene la mano apoyada en el pomo de la puerta.

Alice sospecha que se ha dado cuenta de la tensión entre Jamie y ella y se muere de ganas de escapar de ahí.

Alice suspira. Esperaba que esta semana en Rye fuera una oportunidad para descubrir un poco más sobre lo que tanto ha incomodado a Becca.

Tal vez incluso sobre qué significaba esa extraña llamada telefónica que escuchó. Pero Alice ha estado distraída.

– Ay, no – dice Alice – . Perdona, Becca. Mañana por la noche encontraremos algo de comida vegetariana rica para los cuatro, ¿a que sí, Jamie?

Jamie, que ojea el móvil en el sofá, apenas la mira.

– No hace falta – dice Becca con amabilidad – . Deberíais salir a cenar por ahí. Pasar algo de tiempo juntos.

Alice siente cómo se le tiñen las mejillas. Jamie sigue sin despegar la mirada del móvil cuando Becca cierra la puerta tras ella.

Alice da vueltas alrededor del sofá donde Jamie está sentado: tiene abierta la aplicación de Rightmove, el portal inmobiliario.

Mira por encima de su hombro mientras pasa por una galería de imágenes de una casa de estructura de madera con un garaje a un lado.

Hay una gran cocina brillante que Alice jamás elegiría, un juego de sillón de tres piezas de cuero blanco colocado alrededor de un televisor absurdamente grande, y unas puertas correderas que dan a un césped con dos tonos de verde.

– ¿Dónde está esa casa?

– En Wadhurst – murmura Jamie sin alzar la mirada.

Por el tono de su voz, salta a la vista que sigue enfadado con ella.

– ¿Y eso dónde queda?

Él levanta la vista.

– En la frontera de Kent – dice, en un tono de voz más suave – . Cerca de Tunbridge Wells. Hay trenes rápidos que comunican con Londres. Solo son cuarenta y cinco minutos desde allí. Podríamos venir a la playa siempre que quisiéramos.

Alicie saca la botella de vino de la nevera y se sirve una copa; el agradable sonido de la bebida vertiéndose hace que se sienta un poco más tranquila.

– Solo estoy echando un vistazo a ver qué hay por esa zona – dice Jamie a la defensiva.

– Ajá.

– El Sunday Times dice que es la mejor para vivir.

– Genial, debe de ser la solución a todos nuestros problemas.

Alice se arrepiente de inmediato del sarcasmo que transmiten sus palabras, que no es para nada su estilo, pero siente cómo se le erizan los pelos del cuello. Jamie se da la vuelta para mirarla.

– ¿Ni siquiera quieres hablar sobre el tema?

– ¡No sé qué quieres que te diga! – Alice levanta ambas manos, impotente – .

Me lanzaste la idea hace apenas tres horas.

Ni siquiera habías mencionado nunca eso de marcharnos de Londres.

¡Ahora de repente te has convertido en la tía Sarah, intentando sacarnos de los suburbios para salvar a nuestra hija de los horrores de la vida urbana!

– Pues mira, quizá la tía Sarah tuviera razón. Quizá haya un motivo por el que las familias se van de Londres.

– Sí, normalmente se debe a que no se pueden permitir una casa como en la que tenemos la suerte de vivir. O porque necesitan más espacio. Cosa que nosotros no, ya que no vamos a tener más hijos.

Alice intenta evitar que esta última parte desprenda el resentimiento que siente.

– Se mudan porque es más seguro, y lo sabes.

Toda la gente que conocemos se cree que Londres es un mundo de fantasía.

Piensan que, si viven en una casa victoriana grande, nunca les afectará la parte negativa.

Las drogas, el crimen, la violencia, toda la oscuridad que hay detrás.

Pero yo lo veo, Alice. Veo lo cerca que lo tenemos. Lo cerca que está de Martha.

Alice nunca había escuchado a Jamie hablar de ese modo. Ahora se siente desconcertada por su cambio de actitud. No consigue llegar a entender su repentina obsesión con mudarse, algo en lo que nunca había mostrado interés en todo su matrimonio.

– Nunca te has preocupado por eso antes del allanamiento – dice – .

Nos encanta donde vivimos. Nos encanta Londres.

Me gustan los parques, el canal, el mercado.

Y a ti también. Y sí, vale, está un poco dejado, pero eso no nos importa…

Solíamos reírnos de la gente que no era capaz de ver más allá de esas cosas.

El rostro de Jamie es impenetrable.

– Y tú más que nadie – continúa Alice – . Jamie, siempre has sido tan… – Busca las palabras correctas – . Tan empático con las personas con… vidas complicadas. ¡Las entiendes! ¡Las ayudas!

– No, no lo hago. – Jamie hace un gesto despectivo con la mano, como si estuviera ahuyentando una mosca – .

Todo eso es una patraña. Desde lo que pasó, lo veo todo más claro.

Es un disparate. La organización es una pérdida de tiempo, Alice.

La carga de trabajo va más allá de cualquier solución.

No me importa seguir en mi trabajo. De hecho, creo que me vendría genial un nuevo comienzo.

Alice se queda en silencio, sorprendida. Jamie nunca había hablado así de su trabajo.

– Pero esto no tiene nada que ver con eso – aclara, desechando el trabajo que mantiene a flote a su familia con un movimiento de la mano – . Eso ya no importa. Esto va sobre ti. Tenemos que seguir adelante. ¿De verdad crees que puedes hacerlo mientras sigamos viviendo en esa casa?

Alice se sienta a su lado con cuidado, sosteniendo la copa de vino.

– Te hace daño vivir en la casa donde sucedió, Alice. Lo veo en tu cara cuando estamos en la cocina. Lo veo.

Alice agacha la cabeza. No se le pasó por la cabeza que su marido se hubiera dado cuenta de su problema con la cocina.

Nunca han hablado del tema, del lugar donde ocurrió.

Pero lo cierto es que lo evita siempre que puede.

Odia estar allí dentro. Odia pisar esas baldosas.

Siente como si estuviera caminando sobre la tumba de Ezra.

– Me ha quedado claro – dice Alice, recuperando la compostura – . Pero sabes lo mucho que significa esa casa para mí. No soy capaz de imaginarme mudándome. – Alice se gira para mirarlo a los ojos – . Siempre he creído que éramos felices entre esas cuatro paredes.

Le tiembla la voz, una vibración cargada de emociones. Pero Jamie se limita a encogerse de hombros, como si no tuviera ni idea de lo que habla.